martes, 30 de diciembre de 2014

Personas que aman a otras personas.

- Reconócelo, eres lesbiana.
- ¿Cuántas veces he de decirte que no? Eres un poco pesada.
Seguí hablando con mi amiga, ignorando su enésima pregunta sobre el tema, hasta que el camarero del cibercafé me interrumpió. 
- ¿Qué tal? ¿Necesitas algo más?
- No, gracias.
En vez de marcharse, el chico siguió mirándome y me volvió a preguntar algo.
- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Sí... - Supuse que sí.
- Tú entiendes, ¿verdad?
Joder...

Parecía ser que el mundo entero se había propuesto sacarme del armario, pero el momento de hacerlo debía decidirlo yo... Aunque claro, no sería la primera vez, porque en realidad ya lo había hecho hace algún tiempo...

Supongo que las confesiones que se hacen de niña o adolescente no cuentan en todo esto, porque si no recuerdo mal, no fui yo la única que admitió haberse sentido atraída por una chica cuando apenas tenía 13 años. En una de tantas conversaciones entre amigas, un día saqué ese tema, como quien no quiere la cosa... "¿Os habéis sentido atraídas por una chica alguna vez?". Realmente, no sé qué se me pasó por la cabeza en ese momento o cuál era la respuesta que quería escuchar, pero todas contestaron lo mismo: sí. ¿Entonces? Yo en aquella época todavía tenía dudas y no sabía si lo que me pasaba era "normal", así que escuchar eso me tranquilizó bastante. "Ah vale, les ha pasado a todas... Qué alivio". Supuse que a todo el mundo, en algún momento, se le había pasado por la cabeza lo que día tras días me preguntaba yo: ¿Seré homosexual?

Muchas de las preguntas que nos hacemos a lo largo de nuestra vida necesitan un tiempo para ser procesadas, ya que la respuesta que encontramos a ellas no termina de convencernos o no es la que queremos o necesitamos escuchar... Casi siempre preguntamos con la cabeza y buscamos la respuesta en el mismo sitio, cuando deberíamos de buscarla un poquito más abajo. Es una especie de lucha entre lo que queremos ser y lo que en realidad somos. Mi pregunta siempre fue la misma desde que tengo uso de razón. Al principio la palabra "homosexual" no entraba en mi vocabulario, puesto que nunca había oído hablar de eso. La homosexualidad jamás se trató con naturalidad en mi entorno y yo ni siquiera sabía qué me pasaba... Simplemente era una niña que se fijaba en otras niñas. ¿Dónde se había visto eso? Mis padres eran una pareja corriente, un hombre y una mujer, los padres de mis amigos también, cualquier familia que veía a mi alrededor se componía de un matrimonio formado por hombre y mujer... En televisión tampoco veía nada. Ningún ejemplo que me hiciera creer que yo era una niña normal y, como no lo había, nunca pude sentirme así. Debía ser un caso raro... Una niña que al despertar se miraría en el espejo viéndose como lo que en realidad era: un niño. Me gustaba jugar al fútbol, me divertía con los juguetes de mi hermano mayor, me gustaban las niñas, era bruta y nada femenina, odiaba los vestidos y las Barbies... ¡Coño! ¡Era un niño! Porque a las niñas les gustaban otras cosas, ¿no?

