sábado, 29 de junio de 2013

Young innocence (V). Amor y otras drogas.

Ese miércoles mi despertador sonó más temprano que otros días. Antes de mi clase de inglés había quedado con Samuel para hablar con él y contarle lo que había pasado el día anterior. Eran las 9 de la mañana cuando me desperté y, como siempre últimamente, volví a pensar en Ainhoa, pero esta vez fue diferente. Sus besos ocuparon mi primer pensamiento, unos besos que habían sido reales. Recordé su sabor en mi boca y un escalofrío recorrió mi cuerpo, y sentí eso que dicen deben ser "mariposas en el estómago". Seguramente me ruboricé y una sonrisa nerviosa apareció en mi rostro. ¡Qué tontería llevaba encima!

Me apresuré a vestirme para no llegar tarde a mi cita con Samuel, escogiendo para esta vez unos vaqueros sencillos y un jersey blanco con rayas azul celeste. Cuando estaba a punto de salir, fui a ponerme el pañuelo que había llevado el día anterior pero no lo encontré entre mi ropa, así que deseché la idea. Una vez arreglada me despedí de mi madre, que aún dormía en su habitación. 
- Mamá, me voy a la universidad. He quedado a desayunar antes de clase.
- ¿Desde cuándo quedas tú a desayunar? - Me preguntó adormilada.
- Desde hoy, jajaja. ¿Me dejas las llaves del coche?
- No, cariño. Hoy nos hará falta a tu padre y a mí. Coge el metro, como ayer. - Mi madre se levantó de la cama y vino hacia mí para decirme algo al oído. - ¿Te quedas a comer en la universidad?
- Aún no sé lo que haré. - Le respondí extrañada.
- Papá y yo comeremos fuera, así que haz eso si quieres. 
- Vale... Por cierto, ¿has visto mi pañuelo? No lo encuentro.
- No. ¿Has mirado en el cesto de la ropa sucia?
- No, pero bueno, da igual. Tengo prisa, ¡me voy ya! - Le di un beso y salí de casa directa hacia mi cita con Samuel. Aún me quedaba un pequeño trayecto en metro y tranvía hasta llegar a mi facultad, así que para entretenerme eché mano del móvil y volví a leer el mensaje que Ainhoa me había escrito el día anterior. No sé cuántas veces lo había leído ya.

"Laura, soy Ainhoa. Te has dejado tu agenda en mi apartamento, he cogido tu número de ahí. 
Siento mucho si te he molestado con mi comportamiento... No quería hacerte sentir mal.
Lo siento mucho, de verdad. Mañana nos vemos en clase. Kiss."

La vergüenza que me producía haber salido corriendo de su casa hizo que aún no hubiera sido capaz de contestar y supuse que era tontería responderle ahora. Esperaba tener ocasión para hablar con ella y explicarme. Realmente, estaba convencida de que así sería... ¡Vaya! ¡Estaba sintiendo algo de seguridad en mí misma! Era una sensación nueva para mí.

Después de 20 minutos de viaje, llegué a la universidad. Samuel ya me esperaba en la cafetería del campus, tomando una CocaCola. 
- Tú y la CocaCola... ¡Hasta en el desayuno! Jajaja. - Le dije nada más verlo.
- ¡Laura! - Samuel se levantó de un salto y vino hacia mí, recibiéndome con un abrazo muy efusivo. - Todo bien, ¿no?
- Sí. - Le contesté con una sonrisa. - Te lo cuento todo y me dices qué piensas.

