Fuimos al albergue con la idea de adoptar un gatito rubio, de pocos meses, para darle un 'hermanito' a Gato, nuestra pequeña pantera. Nada más entrar en la gatera empezaron a aparecer a nuestro alrededor un montón de gatos: una gatita negra, muy pequeña y simpática, que se nos subía por las piernas y no paraba de maullar; una gata adulta color crema con una mancha marrón oscuro en el lomo; una gatito travieso que no paraba de trepar por todos los sitios; y un gato silencioso, que sólo nos miraba y nos seguía. No tuvimos mucho que pensar. Daba igual los gatos que maullaran o los que se nos tiraran encima reclamando atención. A nosotras nos gustaba ese gato rubio silencioso, ese que no maulló ni una sola vez en todo el tiempo que estuvimos allí, ese que no paraba de mirarnos... Queríamos un gato de pocos meses y él no lo era. Ya era adulto y, seguramente, mayor que Gato, pero ya daba igual: el elegido era Kiwo.
Al principio le costó un poco adaptarse a su nueva compañía. Gato se volvió un poco arisco y, de vez en cuando, intentaba pelear con él. Con el tiempo los dos se hicieron muy amigos, pero poco duró esa amistad, ya que Gato se fue muy pronto. Fue entonces cuando Kiwo conoció a Mora, una gata muy pequeña que enseguida se hizo amiga suya. Ella siempre le estaba dando besos y le seguía a todas partes. Donde iba Kiwo iba Mora detrás. Puedo imaginar lo mucho que se querían.
Ese martes, antes de salir de casa, Mora se acercó al transportín para despedirse de su amigo. Ya había estado antes dándole muchos besos y abrazado a él, pero seguro que quería aprovechar hasta el último segundo. Nosotras le íbamos a echar de menos, pero sé que la que más notaría su ausencia sería ella.
Habrá quien piense que Kiwo sólo era un gato y que se puede reemplazar por otro en cualquier momento, pero no. Kiwo no era un gato más, Kiwo era mucho más que un gato, y por eso es y será imposible de reemplazar.
DONDE SOLO ESPERABAS CRÍTICAS Y SOLEDAD. DONDE ANHELABAS LA LIBERTAD QUE ENCONTRASTE TIEMPO ATRÁS. DONDE NECESITABAS CERRAR LA BOCA PARA HABLAR. DONDE TE TRAGABAS TODAS ESAS PALABRAS QUE ANTES GRITABAS. DONDE, AL FIN, ENCONTRASTE LA PAZ...
jueves, 21 de marzo de 2013
miércoles, 13 de marzo de 2013
Young innocence (II). Descubriéndome.
Me desperté de un salto y miré el despertador con la respiración entrecortada.
- ¡Mierda, me he dormido! Joder, joder...
Eran las 11:48 y aún tenía que arreglarme y conducir hasta la universidad. No me daba tiempo, seguro. Las clases de inglés comenzaban a las 12, así que ya podía darme prisa. Comencé a vestirme rápidamente, mientras le escribía un mensaje a Alejandra.
"Alex, llegaré tarde. Cógeme un sitio a tu lado. Besos."
Mientras me terminaba de arreglar mi imaginación comenzó a volar, pensando en cómo vendría hoy Ainhoa a clase. Seguramente iría tan guapa como el miércoles, con su media melena oscura suelta y vistiendo de manera informal. Realmente estaba nerviosa, tendría que entrar al aula con la clase ya empezada. ¡Qué vergüenza!
De camino a la universidad Alejandra me contestó al mensaje.
"La guiri cabrona ha preguntado por ti.
Le he dicho que tú y la puntualidad no sois buenos amigos, jaja. Es broma, ¡hasta ahora!
Vale, había sido una broma, pero Ainhoa iba a pensar que sus clases no me interesaban lo más mínimo, y eso es lo último que me gustaría que pensara.
Al llegar al pasillo donde estaba el aula de inglés, observé que la puerta seguía abierta y no se intuía que dentro estuvieran dando clase. Todos hablaban entre ellos y se escuchaba un rumor bastante alto. Miré mi reloj: las 12:13. Increíble que hubiera tardado tan poco en llegar. Cuando llegué a la puerta del aula me asomé, como pidiendo permiso para entrar, pero no vi a Ainhoa por ningún sitio. Alejandra me saludó desde el fondo de la clase.
- Laura, ¡aquí! - Me gritó alzando su brazo.
¿En la última fila? No me gustaba estar tan lejos.
- ¿Entras? - Noté que alguien me agarraba por detrás, empujándome suavemente hacia dentro del aula. - Veo que hoy hemos llegado tarde las dos, jaja.
- Oh, perdona. - Le contesté.
- Don't worry! - Me contestó esbozando una sonrisa.
Sí, era ella. Ainhoa volvió a llegar tarde ese día. Poco importaba ya si me había cazado llegando tarde a mí también. Nuestros ojos se encontraron por primera vez en ese momento y su sonrisa había sido sólo para mí.
Tras pasar unos segundos algo bloqueada, me dirigí hacia la mesa y tomé asiento junto a Alejandra.
- Al final te ha pillado llegando tarde. Te engañé con el mensaje.
- No importa. - Le contesté tímidamente.
- ¿Te ha pasado algo? Estás blanca...
- No, no, es que acabo de levantarme y aún estoy medio dormida.
- Bueno, pues despierta, que la tía esta no da tregua.
Las siguientes dos horas fueron un auténtico despropósito para mí. No conseguía concentrarme en las clases ni en lo que explicaba Ainhoa. Mi cuerpo seguía allí, pero mi cabeza había volado hacia otro lugar. Intentaba prestar atención, pero era imposible. La forma que tenía de sonreír podía conmigo. Se le marcaban unos hoyuelos muy graciosos en las mejillas cada vez que hablaba y sus ojos desprendían mucha dulzura. En un momento dado, se me escapó una risa tímida.
- Venga ya, Laura, a ti te pasa algo. Estás en otro planeta. - Me dijo Alejandra.
- Joder, que no, es que me he acordado de un vídeo que vi anoche en internet.