Tuvo que pasar un tiempo hasta que descubrí que existía la palabra "lesbiana", un tiempo en el que nunca pude ser completamente feliz. Yo guardaba para mí todas esas dudas porque sentía que algo no estaba haciendo bien. La religión se topó conmigo justo en esa edad en la que más manipulables son nuestras cabezas. Ahora tengo claras muchas cosas respecto a eso y me duele ver que nuestros padres no son capaces de verlo. La religión es un cáncer para esta sociedad. Algo que te llena de miedos o que refuerza los que ya sientes. Recuerdo ese momento en el que tuve que confesarme para poder tomar la comunión. Nos avisaron con tiempo para que hiciéramos un repaso de todos nuestros pecados y así no olvidarnos de ninguno. Le estuve dando muchas vueltas, puesto que no sabía si tenía que contarle a ese señor que me gustaban las niñas y, lo que era más duro de explicar, que me sentía tremendamente triste por ello. Durante la catequesis nos habían hecho creer que si tomabas la comunión sin haberte confesado estarías cometiendo un pecado mortal. ¿Qué clase de educación es esa? La educación del acojone. No tiene otro nombre... Llegó el momento. El día de confesar los pecados de una niña de ocho años. ¿Qué pecados se cometen a esa edad? Por favor... Evidentemente, me callé. Fui incapaz de contarle mi secreto, por mucho que me torturara la idea de que algo horrible me iba a pasar si no lo hacía. Y así, con el miedo en el cuerpo, comulgué. Me comí la hostia consagrada vestida de blanco, con una diadema de princesa en la cabeza y delante de decenas de personas que sonreían al ver a sus hijos, sobrinos y nietos cumpliendo con lo establecido. Ese día me convertí en una pecadora que no fue capaz de confesar su mayor pecado. Y desde entonces espero mi castigo, para cuando quiera llegar. En fin...

Supongo que hay cosas que están cambiando, puesto que mi experiencia, con 30 años, y la de un joven de 15 o 16, guardará similitudes pero también grandes diferencias. Hoy en día la homosexualidad es mucho más visible para un niño, cosa que no pasaba cuando yo era pequeña. Ahora enciendes la televisión y te encuentras con una serie en la que aparece algún protagonista gay, o con un programa de éxito presentado por alguien que se declara abiertamente homosexual. Muy poca gente tiene prejuicios a la hora de disfrutar de esos "personajes". Caen bien, son divertidos, muchas veces guapos, buenos profesionales... Pero qué diferente es verlo por televisión a tener que aceptarlo dentro de tu círculo familiar. Y ahí es donde radica todavía el problema. "¿Por qué me ha tocado a mí? ¿Por qué en mi familia?"

Mamá y papá, ¿y por qué no? ¿Acaso creéis que elegimos ser así? ¿Pensáis que nos gusta sentirnos diferentes al resto durante tantos años? Muchas veces incluso aún siendo niños... No elegimos sentirnos discriminados, juzgados, observados, humillados... Es muy duro el proceso de aceptación, ese camino que recorremos desde que nos damos cuenta de lo que somos hasta el momento en el que decidimos serlo. Porque yo siempre he sido lesbiana, por mucho que fingiera ser heterosexual. Siempre lo he sabido y nunca conseguí quitármelo de la cabeza. Por fin lo asumí y ahora quiero que lo asumáis vosotros. Y no tiene que ser tan difícil... No digáis que no lo aceptáis ahora que soy yo la que me acepto. No me tiréis más mierda encima. Sentid un poco de empatía y apoyadme... Al fin y al cabo eso es querer a alguien.


No es momento para la ambigüedad ni para disfrazar las relaciones según les convenga a otros. No me gusta que hablen de mí y no definan lo que soy. Porque en esta sociedad, si no te defines te definen los demás, y si no dices que eres lesbiana todo el mundo dará por hecho que eres heterosexual. Y si no dices que estás casada con la chica que te acompaña, todos creerán que solo es tu amiga. Y si dices que estás casada pero nadie te acompaña en ese momento, entonces preguntarán por tu marido... 

No es momento de decir que solo somos personas que amamos a otras personas. Eso lo seremos cuando nadie se pregunte qué somos o cuando nadie se emocione o se escandalice si una presentadora de televisión sale del armario en directo.

No es momento para seguir educando en el miedo, en lo que está bien o está mal, en lo que es "normal" y lo que no. En los estereotipos y los juguetes para niños o niñas, en la vergüenza de sentirse atraído por alguien tan igual a ti.

