- ¿Cuántas veces he de decirte que no? Eres un poco pesada.
Seguí hablando con mi amiga, ignorando su enésima pregunta sobre el tema, hasta que el camarero del cibercafé me interrumpió.
- ¿Qué tal? ¿Necesitas algo más?
- No, gracias.
En vez de marcharse, el chico siguió mirándome y me volvió a preguntar algo.
- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Sí... - Supuse que sí.
- Tú entiendes, ¿verdad?
Joder...
Parecía ser que el mundo entero se había propuesto sacarme del armario, pero el momento de hacerlo debía decidirlo yo... Aunque claro, no sería la primera vez, porque en realidad ya lo había hecho hace algún tiempo...
Supongo que las confesiones que se hacen de niña o adolescente no cuentan en todo esto, porque si no recuerdo mal, no fui yo la única que admitió haberse sentido atraída por una chica cuando apenas tenía 13 años. En una de tantas conversaciones entre amigas, un día saqué ese tema, como quien no quiere la cosa... "¿Os habéis sentido atraídas por una chica alguna vez?". Realmente, no sé qué se me pasó por la cabeza en ese momento o cuál era la respuesta que quería escuchar, pero todas contestaron lo mismo: sí. ¿Entonces? Yo en aquella época todavía tenía dudas y no sabía si lo que me pasaba era "normal", así que escuchar eso me tranquilizó bastante. "Ah vale, les ha pasado a todas... Qué alivio". Supuse que a todo el mundo, en algún momento, se le había pasado por la cabeza lo que día tras días me preguntaba yo: ¿Seré homosexual?
Muchas de las preguntas que nos hacemos a lo largo de nuestra vida necesitan un tiempo para ser procesadas, ya que la respuesta que encontramos a ellas no termina de convencernos o no es la que queremos o necesitamos escuchar... Casi siempre preguntamos con la cabeza y buscamos la respuesta en el mismo sitio, cuando deberíamos de buscarla un poquito más abajo. Es una especie de lucha entre lo que queremos ser y lo que en realidad somos. Mi pregunta siempre fue la misma desde que tengo uso de razón. Al principio la palabra "homosexual" no entraba en mi vocabulario, puesto que nunca había oído hablar de eso. La homosexualidad jamás se trató con naturalidad en mi entorno y yo ni siquiera sabía qué me pasaba... Simplemente era una niña que se fijaba en otras niñas. ¿Dónde se había visto eso? Mis padres eran una pareja corriente, un hombre y una mujer, los padres de mis amigos también, cualquier familia que veía a mi alrededor se componía de un matrimonio formado por hombre y mujer... En televisión tampoco veía nada. Ningún ejemplo que me hiciera creer que yo era una niña normal y, como no lo había, nunca pude sentirme así. Debía ser un caso raro... Una niña que al despertar se miraría en el espejo viéndose como lo que en realidad era: un niño. Me gustaba jugar al fútbol, me divertía con los juguetes de mi hermano mayor, me gustaban las niñas, era bruta y nada femenina, odiaba los vestidos y las Barbies... ¡Coño! ¡Era un niño! Porque a las niñas les gustaban otras cosas, ¿no?
Tuvo que pasar un tiempo hasta que descubrí que existía la palabra "lesbiana", un tiempo en el que nunca pude ser completamente feliz. Yo guardaba para mí todas esas dudas porque sentía que algo no estaba haciendo bien. La religión se topó conmigo justo en esa edad en la que más manipulables son nuestras cabezas. Ahora tengo claras muchas cosas respecto a eso y me duele ver que nuestros padres no son capaces de verlo. La religión es un cáncer para esta sociedad. Algo que te llena de miedos o que refuerza los que ya sientes. Recuerdo ese momento en el que tuve que confesarme para poder tomar la comunión. Nos avisaron con tiempo para que hiciéramos un repaso de todos nuestros pecados y así no olvidarnos de ninguno. Le estuve dando muchas vueltas, puesto que no sabía si tenía que contarle a ese señor que me gustaban las niñas y, lo que era más duro de explicar, que me sentía tremendamente triste por ello. Durante la catequesis nos habían hecho creer que si tomabas la comunión sin haberte confesado estarías cometiendo un pecado mortal. ¿Qué clase de educación es esa? La educación del acojone. No tiene otro nombre... Llegó el momento. El día de confesar los pecados de una niña de ocho años. ¿Qué pecados se cometen a esa edad? Por favor... Evidentemente, me callé. Fui incapaz de contarle mi secreto, por mucho que me torturara la idea de que algo horrible me iba a pasar si no lo hacía. Y así, con el miedo en el cuerpo, comulgué. Me comí la hostia consagrada vestida de blanco, con una diadema de princesa en la cabeza y delante de decenas de personas que sonreían al ver a sus hijos, sobrinos y nietos cumpliendo con lo establecido. Ese día me convertí en una pecadora que no fue capaz de confesar su mayor pecado. Y desde entonces espero mi castigo, para cuando quiera llegar. En fin...