- ¿Un vídeo de qué? Jajaja, siempre estás igual.
- Una caída en un plató. A uno del público se le cayó una cámara encima y... pues eso, jajaja. - A improvisación no hay quien me gane.
- Pues ya me lo pasarás. Pero ahora céntrate en esto, tonta.
Ainhoa nos miró y nos hizo un gesto, llevándose su dedo índice a los labios, sin perder la sonrisa en ningún momento.
- Qué maja es, ¿no? - Le dije a Alejandra.
- Sí, mucho. - Me contestó con un gesto de resignación.
- Vale, ya me callo...
Alejandra no entendía nada. Normal. Ella ni sabía que me gustaban las chicas ni creo que lo sospechara. Lo cierto es que casi nadie lo sabía.
Hace unos dos años me decidí a hablar con mi familia para contarles que me gustaban las chicas, pero no me fue muy bien. Estábamos todos en casa ese día, cosa poco habitual ya que mi padre trabaja fuera y casi nunca está con nosotros. Mi madre es la que siempre está con mi hermano y conmigo, y la que mejor nos conoce, pero creí conveniente hablar con los tres. Estaba completamente decidida a dar ese paso, así que después de cenar les pedí un momento para hablar con ellos. Nos sentamos en el salón y les dije que quería explicarles algo muy importante. Entonces, mi madre se levantó del sofá.
- ¿Algo muy importante? ¿Sobre qué? - Preguntó mi madre ligeramente alterada.
- Mamá, eso es lo que quiero contaros. Siéntate, anda.
- No, mejor me quedo de pie, no vaya a ser que me tenga que ir rápidamente.
- Joder, así no sé cómo quieres que os cuente nada.
Justo en ese momento comencé a llorar y me volví un manojo de nervios. Toda la valentía demostrada para dar ese paso se esfumó de golpe al ver a mi madre delante de mí, completamente indignada por algo que todavía no había dicho. Mi hermano no sabía hacia dónde mirar y mi padre hacía gestos con la cabeza como de no entender nada.
- Amalia, ¿a qué viene ponerse así? Si la niña no ha dicho nada aún. - Le dijo mi padre a mi madre.
- No, no ha dicho nada, pero es que ya sé por dónde va la cosa.
Mi padre se volvió hacia mí y me pidió que siguiera.
- Ya no sé qué decir... - Y rompí a llorar de nuevo. En ese momento no había nada ni nadie que me consolara.
- Hija, ¿es algo malo? - Me preguntó mi padre agarrándome de la mano.
- Yo creo que no, pero no lo vais a entender. - Le contesté.
- ¿No será que piensas que te gustan las mujeres? Porque estás hecha un lío, Laura... estás hecha un lío. - Me dijo mi madre cada vez más alterada.
Mi madre debía tener una leve sospecha de que se trataba de eso debido a que yo nunca había tenido novio y a que jamás le había hablado de ningún chico. Siempre se dice que una madre lo sabe todo, pero esto es lo último que ella querría saber de su hija pequeña.
- ¡Sí! ¡Ya lo sabes! ¡Pero mírate, es imposible hablar contigo! - Le contesté gritando.
Mi madre debía tener una leve sospecha de que se trataba de eso debido a que yo nunca había tenido novio y a que jamás le había hablado de ningún chico. Siempre se dice que una madre lo sabe todo, pero esto es lo último que ella querría saber de su hija pequeña.
- ¡Sí! ¡Ya lo sabes! ¡Pero mírate, es imposible hablar contigo! - Le contesté gritando.
- Eso son tonterías. Estarás confundida... - Seguía diciendo sin dejar de moverse de un lado para otro.
- A ver si la confundida vas a ser tú.
En ese momento me levanté del sofá y me fui hacia mi cuarto, de donde no salí en toda la noche. Mi padre y mi hermano vinieron a preguntarme cómo estaba, pero no quise hablar con nadie. Después escuché cómo discutían entre ellos, pero no quería saber nada más y comencé a escuchar música para distraerme. Tras ese incidente, en mi casa no se volvió a hablar de ese tema. Realmente yo ya había salido del armario ante mi familia. Otra cosa es que ellos me tomaran en serio.
A los días de aquéllo hablé con mi amigo Samuel, un chico con el que tengo una relación estupenda desde hace años, para explicarle lo que me había pasado con mi familia. Creía que, después de haber intentado dar ese paso ante ellos, ahora le tocaba a él conocer mi pequeño secreto. A Samuel lo conocí en el colegio, así que se puede decir que llevo toda la vida con él. Es muy divertido, sarcástico y siempre estamos riéndonos. Nos llevamos realmente bien, pero nunca habíamos hablado de sentimientos... hasta ese momento.
- Samuel, el otro día me pasó algo con mis padres. No sé cómo decírtelo...
- ¿Les dijiste que te he preñado? Jajaja.
- No, es en serio. Les conté una cosa mía y mi madre... Uff, no sabes cómo se puso.
- ¿El qué? ¿Que te van las tías?
- Joder, ¿tanto se me nota?
- Tanto como se me nota a mí, supongo...
Samuel ha sido desde entonces la única persona con la que he hablado abiertamente de todo, pero lo que tenía que contarle esta vez nunca antes se lo había contado. Estaba deseando quedar con él para hablarle de Ainhoa.
La clase finalizó y Ainhoa se despidió hasta el miércoles. Yo me quedé sentada, mirándola, mientras ella recogía su mesa y guardaba sus objetos personales en su bolso. De repente Ainhoa levantó la cabeza y miró hacia la clase, dándose cuenta de que yo aún seguía sentada. Me dedicó una sonrisa y continuó recogiendo sus cosas.
- Laura, ¿vamos? - Me preguntó Alejandra.
- Sí, claro. Qué ganas de fin de semana.
La realidad es que de lo único que tenía ganas era de seguir allí, mirando a Ainhoa y disfrutando de sus sonrisas. Necesitaba conocer más de ella, saber qué le gustaba, averiguar de dónde era... Y hablar de ello con Samuel. El fin de semana lo tendría que dedicar a conocerla un poco más, ¿pero cómo?