Hoy agradezco que aquella amiga siempre fuera clara conmigo, preguntándome sin tapujos por mi orientación sexual. También a ese camarero... Supuso un punto de inflexión a la hora de dar el paso definitivo para aceptarme y definirme frente a todos. Yo soy lesbiana, no tengo ningún pudor en reconocerlo, pero deseo que llegue el día en el que de verdad no haga falta ponerle nombre a mis sentimientos. Lamentablemente ese día aún no ha llegado, el día en el que perteneceré a ese colectivo de personas que aman a otras personas.

Espero que esta entrada le sirva de ayuda a alguien. Un abrazo,

Ana @GreenNavas

miércoles, 15 de octubre de 2014

Zoos: cárceles para animales.

Seguramente todos nosotros hayamos ido alguna vez a un parque zoológico. Cuando éramos pequeños era una de las excursiones más esperadas y, al mismo tiempo, una de las más recurridas por los colegios. Poder ver a todos esos animales salvajes de cerca, que de otra manera sería prácticamente imposible conocer, nos llenaba de ilusión. Nos emocionaba la idea de poder acariciar un delfín, hacernos una foto junto a un enorme elefante o dar de comer a una preciosa jirafa. "Disfrutar de una experiencia inolvidable" es casi siempre el reclamo de estos parques. "Pasar un día agradable y divertido en un entorno natural" es la gran mentira.

Hoy en día ya no hace falta esperar esas excursiones, puesto que la oferta es muy amplia en este sentido y existen muchos parques zoológicos relativamente cerca de todos nosotros. Los zoos se han convertido en visita casi obligatoria si viajas a determinados destinos. Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla... Todas las grandes ciudades los incorporan en sus folletos turísticos. Algunas incluso poseen más de uno, porque no nos olvidemos de que los zoos no solo son esos parques donde vemos a mamíferos encerrados en jaulas, también lo son los acuarios, los delfinarios, los safaris y los parques de nueva generación, donde los animales viven en escenarios de cartón piedra que simulan sus propios hábitats, con la diferencia de que sus "largos" paseos por la "sabana" se reducen a lo que puedan albergar las paredes de cristal que sirven como límites.

A simple vista puede que no cause la misma impresión ver a un chimpancé entre rejas que verlo en un foso construido con piedras artificiales y rodeado de otros congéneres, pero la realidad es que los animales sufren el encierro y el cautiverio de cualquiera de las maneras. El nombre que adoptan estos espacios es lo de menos, puesto que la realidad que allí viven es la misma. Una frase lo resume todo: "No queremos jaulas más grandes. Queremos jaulas vacías."


Los parques zoológicos juegan con la ilusión de grandes y pequeños, y esa ilusión casi siempre es más grande que la de nuestra conciencia. Si aún no te has parado a pensar lo que supone la cautividad para los animales, quizás ahora sea el momento. Es responsabilidad nuestra conocer qué hay detrás de lo que, en principio, parece un escenario idílico: unas macro residencias para animales donde estos viven con todo lujo de comodidades y donde se les proporciona agua, comida y cuidados. Y todo ello para que los humanos podamos disfrutar, divertirnos y conocerlos, llevándonos un bonito recuerdo a casa en forma de fotografía... Pero, ¿de verdad crees que los animales son felices allí dentro? Yo también lo creía... O mejor, ni lo pensaba, porque de haberlo hecho estoy segura de que no hubiera pisado uno en mi vida. Si me lo permitís, me gustaría explicaros en qué consisten estos recintos ahora que, por fin, he abierto los ojos.

"Los zoos son recintos completamente opresivos donde los animales sufren una privación de su libertad, enjaulados de por vida y sin posibilidad de desarrollarse con normalidad según sus necesidades."

Es lógico pensar que a nadie le gustaría ser capturado o criado en cautividad para ser expuesto delante de una multitud de personas cada día de su vida, pero aún así habrá gente que rebata esta afirmación, alegando que se hace para preservar ecosistemas y especies en peligro de extinción. Yo, desde mi humilde opinión, me pregunto... Si se hace por esta razón, ¿por qué no se crían únicamente esas especies en peligro? ¿Por qué una vez criados se trafica con ellos, vendiéndolos a otros zoológicos? ¿Por qué dentro de esos recintos se permiten los espectáculos con estos animales?