Samuel estuvo muy atento a toda mi historia con Ainhoa, acompañando la charla con divertidos comentarios. Su cara fue de pura felicidad cuando comencé a explicarle el momento en el que ella me había dado ese primer beso.
- ¡Me muero! - Gritó desatado.
- Shhh, no grites tanto.
- Perdona, perdona, es que estoy que no me lo creo. - Se excusó, tapándose la boca con las dos manos.
- Ya... Espera, que aún no te lo he contado todo.
Samuel frunció el ceño.
- ¿Qué pasó?
- Creo que metí la pata. - Le dije avergonzada. - Hubo un momento en el que ella intentó acariciarme y yo le paré los pies... y me fui de su casa.
- ¡¿Qué?! - Samuel volvió a gritar.
- Un grito más y dejo de contarte nada. 
- Vale, lo siento. Pero joder, es que no me lo explico. - Samuel se mostró indignado.
- Bueno, me asusté. ¿Tengo que explicarte que fue la primera vez que me besaba alguien? Ella es mayor que yo, tendrá más experiencia... Bastante corte me da a mí esta situación. 
- La ves en un rato, ¿no? Uff, a ver cómo se lo ha tomado.
- Me mandó un mensaje al rato de aquéllo. Parece que lo entendió. - Saqué mi teléfono del bolso y le enseñé el mensaje a Samuel, que sonrió al leerlo.
- Está muy claro, Laura. Le gustas de verdad. - Samuel esbozó una sonrisa más grande que la anterior. - No sabes cuánto me alegro.
- Gracias. - Le dije devolviéndole la sonrisa. - En un rato sabré cómo está ella. Hablaremos... Quiero hablar, quiero arreglar este malentendido. 
- Estoy seguro de que ella también quiere solucionarlo. Ya verás.

Samuel y yo salimos a dar una vuelta y seguimos charlando casi hasta la hora de clase. El paseo hizo que desconectara por unos minutos, pero una vez que tuvimos que despedirnos volví a pensar en Ainhoa y los nervios afloraron de nuevo. Samuel enseguida se dio cuenta y me dedicó unas palabras para intentar tranquilizarme.
- Estate tranquila, Laura. Todo irá bien, ¿vale? Luego me llamas y me cuentas. 
Samuel se despidió de mí y me dirigí hacia el aula de inglés.

Faltaban diez minutos para las 12 cuando llegué a clase. Creo que, salvo el primer día de curso, nunca había llegado tan pronto. Aún no había nadie, por lo que salí de nuevo al pasillo para esperar allí. A los pocos minutos comenzaron a llegar algunos compañeros.
- Ey Laura, ¡qué madrugadora te veo hoy! 
- Jajaja, hola Álex, hoy me he caído pronto de la cama.
Alejandra vino hacia mí y me dio un cariñoso beso en la mejilla. 
- ¿Y eso? Si siempre llegas con el tiempo justo. 
- Quedé a desayunar con mi amigo Samuel.
- ¿Samuel? - Me preguntó Alejandra extrañada.
- Sí, mi amigo del colegio. Ya te he hablado alguna vez de él. Qué poco caso me haces. - Le contesté intentando zanjar el tema.
- Ah, bien. Puntualiza eso de "amigo", que por aquí alguien dice que andas enamorada. - Alejandra se mostró risueña cuando me dijo aquéllo.
- ¿Enamorada? ¿Quién dice eso? 
- Lo he escuchado en alguna conversación. Estás un poco rara últimamente, como en una nube. - Al parecer mi vida era de interés público. - A mí también me lo parece.
La conversación comenzó a desviarse y a mí no me apetecía seguir hablando de ese tema. 
- No me gusta que se hable de mí. Odio las habladurías.
- Mujer, no te enfades. ¿Voy a tener que pensar que es verdad? - Alejandra esta vez rió con fuerza.
- Piensa lo que quieras. - Respondí con firmeza. - Pero si yo no hablo de algo, no me gusta que nadie lo haga. 
- Vale, lo siento... - Su carcajada enmudeció de golpe.
Los siguientes minutos se hicieron eternos hasta que fue llegando más gente. Alejandra permaneció callada todo ese tiempo y miraba a su alrededor de vez en cuando como buscando una salida a esa incómoda situación. Yo la miraba de reojo, sin saber qué decirle. Lo cierto es que me molestó que se hablara de mí y, sobretodo, que alguien hubiera juzgado mi comportamiento. Si lo hacían ahora, ¿qué harían si se enterasen de lo que había pasado con Ainhoa? Comentarios y más comentarios. Me temía que debía empezar a lidiar con ese tipo de cosas si quería tener una relación con ella. 