- Samuel, el otro día me pasó algo con mis padres. No sé cómo decírtelo...
- ¿Les dijiste que te he preñado? Jajaja.
- No, es en serio. Les conté una cosa mía y mi madre... Uff, no sabes cómo se puso.
- ¿El qué? ¿Que te van las tías?
- Joder, ¿tanto se me nota?
- Tanto como se me nota a mí, supongo...
Samuel ha sido desde entonces la única persona con la que he hablado abiertamente de todo, pero lo que tenía que contarle esta vez nunca antes se lo había contado. Estaba deseando quedar con él para hablarle de Ainhoa.
La clase finalizó y Ainhoa se despidió hasta el miércoles. Yo me quedé sentada, mirándola, mientras ella recogía su mesa y guardaba sus objetos personales en su bolso. De repente Ainhoa levantó la cabeza y miró hacia la clase, dándose cuenta de que yo aún seguía sentada. Me dedicó una sonrisa y continuó recogiendo sus cosas.
- Laura, ¿vamos? - Me preguntó Alejandra.
- Sí, claro. Qué ganas de fin de semana.
La realidad es que de lo único que tenía ganas era de seguir allí, mirando a Ainhoa y disfrutando de sus sonrisas. Necesitaba conocer más de ella, saber qué le gustaba, averiguar de dónde era... Y hablar de ello con Samuel. El fin de semana lo tendría que dedicar a conocerla un poco más, ¿pero cómo?
domingo, 10 de marzo de 2013
Young innocence (I). Conociendo a Ainhoa.
- Laura, ¡despierta! Jajaja.
- Ay, no grites... Si estoy bien despierta.
- ¡Uy sí!, ya te veo. Seguro que anoche te acostaste a las 5, ¡por lo menos!
- Jajaja, no andas desencaminada.
Ahí estaba yo, con un sueño que casi no me dejaba mantenerme en pie, y pensando en lo que se me venía encima. Tenía las mismas ganas de comenzar esas clases de inglés como de que alguien me atravesara con cuchillos oxidados. Lo mío no es madrugar. Nunca lo ha sido. Si al menos mis planes para hacerlo fueran otros... pero no. Cero motivación.
Alejandra seguía metiéndose conmigo. Siempre lo hace, no sé por qué me sorprendía. Que si "tienes que acostarte antes", que si "es que te pasas las noches en internet", que "mira qué cara llevas"... ¡Si es peor que mi madre! En realidad me hace gracia que sea así.
Alejandra es mi compañera de clase. La conozco desde septiembre, cuando empezamos a estudiar en la universidad. No es mucho tiempo, sólo cinco meses, pero nos llevamos muy bien. Si no fuera por ella la vida en el campus sería demasiado aburrida. Es una chica muy guapa, de piel clara y con una larga melena negra. Un tanto "pija", pero muy natural en el trato cercano. Siempre está sonriente y haciendo bromas. No encajamos en nada, la verdad, pero el destino nos quiso unir esos primeros días de clase. Yo, en cambio, soy de lo más normal. Cuando voy con ella siento que me deslumbra. Me quedo pequeñita a su lado y parece que no existo para nadie más. Por un lado me encanta pasar desapercibida; pero por otro, a veces me gustaría ser visible para alguien... Es una sensación rara. Supongo que igual de rara que yo.
- Oye, ¿entramos ya? La tía esta no viene y yo estoy harta de estar aquí de plantón. - Le dije a Alejandra.
- Va, vamos a coger sitio.
- Delante no, que parecemos empollonas, y no, jajaja.
- Tú siempre pareces una empollona, jajaja.
Alejandra y yo entramos en clase. Ya quedaban pocos asientos vacíos, la gente se había cansado de estar esperando en el pasillo mucho antes que nosotras, así que tuvimos que sentarnos delante del todo. Justo lo que no quería.
- ¿La profesora es nativa? ¿Has oído algo? - Me preguntó Alejandra.
- No, tiene nombre español. Viene en el folleto que nos dieron.
- ¡Ah, es verdad! - Alejandra sacó el folleto de su bolsa y lo puso sobre la mesa. - Ainhoa Salgado Pereira.
- ¿Ainhoa Salgado? Pues qué bien... tiene nombre de ser una cabrona.
- A lo mejor es un pseudónimo... ¿Hacemos apuestas? Seguro que es una guiri amargada que no va a permitir ni una tontería, jajaja.
- Joder, Alejandra, no me des estos ánimos...
- Jajaja, nada tía. Ya verás como no es para tanto. - Concluyó dándome un beso en la mejilla.
Veinte minutos. Eso es lo que tardó la profesora en aparecer. Veinte minutos en los que Alejandra y yo no dejamos de bromear, imaginándonos cómo sería. Nuestras dudas se resolvieron al verla entrar en clase.
Ainhoa apareció en mi vida vestida con un pantalón negro de pitillo y una cazadora vaquera. Un pañuelo rodeaba su cuello y calzaba unos botines marrones con algo de tacón. Entró con prisa y algo nerviosa, dejando su enorme bolso encima de la mesa.
- Siento el retraso, chicos. I'm sorry!
Dudo que mis ojos pudieran estar más abiertos en ese momento. No había visto una chica tan guapa en mi vida. Su sonrisa lo llenaba todo. Era como si un soplo de aire fresco hubiera entrado de golpe por la ventana. Realmente, Ainhoa era preciosa.
- Pues no tiene pinta de estar muy amargada... - Escuché que decía Alejandra.
Yo seguía admirándola, sin poder reaccionar. Sé que Ainhoa estaba hablando, pero no sabría explicar muy bien qué decía. Comenzó a hablar en inglés, así que las posibilidades de entenderla se redujeron a la nada.
- ¡Cómo está, eh! - Comentó un chico que tenía sentado al lado. - A ver quién se concentra con semejante mujer delante.
Mi mirada se centró entonces en ese chico. Sentí ganas de intervenir, pero no para darle la razón, sino para decirle que se callara. Quería ser la única que se fijara en ella. No entendía cómo podía gustarme tanto, si sólo habían pasado unos minutos desde que la había conocido.