Muchas veces la utilización de animales para entretenimiento humano dentro de los zoos, como pueden ser las actuaciones de leones marinos, loros, delfines y elefantes, las sesiones fotográficas con algunas especies y la manipulación de serpientes, conlleva una privación de libertad aún mayor, además de prácticas de entrenamiento basadas en la dominación física y el miedo. ¿Esto también ayuda a preservar ecosistemas y especies en peligro de extinción? La respuesta está clara: no, pero es un atractivo añadido para los visitantes. Seguro que pocos se paran a pensar que detrás de estos espectáculos los animales viven aislados en recintos todavía más estrechos donde no son capaces de desarrollar sus movimientos y conductas naturales, provocando en ellos cuadros de estrés y desembocando en una frustración y una infelicidad absoluta.


Otra de las funciones de los zoos es la labor educativa, siendo una de las razones más escuchadas por aquellos que defienden estos recintos. "Los zoos acercan a los niños a la naturaleza y les enseñan a respetar a los animales, pudiendo conocer cómo son y cómo viven." Esta razón sería muy válida si fuera verdad, pero no lo es. Los niños nunca podrán conocer cómo viven los animales si se les muestra una imagen distorsionada de la realidad y si se les hace creer que su comportamiento en cautividad se asemeja al que podrían tener en su entorno natural... Si se quiere educar en el respeto, lo primero que se debe hacer es explicar que los animales no tienen por qué ser esclavizados y enjaulados de por vida para uso y disfrute del ser humano. Para ver y conocer animales siempre habrá otras alternativas: santuarios de animales, centros de recuperación de especies, espacios naturales, protectoras y refugios... Lugares donde los animales no son explotados, sino respetados.

Es necesario abrir los ojos y saber que lo que de verdad encontrarás en un zoo es apatía, animales refugiados en recintos pequeños y perjudiciales para su desarrollo natural, falta de privacidad, alimentación deficiente, monotonía, enfrentamientos agresivos por falta de espacio, instintos naturales de los animales anulados, cadenas que los atan al suelo, cría de animales que nunca serán expuestos utilizados para otros fines (publicidad, películas, etc.), cría de animales para su venta, conductas estereotipadas que demuestran que algo no marcha como debería (movimientos repetitivos, animales aseándose excesivamente y arrancándose el pelo o el plumaje, animales frotando sus cuernos contra las paredes de sus jaulas, otros lanzando objetos contra los cristales, etc.), conductas agresivas hacia los visitantes, escenarios irreales, sometimiento, humillación, cientos de animales inocentes privados de libertad... Y esa es la única realidad, una realidad donde los animales se encuentran encerrados y lejos de sus hábitats naturales, por mucho que vivan en recintos que intentan imitarlos, muchas veces con dibujos que se burlan de su falta de libertad...


Si realmente te importan los animales no acudas a ningún zoo, acuario, safari o, en definitiva, a ningún espectáculo donde sean utilizados y explotados en nuestro beneficio. Los animales son individuos que merecen vivir su vida en libertad y no en entornos tremendamente humanizados y masificados. Es nuestra responsabilidad apostar y creer que un mundo más justo para ellos es posible. Recuerda que lo que cuesta tu entrada a ellos les costó su libertad.

¡Hasta la próxima! #LiberaciónAnimal #StopEspecismo

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Crónica de un baile. Lo nuevo de Vanesa Martín.

Septiembre llegó como llega siempre, dejando atrás las vacaciones de verano y preparándonos para la vuelta a la rutina... Una rutina que, esta vez, tenía algo de especial. Nuevas melodías y letras cargadas de intención. Algo que esperábamos con muchas ganas.

Hace más de dos años cayó entre mis manos "Cuestión de piel", cuando yo todavía no estaba enamorada (musicalmente hablando) de Vanesa Martín. Aún recuerdo la primera vez que lo escuché...