Ainhoa se retrasaba, por lo que fuimos entrando en clase para coger asiento. Alejandra me pidió sentarnos detrás y accedí a regañadientes. Mis nervios iban en aumento conforme iban pasando los minutos. 
- Siempre llegando tarde la tía... - Escuché decir a uno de mis compañeros.
Pasaban veinte minutos de las 12 cuando Ainhoa asomó por la puerta. Llegó acompañada de una chica rubia, delgada y bastante llamativa. Llevaba puestas unas enormes gafas de sol estilo años setenta y vestía con una minifalda híper ajustada que resaltaba su figura. Su pelo era castaño claro con mechas rubias, ligeramente ondulado. La chica no dejaba de hablar y Ainhoa le respondía entre risas. Parecía que existía mucha complicidad entre ellas. Ainhoa miró hacia la clase y nos hizo un gesto con la mano, como excusándose por el retraso. En ese instante, la chica rubia se despojó de sus gafas y se despidió de ella.
- Perdonad por haberos hecho esperar. - Nos dijo Ainhoa un tanto avergonzada. - Soy un desastre calculando el tiempo que tardo en llegar.
Yo no dejaba de mirarla, esperando a que ella hiciera lo propio conmigo, al mismo tiempo que comenzaba a sentir una leve decepción. Me asaltaron las dudas acerca de esa chica con la que había llegado. Se les veía tan contentas, tan cómplices... No parecía que Ainhoa estuviera preocupada por tener que volver a verme y hablar conmigo, por lo que tal vez estaba molesta porque no había respondido a su mensaje. Yo y mi estúpida manía de tener que analizarlo todo antes de tiempo. 
- Laura, ¿sigues enfadada? - Me preguntó Alejandra sacándome de mis pensamientos.
- No, no te preocupes. Ha sido una tontería.
- Vale. - Me tendió la mano con gesto amistoso, a lo que respondí con una pequeña sonrisa.

La clase de inglés fue transcurriendo con normalidad, o al menos la normalidad de otros días, pero esta vez mi gesto no era el de siempre. Ainhoa seguía sin cruzar mirada conmigo. Ni siquiera miraba hacia donde estaba sentada. Ella seguía sonriendo y charlando con absoluta normalidad. Nadie de allí hubiera notado preocupación en sus palabras. Cuando faltaban cinco minutos para terminar la clase, Ainhoa nos pidió que escribiésemos en un papel el nombre de una película de habla inglesa que nos gustaría visionar en versión original y se lo llevásemos a su mesa. Después, ella elegiría una entre todas. La gente fue escribiendo y levantándose de sus sillas para llevarle su elección y, cuando vi que se habían acercado casi todos mis compañeros, fui hacia ella. 
- Toma, Ainhoa. - Le dije extendiéndole el papel. 
Ella me miró a los ojos y me sonrió muy dulcemente, lo que me hizo sonreír a mí también. Cuando cogió el papel extendió sus dedos hacia los míos en lo que pareció una caricia. 
- ¿Estás bien? - Me preguntó con cierta preocupación.
- Sí... Ahora sí.
Ainhoa volvió a sonreír y, cuando se dio cuenta de que seguíamos en clase y de que había otros alumnos esperando detrás de mí, cambió de tema.
- Eh, bueno, ¿qué película has elegido?
- "Amor y otras drogas". - Le susurré un poco cortada.
- Pues será la que traiga. - Me dijo guiñándome un ojo. - Por cierto, toma tu agenda... ¿Quieres que te llame luego?
- Vale, luego hablamos. - Le contesté aliviada mientras la cogía.
- Genial.

La clase terminó y Ainhoa salió un tanto apresurada. Yo recogí mis cosas, guardando la agenda en el bolso, y me fui con Alejandra y dos chicas más a la cafetería.
- ¡Qué hambre tengo! Hoy me voy a pedir un entrecot a la pimienta. - Comentó Alejandra mientras nos acercábamos a la barra. - ¿Vosotras qué queréis?
- Yo me pediré un sandwich. No tengo mucha hambre. - Dije con un suspiro.
Un sentimiento extraño recorrió mi cuerpo cuando me dirigía hacia mi mesa. En el otro extremo de la cafetería, Ainhoa buscaba asiento junto a la chica con la que había llegado a clase. Ajenas a mis miradas, se mostraban de lo más risueñas e, incluso, cariñosas. No había nadie más con ellas y así estuvieron durante toda la comida. Mi sandwich seguía esperando, envuelto aún en el papel de film, mientras Alejandra y las chicas casi habían devorado sus platos. Alejandra y yo nos quedamos solas por unos minutos.
- ¿No vas a comer o qué? - Me increpó Alejandra.
- No tengo mucha hambre...
- Ya, eso ya me lo has dicho. - Alejandra me cogió del brazo, levantándose de la silla, y me invitó a acompañarla. - ¿Vienes conmigo?
- Sí, me voy ya a casa. Salgo contigo y me voy. - Le contesté con un gesto de tristeza.
- ¿No vas a entrar a Economía? 
- No. Me apetece irme a casa. 
Al salir a la calle, Alejandra volvió a insistirme en el tema que antes habíamos dado por concluido.
- Pareces preocupada.
- No. - Respondí con la voz quebrada. - Estoy normal.
- Ya, ¿y a qué viene estar así? Estás muy seria. Yo diría que triste, incluso.
Miré hacia abajo, reprimiendo las lágrimas que estaban a punto de caer, y jugué con una botella de agua que llevaba entre mis manos.
- Ya te contaré cuando pueda, pero no me presiones, por favor. - Alcé mi mirada y me encontré con los ojos de Alejandra mirándome sin pestañear.
- Está bien. Cuando quieras, sabes que puedes contarme lo que sea. Siento si antes te molestaron mis comentarios. 
Alejandra se acercó a mí y me abrazó con fuerza. Después de aquéllo le despedí y volvió a la cafetería. Cuando estaba en la puerta, se giró y me mandó un simpático beso.