Las casi dos horas de clase se me pasaron enseguida, pero realmente no me había enterado de nada. Mi cabeza estuvo demasiado ocupada en analizar cada movimiento, cada sonrisa y cada gesto de Ainhoa. Por momentos pensé que se me notaba ruborizada, que me delataría esa sonrisa tonta que llevaba conmigo. No sabía cómo esconderla... Salí deprisa y casi sin despedirme de nadie, ni siquiera de Alejandra. Un único pensamiento pasó rápidamente por mi cabeza: "Que llegue ya el viernes para poder verla otra vez".
- Ay, no grites... Si estoy bien despierta.
- ¡Uy sí!, ya te veo. Seguro que anoche te acostaste a las 5, ¡por lo menos!
- Jajaja, no andas desencaminada.
Ahí estaba yo, con un sueño que casi no me dejaba mantenerme en pie, y pensando en lo que se me venía encima. Tenía las mismas ganas de comenzar esas clases de inglés como de que alguien me atravesara con cuchillos oxidados. Lo mío no es madrugar. Nunca lo ha sido. Si al menos mis planes para hacerlo fueran otros... pero no. Cero motivación.
Alejandra seguía metiéndose conmigo. Siempre lo hace, no sé por qué me sorprendía. Que si "tienes que acostarte antes", que si "es que te pasas las noches en internet", que "mira qué cara llevas"... ¡Si es peor que mi madre! En realidad me hace gracia que sea así.
Alejandra es mi compañera de clase. La conozco desde septiembre, cuando empezamos a estudiar en la universidad. No es mucho tiempo, sólo cinco meses, pero nos llevamos muy bien. Si no fuera por ella la vida en el campus sería demasiado aburrida. Es una chica muy guapa, de piel clara y con una larga melena negra. Un tanto "pija", pero muy natural en el trato cercano. Siempre está sonriente y haciendo bromas. No encajamos en nada, la verdad, pero el destino nos quiso unir esos primeros días de clase. Yo, en cambio, soy de lo más normal. Cuando voy con ella siento que me deslumbra. Me quedo pequeñita a su lado y parece que no existo para nadie más. Por un lado me encanta pasar desapercibida; pero por otro, a veces me gustaría ser visible para alguien... Es una sensación rara. Supongo que igual de rara que yo.
- Oye, ¿entramos ya? La tía esta no viene y yo estoy harta de estar aquí de plantón. - Le dije a Alejandra.
- Va, vamos a coger sitio.
- Delante no, que parecemos empollonas, y no, jajaja.
- Tú siempre pareces una empollona, jajaja.
Alejandra y yo entramos en clase. Ya quedaban pocos asientos vacíos, la gente se había cansado de estar esperando en el pasillo mucho antes que nosotras, así que tuvimos que sentarnos delante del todo. Justo lo que no quería.
- ¿La profesora es nativa? ¿Has oído algo? - Me preguntó Alejandra.
- No, tiene nombre español. Viene en el folleto que nos dieron.
- ¡Ah, es verdad! - Alejandra sacó el folleto de su bolsa y lo puso sobre la mesa. - Ainhoa Salgado Pereira.
- ¿Ainhoa Salgado? Pues qué bien... tiene nombre de ser una cabrona.
- A lo mejor es un pseudónimo... ¿Hacemos apuestas? Seguro que es una guiri amargada que no va a permitir ni una tontería, jajaja.
- Joder, Alejandra, no me des estos ánimos...
- Jajaja, nada tía. Ya verás como no es para tanto. - Concluyó dándome un beso en la mejilla.
Veinte minutos. Eso es lo que tardó la profesora en aparecer. Veinte minutos en los que Alejandra y yo no dejamos de bromear, imaginándonos cómo sería. Nuestras dudas se resolvieron al verla entrar en clase.
Ainhoa apareció en mi vida vestida con un pantalón negro de pitillo y una cazadora vaquera. Un pañuelo rodeaba su cuello y calzaba unos botines marrones con algo de tacón. Entró con prisa y algo nerviosa, dejando su enorme bolso encima de la mesa.
- Siento el retraso, chicos. I'm sorry!
Dudo que mis ojos pudieran estar más abiertos en ese momento. No había visto una chica tan guapa en mi vida. Su sonrisa lo llenaba todo. Era como si un soplo de aire fresco hubiera entrado de golpe por la ventana. Realmente, Ainhoa era preciosa.
- Pues no tiene pinta de estar muy amargada... - Escuché que decía Alejandra.
Yo seguía admirándola, sin poder reaccionar. Sé que Ainhoa estaba hablando, pero no sabría explicar muy bien qué decía. Comenzó a hablar en inglés, así que las posibilidades de entenderla se redujeron a la nada.
- ¡Cómo está, eh! - Comentó un chico que tenía sentado al lado. - A ver quién se concentra con semejante mujer delante.
Mi mirada se centró entonces en ese chico. Sentí ganas de intervenir, pero no para darle la razón, sino para decirle que se callara. Quería ser la única que se fijara en ella. No entendía cómo podía gustarme tanto, si sólo habían pasado unos minutos desde que la había conocido.
Las casi dos horas de clase se me pasaron enseguida, pero realmente no me había enterado de nada. Mi cabeza estuvo demasiado ocupada en analizar cada movimiento, cada sonrisa y cada gesto de Ainhoa. Por momentos pensé que se me notaba ruborizada, que me delataría esa sonrisa tonta que llevaba conmigo. No sabía cómo esconderla... Salí deprisa y casi sin despedirme de nadie, ni siquiera de Alejandra. Un único pensamiento pasó rápidamente por mi cabeza: "Que llegue ya el viernes para poder verla otra vez".
sábado, 9 de marzo de 2013
Déjate ver.
Mis manos no te golpearán para intentar despertarte.
Mis manos te empujarán porque confían en que podrás conseguirlo.
Mis manos te empujarán porque confían en que podrás conseguirlo.
¿Por qué no vería en ti eso que veo yo? ¿Acaso es imposible?
¿Por qué no se fijará en todo lo bueno que tienes?
Los sueños no sólo se tienen de noche con los ojos cerrados.
Los sueños se viven de día, a plena luz, mirando de frente a ellos.