"Algo pasará, de eso no cabe duda, y se sentó a mirar las caras de la luna. 
Pisa fuerte y se va haciendo un hueco, no sé definirlo, ni si llega a tiempo..."

Fui desgranando ese álbum y, sorprendentemente, me gustó desde la primera escucha, algo que muy pocas veces me había pasado. Todas y cada una de sus canciones me decía algo, transportándome a alguna de mis propias vivencias. "La piel", "No te pude retener", "Arráncame", "Libres", "Ey"... Canciones que se convirtieron en desahogos personales y en lecciones con las cuales aprendí. Vanesa Martín dejó de ser esa cantautora a la que escuchaba de vez en cuando para convertirse en parte fundamental de la banda sonora de mi vida. No tardé en querer conocer su directo, momento en el cual me rendí completamente a ella, preguntándome por qué su música no tenía más trascendencia mediática... Y es que la calidad no se mide en cifras, y no todo lo que "vende" la tiene. Ella, sin embargo, tiene algo de lo que no todos (ni mucho menos) pueden presumir: su música irradia verdad y su talento a la hora de componer hace que sus canciones te arañen el alma.

Hoy, casi dos años y medio después, y tras cuatro conciertos, cientos de reproducciones de todos sus discos, una guitarra firmada por ella y una admiración que crece día tras día, Vanesa Martín vuelve a sorprenderme con un nuevo disco, "Crónica de un baile", regalándome un septiembre diferente y allanándome el camino hacia un otoño en el que volveré a disfrutar de su magia en directo.

Sinceramente, no me atrevo a analizar una por una las canciones de este disco, como ya he hecho en otras ocasiones. Ella misma dice que sus temas nos tienen que hacer reflexionar y llevárnoslos a nuestro propio terreno, y eso es lo que yo hago, supongo que al igual que todos vosotros. Metáforas, dobles sentidos, poesía encerrada entre líneas perfectamente medidas... Su talento se palpa en cada frase. Sumerjámonos en sus letras, sintiéndolas y sintiéndola a ella, porque su manera de componer y de cantar está al alcance de muy pocos... Gracias, Vanesa Martín, por esta nueva joya hecha música.


"A veces me encuentro contigo cuando no te espero, tras la sorpresa me toca pensarte...
Érase una vez este maldito cuento.
Aún sigo creyendo en el polvo de las mariposas, no quiero unas alas que vengan ya rotas..."
(Polvo de mariposas)


Para algunos esta será la canción de "Crónica de un baile", y no porque haya sido el single de presentación, sino porque fue la canción escogida por Vanesa para adelantar su nuevo disco allá por el mes de enero, durante sus conciertos de fin de gira de su anterior trabajo. "Polvo de mariposas" sonaba espectacular en directo, mágica. Una canción que consiguió emocionar a quienes tuvieron la oportunidad y la suerte de escucharla antes que nadie, y que demostró que el nuevo disco estaría a la altura de "Cuestión de piel". Porque si hay algo que muchos pensábamos es que su tercer disco de estudio era prácticamente insuperable, un disco de esos que no te cansas de escuchar, que siempre te sorprende con algo nuevo cuando ya crees que lo tienes "más que escuchado". Yo, sinceramente, tenía mis dudas... No sabía si Vanesa podría superarse o incluso reinventarse, pero después de dos días escuchando "Crónica de un baile" a todas horas, puedo decir que lo ha vuelto a hacer...


"Sentí como la fuerza del agua arrancó mis verdades... Me enfrentaba a un olvido descalza, sintiéndome nadie. Hoy no, aléjate, no sigas, que me rompes cada vez que me acaricias, mi amor... 
Dejemos que el silencio nos destroce poco a poco, que mañana al despertar ya estemos locos..."
(Hoy no)