Mientras me dirigía a la parada de tranvía, mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Ainhoa me había dicho que me llamaría por la tarde, había sido atenta y se había mostrado agradable conmigo, pero eso sólo había servido para tranquilizarme durante unos segundos. Una vez que la volví a ver sonriendo y disfrutando de la compañía de su amiga, los nervios volvieron a aparecer en mí. Todo eran nuevas sensaciones; decepción, celos, no sabía cómo llamarlo. Necesitaba hablar ya con ella. Al llegar a la parada volví la cabeza con brusquedad, siguiendo la dirección de la cafetería, y me quedé observando unos segundos.
¿Por qué no sales?
Tuve suerte, justo en ese momento Ainhoa salía por la puerta, casi a la carrera. De repente se paró en seco y se volvió para despedirse de su amiga. Indecisa, pensé si seguirla para hablar con ella. No lo dudé más y corrí hasta alcanzarla. Ainhoa se metió en su coche antes de que pudiera llamarle, así que al llegar a él, abrí la puerta y me metí dentro.
- ¡Laura! ¿Qué haces aquí? - Me preguntó sorprendida.
- Quiero hablar contigo... Necesito hablar contigo. Excusarme, saber que todo está bien.
- Claro que está todo bien. - Ainhoa tomó mis manos y las acarició con mucha dulzura. Eso me tranquilizó. - ¿No has leído tu agenda?
- ¿Mi agenda?
- Sí, te dejé algo dentro. Quería que lo leyeras estando sola, pero bueno... - Dijo mientras me lanzaba una sonrisa encantadora.
- ¿Lo miro ahora? - Le pregunté dubitativa.
- Sí.
Ainhoa soltó mis manos para que pudiera sacar la agenda del bolso y, una vez que la tuve en mi regazo, la abrí buscando eso que había dejado para mí. En las últimas páginas encontré un sobre de color azul añil, en el que ponía "Léelo estando sola". Mi corazón se aceleró como nunca y comencé a temblar. 
- No es nada malo, Laura. Tranquilízate. - Me dijo Ainhoa en voz muy baja.
Saqué un pequeño papel y leí el mensaje que había escrito en él.


"Llevaba casi dos meses observándote desde mi mesa, mientras tú no dejabas de observarme desde la tuya. 
Casi dos meses evitando cruzar nuestras miradas, por miedo... quizás. 
Miedo a sentir algo que no pudiera frenar. Algo que no quise frenar ayer. 
Porque conociéndote, sé que merecerá la pena arriesgar.
Quiero vivir contigo algo que todos me dicen es "prohibido". Ojalá tú también quieras vivirlo.
Ainhoa."