Si se cumplen o no, sólo lo sabe el destino...
Si caes, yo estaré aquí para ayudarte a levantar.
Pero si triunfas, quiero ser la primera que disfrute de tu victoria.
Déjate ver... y triunfarás.
domingo, 3 de marzo de 2013
Tú.
Antes de ti habían aparecido otras, tal vez menos misteriosas o sin ese toque "especial" que tú tienes. No dudes de que me asombrara al ir conociéndote.
Después de ti llegaron más, tal vez más atentas o menos despreocupadas. Les sobraba mucho que a mí no me hacía falta en ese momento, y les faltaba esa chispa que tú me dabas.
Nuestra pausa la empleé en joderme un poco la vida, y tu llegada puso orden de nuevo en todo lo que sentía. Puede que no te dieses cuenta, pero tenerte de vuelta hizo que supiera con quién tenía que quedarme. Tu compañía me hizo más fuerte, más valiente y menos impulsiva. Supe detenerme, aunque ya me hubiese pasado de frenada...
Tú me diste calma.
Seguramente otras lleguen a mi vida, pero ninguna será como tú, única y sorprendente; ni ninguna tendrá esa "chispa" que consigue encenderme.
No sé qué es exactamente, pero me encanta.
sábado, 2 de marzo de 2013
Ropa desordenada (III)
Los primeros rayos de sol asomaban tímidamente entre la persiana de la habitación, acariciando la espalda desnuda de Lucía. Vanesa la observaba en silencio, tumbada a su lado. Llevaba desde antes del amanecer mirándola, casi en completa oscuridad. Sin embargo, ya se sabía de memoria cada curva de su cuerpo.
Lucía se giró sobre sí misma y Vanesa se tapó rápidamente, haciéndose la dormida. A los segundos abrió de nuevo los ojos y observó que Lucía seguía durmiendo. Entonces, se acercó a su pelo y respiró de él, sin poder evitar soltar un pequeño suspiro. Eran tan incontrolables sus ganas por abrazarla que terminó acercándose a ella hasta quedarse pegada a su cuerpo, pero el sueño de Lucía era tan profundo que ni siquiera se inmutó. Vanesa comenzó a acariciarla. Pasó las yemas de sus dedos por sus hombros, bajando por su espalda y hasta llegar a sus muslos. Lucía parecía estremecerse por momentos. En una de esas caricias, esbozó una pequeña sonrisa y abrió levemente los ojos. Vanesa sonrió.
- Buenos días, preciosa.
- Buenos días. - Le contestó Vanesa junto con un beso en los ojos.
Lucía abrazó a Vanesa, desperezándose al tiempo que la manoseaba por todas partes.
- ¡Ay, qué ganas tenía de despertarme así! - Dijo Lucía.
- ¿Así cómo? ¿Metiéndome mano? Jajaja.
- Jajaja, sí.
Vanesa agarró las manos de Lucía y se las colocó sobre su culo, apretando con fuerza al tiempo que la besaba con todas las ganas que guardaba desde la última vez. Parecía que nadie podría romper ese dulce despertar, pero el teléfono de Lucía sonó, asustándolas a las dos.
- Joder, vaya horas de llamar... Dime. - Lucía respondió la llamada un tanto enfadada.
Al otro lado, su manager.
- ¿Por qué no coges el teléfono? Te estoy llamando a la habitación.
- Ah... es que no lo he oído, jajaja. - Respondió sofocada.
- ¿Que no lo has oído? Ya, claro... eso será, jajaja. ¿Dónde estás?
- He pasado la noche fuera. Pero bueno... ¿Qué quieres?
- Te recuerdo que tenemos que salir en una hora. A las 9 hay que estar en la radio.
- Uff, es verdad. Menos mal que me has llamado.
- Venga, te espero a las 8:20 en el hall. ¿Llegas?
- Sí, sí, no te preocupes. Hasta ahora.
- Ciao. Ya me contarás.
Lucía cortó la llamada y se quedó mirando el móvil por unos segundos.
- Tengo una entrevista en la radio. Ni me acordaba...
- Bueno, no pasa nada. - Contestó Vanesa resignada. - Dúchate aquí si quieres.
- Vale, pero voy a por algo de ropa a la habitación.
Lucía se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Vanesa se acercó a ella y la abrazó por detrás.
- No tardes. - Le dijo mientras la besaba en el cuello.
Al volver, Vanesa había preparado el baño para que Lucía pudiera ducharse tranquilamente. Juntas entraron en él y Lucía comenzó a quitarse la ropa, mientras Vanesa la observaba con una sonrisa.
- ¿Vas a quedarte ahí mientras me ducho? - Le preguntó Lucía con gesto de sorpresa.
- Jajaja, no sé...
Lucía se acercó a Vanesa y la besó muy dulcemente, metiéndole las manos por debajo del albornoz con el que se había vestido al despertarse. La acarició unos segundos y a continuación se dirigió hacia la ducha.
- Voy a ducharme. - Comentó Lucía, guiñándole un ojo a Vanesa al mismo tiempo.
Lucía entró en la ducha y abrió el grifo de agua caliente. Vanesa seguía mirándola desde fuera.
- 'Dejo la puerta abierta por si quieres pasar'. - Dijo Lucía.
Vanesa sonrió con picardía.
- 'Ay, no me digas que no entras...' - Volvió a decir Lucía, haciéndole un gesto con la cabeza, como animándola a entrar con ella.
Vanesa se despojó de su albornoz, lanzándolo contra el suelo, y entró junto a Lucía en la ducha.
El agua caía con una temperatura ideal. Lucía empezó a mojarse mientras Vanesa la miraba atenta. Recorría su cuerpo desnudo con la mirada, siguiendo las gotas que se deslizaban por su piel. Por unos instantes se detuvo en una gota que bajaba desde su cuello hasta su vientre, y extendió su brazo, posando su dedo índice sobre el pubis de Lucía, para detenerla. Entonces, Lucía dirigió el chorro de agua hacia ella, mojándole las manos.
- Estás muy fría, cariño. - Le dijo Lucía. - Con las manos calientes mucho mejor.