"Crónica de un baile" es un disco que mezcla canciones de amor, en el más estricto sentido de la palabra, románticas y tiernas, con canciones que tratan el desamor y las relaciones abocadas al fracaso de un modo un tanto alejado a lo que nos ofrecen otras canciones de este estilo. En ellas, Vanesa no habla de corazones rotos, de lágrimas derramadas ni del hecho de "seguir adelante" con el dolor que eso supone. Sus letras y sus sentimientos, cuando se trata de cantarle a las historias de amor que vivió, se centran más en lo físico que en el amor en sí, como sentimiento que todos reconocemos, y todo eso sin ser nada superficial... ¿Y cómo lo hace? Sencillamente, mostrando que la atracción sexual tira mucho y que no solo se trata de sentir "bonito" y de ser románticos, que cuando amamos a alguien lo amamos con la mente y con el cuerpo. Yo veo a una Vanesa visceral y pasional, capaz de dejarse llevar por sus instintos sin importarle lo que venga después..., excepto cuando el empeño por continuar con una relación que le hace mal, termina matándola.

"Frente al desafío de tu cuerpo, frente al remolino del deseo... 
Yo me pido vida, yo me pido vida para salir de ti...
Frente al desafío de tu cuerpo, frente al remolino del deseo...
Yo me pido vida, yo me pido vida para poder seguir"
(Yo me pido vida)


Teniendo en cuenta lo complejo que resulta expresar sentimientos, ya sea a través de la música o de cualquier otra forma, se agradece que una artista se abra de esta manera ante su público, contándonos y cantándonos sus propias experiencias y dejando ver cómo es ella en el amor, ese que a todos nos llega tarde o temprano. Consiguiendo que nos veamos reflejados en sus letras, sonriendo al recordar cómo comenzó algo o cómo está comenzando. Haciéndonos pensar en alguien que nos desarma con solo tocarnos...

"Me sabe a poco porque llené de garabatos la libreta de hacer el loco, y me he ganado el doctorado en aprenderte..., lo noto. Tú no me vences cuando me vas a pasar.
Porque casi te toco, y tú a lo tuyo y yo a lo mío y si alguien habla nos hacemos los sordos, que de tirones a mi camiseta sabes un poco... Cómo me gusta que te acerques sin pensar.
Cierro los ojos imaginándote en mi cuerpo, sabes quedarte en mí, ya me escapé contigo...
Me llevas lejos, haces que pierda la cabeza y luego una vez más me tiras el discurso al suelo"
(Casi te rozo)

Vanesa Martín sabe cómo tocarnos la fibra sensible. Nos emociona con su poesía y con esa manera de acariciar sus letras, cálida y limpia y sin tener, lo que se dice, un portento de voz. No le hacen falta muchos artificios para brillar. 

Es imposible describir por completo "Crónica de un baile" sin pararme en cada canción, ya que cada una es diferente a la anterior, y eso me llevaría a enredarme de un modo del que no sabría salir. ¿Qué más puedo decir sobre sus canciones? "Frenar enero" y las sonrisas que nos saca cada vez que suena; "Respirar de ti" y su letra pícara y atrevida; "Tiempo de espera", dedicada a esos seguidores que esperamos por ella lo que haga falta porque sabemos que merece la pena lo que está por llegar; "Ni tú ni yo", una canción que preveo que en directo va a ser espectacular... Si ya lo tienes entre tus manos solo siéntate, sube el volumen, cierra los ojos y déjate llevar por sus canciones... Si no, no sé a qué esperas.

Si queréis una recomendación, mi canción favorita es "Hablas", un bolero de los de siempre pero con ese toque que solo Vanesa puede darle. Una canción que duele, que hace "pupita", como ella misma dijo. Sencillamente, LA CANCIÓN de este disco.



Enamoraos de ella o volved a hacerlo si ya lo estáis... Pero, si la habéis escuchado y no habéis caído en su red, yo sigo "Sin saber por qué" ;)

sábado, 19 de abril de 2014

Young innocence (IX). Camino revolucionario.

- ¿De dónde eres, Ainhoa? - Le preguntó Samuel.
- De Santiago. - Contestó con una sonrisa orgullosa.