Terminé de leer y me llevé la mano a la cara, presionando con fuerza sobre mi boca, y sin mirar a Ainhoa le pedí que nos fuéramos.
- ¿Qué? - Me preguntó frunciendo el ceño.
En ese momento, me giré hacia ella, destapé mis labios y me acerqué a los suyos, besándolos con dulzura. Mi mano buscó su nuca, para acercarla más a mí. A los segundos me separé de ella y volví a repetir lo mismo.
- Vámonos... donde sea.
Ainhoa sonrió con picardía, arrancó el coche y salimos de allí a toda prisa. Durante el viaje hablamos poco. Yo la observaba en silencio y ella no apartaba sus ojos de la carretera, salvo cuando parábamos en algún semáforo.
- ¿Sabes qué significa que esté el semáforo en rojo? - Me preguntó una de esas veces.
- Que tienes que parar. - Le contesté en tono bromista.
- Mucho mejor que eso... Que mientras, puedo besarte.
Ainhoa se inclinó hacia mí y me besó con ternura en los labios. Su mano buscó la mía y la apretó con firmeza en un gesto de complicidad. Su tacto era suave y su piel desprendía calidez. Ya no quise soltarla durante todo el trayecto y cuando tenía que utilizar la mano para girar el volante o para cambiar de marcha, mi mano le acompañaba. A partir de ahí nuestras sonrisas se intercambiaban con tímidos besos y caricias. El silencio nos acompañó durante el corto viaje. No necesitábamos hablar para decirnos lo que estábamos sintiendo. Llegamos a su calle y, una vez que Ainhoa aparcó el coche, se giró hacia mí y me preguntó si quería subir a su apartamento, a lo que respondí con una amplia sonrisa. 

Entramos en su portal con normalidad. Ainhoa pasó delante de mí, como en la anterior ocasión, pero esta vez no salió disparada escaleras arriba. Cuando se cerró la puerta de la calle, se dio la vuelta y me cogió de las manos, atrayéndome hacia ella. Yo me dejé llevar y terminé entre sus brazos, que me rodearon por encima de la cintura. Ainhoa comenzó a besarme con pasión. Su boca agarraba la mía con fuerza y de manera desatada, como si llevara mucho tiempo esperando tenerme así. Al momento se separó y se acercó a mi oreja, al tiempo que seguía abrazándome.
- Me vas a complicar la vida. Lo sé... - Me dijo entre susurros.
- Es lo que quieres. - Le contesté risueña.
Ainhoa enfatizó el abrazo y bajó sus manos hasta tenerlas a la altura de mis caderas, pasó sus manos suavemente por mi culo y apretó.
- Vamos para arriba. - Concluyó con un nuevo beso.

Mr. Chocolat estaba esperando en la puerta cuando entramos en su apartamento. El gatito, muy cariñoso, se levantó de golpe del suelo y comenzó a jugar entre las piernas de Ainhoa, que lo cogió con cuidado y se lo apoyó en el pecho para dedicarle unos mimos.
- El rey de la casa siempre esperándome en el mismo sitio. - Ainhoa besuqueaba al minino bajo mi atenta mirada.
Mr. Chocolat bajó de sus brazos y se fue hacia el sofá, donde se quedó durmiendo en apenas un minuto.
- Quería estar contigo en el sofá, pero no quiero molestar al gatito. - Dijo Ainhoa con malicia. 
Sin saber muy bien por qué, mis nervios volvieron a aparecer. Tal vez fue volver a verme en aquella sala de estar. Sólo había pasado un día desde que salí de allí, huyendo de algo que había esperado durante tanto tiempo. Ainhoa se percató de que había algo que me preocupaba y volvió a cogerme de las manos. 
- Laura, las cosas irán como tú quieras. No me gusta verte así. - Ainhoa me pareció un tanto condescendiente. 
- Las cosas irán como queramos las dos, no te preocupes por mí. - Le contesté acercándome a ella. - Pero quiero que sepas que serás la primera, y eso me da cierto pudor.
- ¿La primera... en todo? - Me preguntó sorprendida.
- Mi primer beso, mi primera caricia... 
Los ojos de Ainhoa se iluminaron con esa afirmación y poco a poco fue dirigiéndose hacia su habitación, sin soltar mis manos y con sus ojos clavados en los míos. Su rostro mostraba una sonrisa tranquila y sincera, y su mirada me decía que no tuviera miedo. Yo no pude negarme y accedí a ir con ella.