- Jajaja, tienes razón. Anda, date la vuelta. - Le dijo Vanesa muy dulcemente.
Lucía le hizo caso y se dio la vuelta, sin dejar de echarse agua por encima. Vanesa cogió un poco de gel y comenzó a enjabonarla. Las manos de Vanesa se deslizaban suavemente por su espalda, creando un dibujo en su piel. Poco a poco, se iba acercando a ella, hasta quedar pegadas. Sus manos abrazaron el cuerpo mojado de Lucía y se apoyó sobre su cuello. Lucía cerró el grifo y lo soltó de sus manos, dejándolas libres para poder tomar las de Vanesa. Se dio la vuelta y las dos se quedaron frente a frente. Lucía comenzó a besarla. Sus lenguas jugaban lentamente, con calma. Se saboreaban la una a la otra. Vanesa lamió la comisura de los labios de Lucía, para después bajar hasta su cuello, donde descansó unos segundos, respirando de su olor. Sus manos no dejaban de buscarse y palparse. La cercanía entre ella era tan total que hacía que sus pechos se rozaran y chocaran una y otra vez. Lucía agarró a Vanesa de la cintura y la empujó contra el cristal de la ducha, sujetándole las manos y levantándoselas por encima de la cabeza, al mismo tiempo que seguía besándola, cada vez más y más rápido. Vanesa escapó de las manos de Lucía y dirigió las suyas hacia su sexo. Lucía gimió de placer al sentir sus dedos. Notaba el calor en su entrepierna mientras Vanesa continuaba acariciándola y frotando su pierna contra ella. Lucía agarró del pelo a Vanesa y le tiró hacia atrás, despegándola por unos segundos de su boca.
- 'Hazme el amor una vez más'. - Susurró Lucía.
Esas palabras aceleraron a Vanesa, que tomó las riendas y empujó a Lucía contra la pared, al tiempo que la besaba salvajemente. Sus lenguas se recorrían sin pausa y en ese momento sólo eran 'dos respiraciones con un ritmo a contratiempo'. Lucía cada vez estaba más caliente, fruto esta vez del placer desatado que estaba sintiendo. Poco importaba ya si el agua corría o no en esa ducha. Vanesa se agachó para poder lamerle los pechos, sin dejar de acariciarla ni un solo instante. Bajó un poco más y besó su vientre, antes de arrodillarse por completo y quedarse a la altura de su sexo. Con los dedos separó sus labios y empezó a lamerle de una forma desenfrenada. Los lengüetazos los acompañaba con fuertes embestidas. Lucía no podía parar de gemir.
- Oh, joder... no pares.
Vanesa jadeaba de placer. Estar haciéndole el amor a Lucía le producía casi el mismo placer que a ella. Casi rozaban los gritos. Vanesa penetraba a Lucía con sus dedos, parando únicamente para introducir su lengua en ella. A Lucía le comenzaron a temblar las piernas, prueba de que el éxtasis estaba a punto de llegar. Vanesa se dio cuenta y comenzó a embestirla esta vez un poco más fuerte, y acompañándose de su lengua. Le lamía y la embestía con sus dedos al mismo tiempo. Lucía no podía más.
- Oh, Vanesa...
Vanesa sacó sus dedos, lamió muy fuerte el sexo de Lucía y volvió a penetrarla, hasta el límite... Lucía cayó entre sus brazos rota de placer. Vanesa la besó, haciéndole partícipe del sabor de su propio sexo. Sabía al mayor orgasmo que jamás había tenido.
Vanesa acercó su mano empapada a Lucía, que la miró incrédula sin dejar de jadear.
- Joder... ¿Cómo me voy ahora? - Dijo Lucía entre risas.
- Yo diría que muy bien... - Sonrió Vanesa.
Lucía la abrazó y la besó muy dulcemente, y Vanesa le respondió acariciándole la cara. Siguieron besándose mientras se levantaban del suelo de la ducha. Sus manos se buscaban como pidiendo un poco más... Vanesa cogió a Lucía de la cintura y la invitó a acompañarla fuera. Sin dejar de besarse y un poco mojadas aún por la ducha de antes, las dos se tiraron sobre la cama. Lucía cayó sobre Vanesa, que quedó prisionera de ella por unos momentos. Lucía empezó entonces a besarla por todas partes. Lamió su cuello, sus brazos, sus pezones... Vanesa acercó su mano al sexo de Lucía y comprobó que continuaba como hacía unos segundos. Estaba completamente mojado. Empezó a acariciarla de nuevo, pero esta vez Lucía hizo lo mismo con ella. Vanesa y Lucía se arrodillaron sobre la cama, frente a frente, mientras se acariciaban mutuamente. Comenzaron a besarse de nuevo y sus sexos se empaparon un poco más. Las dos gemían con fuerza, una en la boca de la otra. Sus labios dibujaban la misma sonrisa, producida por el placer que estaban sintiendo. Lucía, con la mano que tenía libre, agarró a Vanesa y la atrajo hacia su cuerpo. Entonces se inclinó un poco ante ella y abrió sus piernas.
- Ven conmigo, quiero sentirte más cerca...
Vanesa se acercó y, abriendo también sus piernas, se apoyó sobre ella. Las dos comenzaron a balancearse, una sobre la otra, en un baile de excitación y gemidos compartidos. Vanesa se movía con mucha fuerza, deslizando su sexo sobre el sexo de Lucía, que se dejó caer sobre la cama, rindiéndose al placer. Una experiencia así tendría que haber durado un poco más, pero era tan fuerte lo que sentían que se dejaron llevar rápidamente, casi al mismo tiempo. Lucía llegó al orgasmo, y Vanesa, aunque quería seguir, al sentirlo no pudo más, cayendo sobre ella. Se quedaron así unos minutos, en silencio, una sobre la otra, recuperándose de esa nueva sensación.
- No te vayas... - Le suplicó Vanesa.
Lucía la besó con ternura y la rodeó entre sus brazos.
- En cuanto salga, me vuelvo contigo. No quiero separarme de ti ahora que te he tenido tan cerca.
Vanesa sonrió al escuchar esas palabras.