Eso es lo único que sabía hasta ese momento. Recordé perfectamente cómo le contestó a Samuel cuando él le preguntó. Yo, en cambio, aún no había sido capaz de preguntarle nada más, y no porque no quisiera saber, sino porque me daba la sensación de que Ainhoa no quería hablarme de ello... Más que una sensación era una realidad.
- Nunca hubiera pensando que eras gallega. - Murmuré al ver que Ainhoa seguía callada.
- ¿Por qué?
- Bueno, por tu acento... Más bien por tu falta de acento.
- ¿Imperceptible, verdad? He pasado mucho tiempo fuera de casa. - Cerró los ojos y de nuevo se esfumó su sonrisa.
- ¿Lo echas de menos?
- ¿Mi acento? 
- Bueno, tu acento también. - Sonreí tímidamente. 
- Cuando vuelvo y estoy allí unos días enseguida se me vuelve a pegar. Ya tendrás tiempo de escucharme "falando en galego".
- Me refiero a que si echas de menos tu tierra. - Insistí de nuevo.
- No mucho... - Contestó desganada.
Ainhoa parecía no querer contarme nada que no tuviera que ver con su presente, así que fingí darme por vencida. Me dejé caer sobre su hombro, la abracé y hundí mi cara en ella.
- Cuanto más secreto es algo, más apetece conocerlo.
- Ay, Laura... - Susurró. - He estado en la cárcel. Allí me saqué la carrera de filología... Hace menos de un año que salí, justo cuando el programa de reinserción me consiguió el trabajo en la universidad.
Me levanté de golpe y me quedé mirándola, atónita y con los ojos como platos.
- Jajaja, qué tonta. - Comenzó a reír como una loca.
- ¡No tiene gracia! Qué susto me has dado, joder.
Ainhoa continuó riéndose, mientras movía la cabeza de lado a lado y me pedía calma con las manos. 
- Perdón, perdón. Ha sido lo primero que se me ha ocurrido.
Yo también comencé a reír, imaginando la cara que debía haber puesto al escucharla. La verdad es que era todo muy estúpido... Su risa provocó la mía y la mía hizo que ella riera con más fuerza. Incluso se le saltaban las lágrimas.
- Ya, deja de reírte. - Le pedí de manera poco convincente.
- No puedo.
- Idiota... ¿Vas a contarme algo interesante o me voy? - Intenté parecer indignada, pero en realidad me hacía gracia cómo Ainhoa se cachondeaba de mí. 
- Vale, te cuento lo que quieras saber... - Resopló con fuerza y se acomodó sobre la cama. - ¿Por dónde empiezo?
- Por Santiago de Compostela...

Supongo que las personas vivimos momentos que nos marcan para siempre cuando aún somos niños. Experiencias que nos hacen ser de una manera u otra, que nos enseñan cómo es la vida y nos previenen para el futuro. Hay personas que quieren aprender de esas experiencias y otras que se empeñan en tropezar una y otra vez con la misma piedra...

Ainhoa no vivió una infancia precisamente idílica, como debería ser la infancia de cualquier niño. Peleas en casa, un padre que apenas ejercía como tal, una madre más preocupada por ella que por sus hijos y el peso de una casa y un hermano pequeño a sus espaldas. Creció rápido y vivió poco. Se podría decir que maduró a base de golpes... Todos esos momentos fueron los que sirvieron para definir a la Ainhoa adulta, la que se prometió a sí misma no cometer los mismos errores que su madre.

La familia de Ainhoa vivía en Santiago cuando ella nació. Su madre trabajaba en el negocio familiar, una mercería que tenía el abuelo de Ainhoa, y su padre estaba pendiente de conseguir un nuevo empleo como vigilante en el puerto de Vigo. Llevaban poco tiempo casados, pero se conocían desde niños. Apenas tenían 13 años cuando comenzaron a salir. El padre de Ainhoa era muy tradicional, demasiado quizás, y nunca vio bien que su mujer trabajara, pero como se trataba de un negocio familiar procuraba no poner muchas pegas... 