Su cuarto estaba en penumbra. La persiana bajada no dejaba entrar más que una poca claridad. El olor, mezcla de su perfume y de incienso quemado, hacía de esa habitación un lugar agradable. Ainhoa no soltó mis manos salvo para encender unas velas y abrir un poco la ventana y, una vez que todo estuvo a su gusto, nos sentamos en la cama. Ella se sentó sobre la almohada, colocando su cabeza entre las rodillas y mirándome de reojo. Me sonrió de manera cariñosa y, cuando vio que yo me había quedado en el borde, se levantó de nuevo y me abrazó por detrás, apoyando su cabeza en mi hombro. 
- Ven, no tengas miedo de sentir una nueva piel. No estoy aquí para hacerte daño. Sólo quiero que lo descubras todo junto a mí... - Ainhoa bajó sus manos por mis brazos, todavía cubiertos por el jersey. 
Me di la vuelta y me incorporé sobre la cama, de rodillas, y besé a Ainhoa con dulzura. Nuestras manos se volvieron a encontrar, pero esta vez no quisieron estarse quietas. Ainhoa comenzó a besarme por el cuello, recorriendo con su lengua cada milímetro de mi piel. Sentir sus labios y su lengua hizo que me erizara de placer. Quise dejar la mente en blanco y disfrutar de aquéllo, pero me fue completamente imposible. Mi cabeza recordó de repente una frase de Ainhoa; ese "Me gustas muchísimo" con el que había empezado todo. De nuevo sentí esas mariposas con las que había despertado por la mañana. Decidí tomar un poco el control de la situación y agarré las manos de Ainhoa para llevármelas a la cintura. Ella, al darse cuenta, se separó de mi cuello y me miró con deseo. Entonces, le invité a que me quitase la ropa, atrapando sus manos con fuerza bajo las mías, apoyadas aún en mi cintura, y deslizándolas suavemente sobre mi vientre. Ainhoa no dudó un segundo y me quitó el jersey, sin quitar sus ojos de sus propios movimientos. Después, hizo lo propio con su camisa, aunque ella llevaba debajo otra camiseta blanca de tirantes. Por unos segundos me quedé observando sus hombros y sus brazos. Era la primera vez que la veía así... El invierno aún no me había dejado verlos al descubierto. Mi respiración comenzó a acelerarse y noté cómo me temblaban las manos, pero quise disimularlo de alguna manera antes de que pensara que estaba comenzando a arrepentirme de estar allí. Eso era lo último que quería que creyese, porque estar con ella en ese momento era lo que más deseaba.
- Eres tan guapa... - Le dije al tiempo que comencé a acariciar su cuello con la yema de mis dedos. 
Ainhoa me cogió la mano y se la llevó hacia su cintura, marcándome por dónde quería que siguiera acariciándola. Poco a poco fui levantándole la camiseta hasta quitársela del todo. Tras eso, ella se desabrochó el sujetador, dejando su pecho al descubierto. La luz de las velas no dejaban ver cómo me sonrojé al verla así, pero ella debió de darse cuenta.
- Ven, anda... relájate. - Me dijo Ainhoa atrayéndome hacia ella.
A los segundos me tenía rodeada entre sus brazos, sintiendo su piel pegada a la mía, tan cálida y suave como sus manos. Ainhoa bajó sus dedos por mi espalda, marcando con ellos mi columna, y hasta llegar a la altura de la cadera. Tras un rodeo, volvió a subir hasta llegar al cierre de mi sujetador, el cual comenzó a desabrochar con una mano, mientras que con la otra me acariciaba dulcemente el cuello. Mis ojos no dejaban de mirarla y ella me observaba con detenimiento, sin hablar. Una vez que se deshizo de mi sujetador, me abrazó con más fuerza, y sentí como mis pechos acariciaban los suyos. En ese instante se me escapó un pequeño gemido.
- Cariño, no me creo tenerte así... - Me susurró al oído, a lo que respondí con un beso pasional. 
No pudimos esperar más y nuestros cuerpos empezaron a entrelazarse sobre las sábanas de su cama. La dulzura y ternura del principio se mezcló con movimientos desenfrenados. Ainhoa jadeaba cuando sentía mis labios y mis dientes sobre su cuello. Poco a poco me fui soltando, llevada por la pasión. Besé sus brazos, su vientre, sus pechos. Mis miedos desaparecieron y mis manos se apresuraron a desabrochar su pantalón, a la vez que ella también desabrochaba los míos. En un momento nos vimos completamente desnudas, tumbadas una sobre la otra, acariciándonos la piel con las manos y las piernas, sin dejar de mirarnos. Mi boca se iba llenando de sus besos y del sabor de su piel. Sus manos buscaban mi vientre, para comenzar a bajar hasta mi sexo. Cuando sentí sus dedos en la humedad de mi entrepierna, sentí que me moría de felicidad. Fue tan dulce, llevando tanto cuidado en cada movimiento, que me hacía sonreír entre gemidos.
- ¿Qué te hace tanta gracia? - Me preguntó con malicia entre susurros.
- No puedo, Ainhoa... no aguanto más. - Le contesté ligeramente acelerada.
Sus ojos tenían un brillo especial. Unos ojos que no dejaron de mirarme mientras me tenía entre sus manos. Los movimientos con los que acompañaba las caricias me rompían en mil pedazos y, como le había dicho a ella, sabía que no podría aguantar mucho. Un sólo movimiento más y me dejé ir... 