- Yo tampoco quiero separarme de ti.
Lucía se apresuró en arreglarse para acudir a la cita, saliendo de la habitación escasos minutos después. La despedida se prolongó todo lo que pudieron, entre besos, caricias y miradas de complicidad. Necesitaban estar juntas y volver a sentirse de nuevo.
Una vez que Lucía se había marchado, Vanesa se sentó en la cama y comenzó a recordar todos sus encuentros: en aquel camerino del teatro, la noche anterior en esa misma habitación, la ducha de hacía un rato, el mayor acto de amor que acababan de vivir... Vanesa estalló en un suspiro enorme, se desplomó sobre la cama con una sonrisa dibujada en su cara, y comenzó a cantar: "Soy tan tuya que ni yo... ni yo misma me lo aguanto...". Y comenzó a reír de pura felicidad.
Lucía se giró sobre sí misma y Vanesa se tapó rápidamente, haciéndose la dormida. A los segundos abrió de nuevo los ojos y observó que Lucía seguía durmiendo. Entonces, se acercó a su pelo y respiró de él, sin poder evitar soltar un pequeño suspiro. Eran tan incontrolables sus ganas por abrazarla que terminó acercándose a ella hasta quedarse pegada a su cuerpo, pero el sueño de Lucía era tan profundo que ni siquiera se inmutó. Vanesa comenzó a acariciarla. Pasó las yemas de sus dedos por sus hombros, bajando por su espalda y hasta llegar a sus muslos. Lucía parecía estremecerse por momentos. En una de esas caricias, esbozó una pequeña sonrisa y abrió levemente los ojos. Vanesa sonrió.
- Buenos días, preciosa.
- Buenos días. - Le contestó Vanesa junto con un beso en los ojos.
Lucía abrazó a Vanesa, desperezándose al tiempo que la manoseaba por todas partes.
- ¡Ay, qué ganas tenía de despertarme así! - Dijo Lucía.
- ¿Así cómo? ¿Metiéndome mano? Jajaja.
- Jajaja, sí.
Vanesa agarró las manos de Lucía y se las colocó sobre su culo, apretando con fuerza al tiempo que la besaba con todas las ganas que guardaba desde la última vez. Parecía que nadie podría romper ese dulce despertar, pero el teléfono de Lucía sonó, asustándolas a las dos.
- Joder, vaya horas de llamar... Dime. - Lucía respondió la llamada un tanto enfadada.
Al otro lado, su manager.
- ¿Por qué no coges el teléfono? Te estoy llamando a la habitación.
- Ah... es que no lo he oído, jajaja. - Respondió sofocada.
- ¿Que no lo has oído? Ya, claro... eso será, jajaja. ¿Dónde estás?
- He pasado la noche fuera. Pero bueno... ¿Qué quieres?
- Te recuerdo que tenemos que salir en una hora. A las 9 hay que estar en la radio.
- Uff, es verdad. Menos mal que me has llamado.
- Venga, te espero a las 8:20 en el hall. ¿Llegas?
- Sí, sí, no te preocupes. Hasta ahora.
- Ciao. Ya me contarás.
Lucía cortó la llamada y se quedó mirando el móvil por unos segundos.
- Tengo una entrevista en la radio. Ni me acordaba...
- Bueno, no pasa nada. - Contestó Vanesa resignada. - Dúchate aquí si quieres.
- Vale, pero voy a por algo de ropa a la habitación.
Lucía se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Vanesa se acercó a ella y la abrazó por detrás.
- No tardes. - Le dijo mientras la besaba en el cuello.
Al volver, Vanesa había preparado el baño para que Lucía pudiera ducharse tranquilamente. Juntas entraron en él y Lucía comenzó a quitarse la ropa, mientras Vanesa la observaba con una sonrisa.
- ¿Vas a quedarte ahí mientras me ducho? - Le preguntó Lucía con gesto de sorpresa.
- Jajaja, no sé...
Lucía se acercó a Vanesa y la besó muy dulcemente, metiéndole las manos por debajo del albornoz con el que se había vestido al despertarse. La acarició unos segundos y a continuación se dirigió hacia la ducha.
- Voy a ducharme. - Comentó Lucía, guiñándole un ojo a Vanesa al mismo tiempo.
Lucía entró en la ducha y abrió el grifo de agua caliente. Vanesa seguía mirándola desde fuera.
- 'Dejo la puerta abierta por si quieres pasar'. - Dijo Lucía.
Vanesa sonrió con picardía.
- 'Ay, no me digas que no entras...' - Volvió a decir Lucía, haciéndole un gesto con la cabeza, como animándola a entrar con ella.
Vanesa se despojó de su albornoz, lanzándolo contra el suelo, y entró junto a Lucía en la ducha.
El agua caía con una temperatura ideal. Lucía empezó a mojarse mientras Vanesa la miraba atenta. Recorría su cuerpo desnudo con la mirada, siguiendo las gotas que se deslizaban por su piel. Por unos instantes se detuvo en una gota que bajaba desde su cuello hasta su vientre, y extendió su brazo, posando su dedo índice sobre el pubis de Lucía, para detenerla. Entonces, Lucía dirigió el chorro de agua hacia ella, mojándole las manos.
- Estás muy fría, cariño. - Le dijo Lucía. - Con las manos calientes mucho mejor.
- Jajaja, tienes razón. Anda, date la vuelta. - Le dijo Vanesa muy dulcemente.