Supongo que hay cosas que están cambiando, puesto que mi experiencia, con 30 años, y la de un joven de 15 o 16, guardará similitudes pero también grandes diferencias. Hoy en día la homosexualidad es mucho más visible para un niño, cosa que no pasaba cuando yo era pequeña. Ahora enciendes la televisión y te encuentras con una serie en la que aparece algún protagonista gay, o con un programa de éxito presentado por alguien que se declara abiertamente homosexual. Muy poca gente tiene prejuicios a la hora de disfrutar de esos "personajes". Caen bien, son divertidos, muchas veces guapos, buenos profesionales... Pero qué diferente es verlo por televisión a tener que aceptarlo dentro de tu círculo familiar. Y ahí es donde radica todavía el problema. "¿Por qué me ha tocado a mí? ¿Por qué en mi familia?"
Mamá y papá, ¿y por qué no? ¿Acaso creéis que elegimos ser así? ¿Pensáis que nos gusta sentirnos diferentes al resto durante tantos años? Muchas veces incluso aún siendo niños... No elegimos sentirnos discriminados, juzgados, observados, humillados... Es muy duro el proceso de aceptación, ese camino que recorremos desde que nos damos cuenta de lo que somos hasta el momento en el que decidimos serlo. Porque yo siempre he sido lesbiana, por mucho que fingiera ser heterosexual. Siempre lo he sabido y nunca conseguí quitármelo de la cabeza. Por fin lo asumí y ahora quiero que lo asumáis vosotros. Y no tiene que ser tan difícil... No digáis que no lo aceptáis ahora que soy yo la que me acepto. No me tiréis más mierda encima. Sentid un poco de empatía y apoyadme... Al fin y al cabo eso es querer a alguien.
No es momento para la ambigüedad ni para disfrazar las relaciones según les convenga a otros. No me gusta que hablen de mí y no definan lo que soy. Porque en esta sociedad, si no te defines te definen los demás, y si no dices que eres lesbiana todo el mundo dará por hecho que eres heterosexual. Y si no dices que estás casada con la chica que te acompaña, todos creerán que solo es tu amiga. Y si dices que estás casada pero nadie te acompaña en ese momento, entonces preguntarán por tu marido...
No es momento de decir que solo somos personas que amamos a otras personas. Eso lo seremos cuando nadie se pregunte qué somos o cuando nadie se emocione o se escandalice si una presentadora de televisión sale del armario en directo.
No es momento para seguir educando en el miedo, en lo que está bien o está mal, en lo que es "normal" y lo que no. En los estereotipos y los juguetes para niños o niñas, en la vergüenza de sentirse atraído por alguien tan igual a ti.
Hoy agradezco que aquella amiga siempre fuera clara conmigo, preguntándome sin tapujos por mi orientación sexual. También a ese camarero... Supuso un punto de inflexión a la hora de dar el paso definitivo para aceptarme y definirme frente a todos. Yo soy lesbiana, no tengo ningún pudor en reconocerlo, pero deseo que llegue el día en el que de verdad no haga falta ponerle nombre a mis sentimientos. Lamentablemente ese día aún no ha llegado, el día en el que perteneceré a ese colectivo de personas que aman a otras personas.
Espero que esta entrada le sirva de ayuda a alguien. Un abrazo,
Ana @GreenNavas