Ainhoa alzó su mano y la posó en mis mejillas, acariciándolas con delicadeza. Después, posó la otra sobre mi pecho para sentir los latidos de mi corazón.
- Recuéstate sobre mi hombro mientras acaricio tus manos. - Me pidió Ainhoa.
Al recostarme sobre ella, pasó su brazo por detrás de mi cuello, me abrazó y se giró hacia mí, con sus piernas sobre las mías. 
- Me he sentido especial. - Murmuré.
- Eres especial. - Contestó ella al tiempo que me besaba en la frente.
- Y, ¿por qué? ¿Qué fue lo que te llamó la atención de mí? Yo nunca... - Ainhoa no me dejó terminar y tapó mis labios con uno de sus dedos.
- Me encantas, Laura. Me vuelves loca. Desde la primera vez que te miré bajo el umbral de aquella puerta. Tus ojos me atraparon y no he querido huir de ellos. - Su respuesta consiguió dejarme muda. Recordé ese momento y no pude evitar sonreír. - Al acabar esa clase te volví a buscar y sentí que me mirabas. En ese instante algo se disparó dentro de mí y, desde entonces, no pienso en otra cosa que no seas tú.
Ainhoa me cogió las manos y se las llevó a la boca, besándolas con los ojos cerrados.
- Yo tampoco he dejado de pensar en ti en todo este tiempo. - Le contesté.
- No sabes cómo me gusta saberlo. - Ainhoa dejó caer su cabeza sobre la almohada y callamos durante unos segundos. - En este tiempo he imaginado cómo sería estar contigo. Imaginé que me sentaría frente a ti, te miraría y extendería mi mano hasta tocar la tuya... Estar contigo es lo único que quería.
- ¿De verdad? - Le pregunté sorprendida. 
- Sí. Tienes todo lo que quiero en una mujer. - Respondió con firmeza.
Ainhoa se incorporó sobre la cama y se quedó mirándome por unos segundos. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba a abajo mientras yo permanecía inmóvil frente a ella.
- Mírate, eres preciosa. - Continuó diciéndome. - Tu dulzura, tu sensibilidad... me haces sentir bien cuando estoy contigo. Haces que me olvide de todo. 
Mi sonrisa iluminó la habitación. La felicidad inundó cada poro de mi piel y sentí algo que jamás había sentido. Me levanté de la cama y me abalancé sobre ella, abrazándola hasta sentir que éramos sólo una persona. Mientras nos sosteníamos en ese abrazo, miré alrededor y me quedé observando cada detalle de esa habitación. Sobre una mesita de noche reposaban dos libros y una cajita de pañuelos. Sobre la otra una figura de barro y un quemador de incienso. Y en la pared, colgando de una percha de aluminio, un pañuelo que me resultaba familiar. Lo miré con asombro y me separé de Ainhoa para ir hacia él. Cuando lo tuve entre mis manos me di cuenta de que era el pañuelo que creía perdido.
- Lo tenías tú. - Dije sonriendo.
- Sí, no quería separarme de tu olor. - Me contestó avergonzada. 
Reímos al unísono y Ainhoa se levantó de la cama para volver a abrazarme. Descalzas, desnudas y con el pañuelo sobre mis hombros, nos volvimos a besar. 
- Dime qué es lo que más te gusta de mí. - Susurré.
- Que tienes... - Ainhoa se vio interrumpida.
- Dímelo en inglés. - Le pedí mientras tapaba sus labios con mis dedos.
Ainhoa volvió a besarme y, durante unos segundos, meditó su respuesta. Enmudeció por un momento, echó hacia atrás su cabeza y miró al techo, sonriendo dulcemente. Después, volvió a mirarme y sus ojos se clavaron en los míos. Se inclinó hacia mí, me besó de nuevo, y escuchando sus palabras conocí la felicidad más completa.
- I love you, Laura. You have what I'm missing... Your young innocence.