Lucía le hizo caso y se dio la vuelta, sin dejar de echarse agua por encima. Vanesa cogió un poco de gel y comenzó a enjabonarla. Las manos de Vanesa se deslizaban suavemente por su espalda, creando un dibujo en su piel. Poco a poco, se iba acercando a ella, hasta quedar pegadas. Sus manos abrazaron el cuerpo mojado de Lucía y se apoyó sobre su cuello. Lucía cerró el grifo y lo soltó de sus manos, dejándolas libres para poder tomar las de Vanesa. Se dio la vuelta y las dos se quedaron frente a frente. Lucía comenzó a besarla. Sus lenguas jugaban lentamente, con calma. Se saboreaban la una a la otra. Vanesa lamió la comisura de los labios de Lucía, para después bajar hasta su cuello, donde descansó unos segundos, respirando de su olor. Sus manos no dejaban de buscarse y palparse. La cercanía entre ella era tan total que hacía que sus pechos se rozaran y chocaran una y otra vez. Lucía agarró a Vanesa de la cintura y la empujó contra el cristal de la ducha, sujetándole las manos y levantándoselas por encima de la cabeza, al mismo tiempo que seguía besándola, cada vez más y más rápido. Vanesa escapó de las manos de Lucía y dirigió las suyas hacia su sexo. Lucía gimió de placer al sentir sus dedos. Notaba el calor en su entrepierna mientras Vanesa continuaba acariciándola y frotando su pierna contra ella. Lucía agarró del pelo a Vanesa y le tiró hacia atrás, despegándola por unos segundos de su boca.
- 'Hazme el amor una vez más'. - Susurró Lucía.
Esas palabras aceleraron a Vanesa, que tomó las riendas y empujó a Lucía contra la pared, al tiempo que la besaba salvajemente. Sus lenguas se recorrían sin pausa y en ese momento sólo eran 'dos respiraciones con un ritmo a contratiempo'. Lucía cada vez estaba más caliente, fruto esta vez del placer desatado que estaba sintiendo. Poco importaba ya si el agua corría o no en esa ducha. Vanesa se agachó para poder lamerle los pechos, sin dejar de acariciarla ni un solo instante. Bajó un poco más y besó su vientre, antes de arrodillarse por completo y quedarse a la altura de su sexo. Con los dedos separó sus labios y empezó a lamerle de una forma desenfrenada. Los lengüetazos los acompañaba con fuertes embestidas. Lucía no podía parar de gemir.
- Oh, joder... no pares.
Vanesa jadeaba de placer. Estar haciéndole el amor a Lucía le producía casi el mismo placer que a ella. Casi rozaban los gritos. Vanesa penetraba a Lucía con sus dedos, parando únicamente para introducir su lengua en ella. A Lucía le comenzaron a temblar las piernas, prueba de que el éxtasis estaba a punto de llegar. Vanesa se dio cuenta y comenzó a embestirla esta vez un poco más fuerte, y acompañándose de su lengua. Le lamía y la embestía con sus dedos al mismo tiempo. Lucía no podía más.
- Oh, Vanesa...
Vanesa sacó sus dedos, lamió muy fuerte el sexo de Lucía y volvió a penetrarla, hasta el límite... Lucía cayó entre sus brazos rota de placer. Vanesa la besó, haciéndole partícipe del sabor de su propio sexo. Sabía al mayor orgasmo que jamás había tenido.
Vanesa acercó su mano empapada a Lucía, que la miró incrédula sin dejar de jadear.
- Joder... ¿Cómo me voy ahora? - Dijo Lucía entre risas.
- Yo diría que muy bien... - Sonrió Vanesa.
Lucía la abrazó y la besó muy dulcemente, y Vanesa le respondió acariciándole la cara. Siguieron besándose mientras se levantaban del suelo de la ducha. Sus manos se buscaban como pidiendo un poco más... Vanesa cogió a Lucía de la cintura y la invitó a acompañarla fuera. Sin dejar de besarse y un poco mojadas aún por la ducha de antes, las dos se tiraron sobre la cama. Lucía cayó sobre Vanesa, que quedó prisionera de ella por unos momentos. Lucía empezó entonces a besarla por todas partes. Lamió su cuello, sus brazos, sus pezones... Vanesa acercó su mano al sexo de Lucía y comprobó que continuaba como hacía unos segundos. Estaba completamente mojado. Empezó a acariciarla de nuevo, pero esta vez Lucía hizo lo mismo con ella. Vanesa y Lucía se arrodillaron sobre la cama, frente a frente, mientras se acariciaban mutuamente. Comenzaron a besarse de nuevo y sus sexos se empaparon un poco más. Las dos gemían con fuerza, una en la boca de la otra. Sus labios dibujaban la misma sonrisa, producida por el placer que estaban sintiendo. Lucía, con la mano que tenía libre, agarró a Vanesa y la atrajo hacia su cuerpo. Entonces se inclinó un poco ante ella y abrió sus piernas.
- Ven conmigo, quiero sentirte más cerca...
Vanesa se acercó y, abriendo también sus piernas, se apoyó sobre ella. Las dos comenzaron a balancearse, una sobre la otra, en un baile de excitación y gemidos compartidos. Vanesa se movía con mucha fuerza, deslizando su sexo sobre el sexo de Lucía, que se dejó caer sobre la cama, rindiéndose al placer. Una experiencia así tendría que haber durado un poco más, pero era tan fuerte lo que sentían que se dejaron llevar rápidamente, casi al mismo tiempo. Lucía llegó al orgasmo, y Vanesa, aunque quería seguir, al sentirlo no pudo más, cayendo sobre ella. Se quedaron así unos minutos, en silencio, una sobre la otra, recuperándose de esa nueva sensación.
- No te vayas... - Le suplicó Vanesa.
Lucía la besó con ternura y la rodeó entre sus brazos.
- En cuanto salga, me vuelvo contigo. No quiero separarme de ti ahora que te he tenido tan cerca.
Vanesa sonrió al escuchar esas palabras.
- Yo tampoco quiero separarme de ti.
Lucía se apresuró en arreglarse para acudir a la cita, saliendo de la habitación escasos minutos después. La despedida se prolongó todo lo que pudieron, entre besos, caricias y miradas de complicidad. Necesitaban estar juntas y volver a sentirse de nuevo.
Una vez que Lucía se había marchado, Vanesa se sentó en la cama y comenzó a recordar todos sus encuentros: en aquel camerino del teatro, la noche anterior en esa misma habitación, la ducha de hacía un rato, el mayor acto de amor que acababan de vivir... Vanesa estalló en un suspiro enorme, se desplomó sobre la cama con una sonrisa dibujada en su cara, y comenzó a cantar: "Soy tan tuya que ni yo... ni yo misma me lo aguanto...". Y comenzó a reír de pura felicidad.
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