- ¿Tu padre no trabajaba?
- Sí, en la cafetería de un hotel, pero no ganaba mucho dinero. En cuanto le salió lo de Vigo lo dejó. Tendría yo seis o siete meses...
- ¿Y Vigo no está un poco lejos de Santiago? ¿Cómo lo hicisteis? - Mi curiosidad iba un paso por delante de lo que Ainhoa me contaba.
- Tiene mala combinación, se tarda un poco en llegar.
- Bueno, pero si era un trabajo mejor...
- Mi padre se fue a Vigo y mi madre y yo nos quedamos en Santiago. Él iba y venía en cuanto podía. Al principio no teníamos ninguna intención de mudarnos, pero finalmente nosotras también nos fuimos con él.

La estancia en Vigo se alargó más de lo previsto y su padre empezó a notar que las necesitaba a su lado, o al menos esa fue la excusa que utilizó para intentar convencer a su mujer de que lo ideal era que se fueran con él. Quería ver crecer a su hija y no tener que estar buscando días libres para viajar a Santiago de visita. La madre de Ainhoa nunca lo tuvo claro, pero finalmente cedió, dejó su trabajo en la mercería y, antes de que Ainhoa cumpliera tres años, se marchó con ella a Vigo para así vivir allí como una familia normal.

- ¿Entonces qué recuerdos tienes de Santiago? Te fuiste siendo tan pequeña...
- Comidas familiares, celebraciones... la Navidad. - Ainhoa sonrió con ternura. - Todo eso lo viví allí.
- ¿Ya no volvisteis?
- No, solo volvíamos en vacaciones, y no siempre.
- Lo bueno que tiene Vigo son sus playas...
- Era la única ventaja que yo veía. - Señaló pensativa.

El padre de Ainhoa estuvo viviendo solo casi tres años, tiempo más que suficiente para adoptar feas conductas que no fue capaz de abandonar una vez que su mujer y su hija se marcharon con él. "Feas conductas", así fue como Ainhoa definió lo que hacía su padre en cuanto salía del trabajo... Según él, pasaba demasiado tiempo solo y tenía que entretenerse con algo. Estar dentro de casa hacía que se le cayeran las paredes encima. Necesitaba evadirse, salir, conocer gente... y fue eso lo que provocó que comenzara a frecuentar un bar cercano, del que pronto se convirtió en cliente fijo. Al principio solo iba para pasar el rato, se tomaba un par de copas y se volvía a casa, pero al final terminó por convertirse en su perdición.

- ¿Qué pasó? - Pregunté.
En ese momento supe que Ainhoa iba a guardarse algo para sí misma. Frunció los labios y dejó pasar unos segundos hasta que comenzó a hablar de nuevo. Parecía estar eligiendo las palabras adecuadas.
- Mi padre perdió la razón. No sé llamarlo de otra manera. - Hizo una pausa. - Y mi madre con él... Cuando nos fuimos a Vigo ella dejó de trabajar, como siempre había querido mi padre. Se dedicó a criarme, a estar en casa, a cuidar de él... ¿Y así se lo pagó? - Ainhoa sacudió la cabeza. Daba igual que fuera su propia historia y que la conociera a la perfección. Se mostraba incrédula de todos modos. - Mi madre se quedó embarazada cuando yo tenía cuatro años, supongo que en un intento por volver a amarrar a su marido junto a ella. Dándole otro hijo tal vez lo conseguiría, pero la realidad es que lo que consiguió fue más bien lo contrario.
Yo no sabía qué decir... Ainhoa me miró y sentí que ella tampoco quería que le dijera nada. Dejé que siguiera contándome hasta donde quisiera.
- Mi padre conoció a otra mujer y mi madre lo sabía... Lo supo siempre y nunca hizo nada. Le daba absolutamente igual.
- Joder... - Murmuré para mí.
- Nunca hizo nada. - Volvió a repetir. - Esos momentos ya los recuerdo... Cuando llegaba a casa borracho, cómo pasaba por nuestro lado sin apenas hacernos caso. 
- ¿Pero qué fue lo que le hizo cambiar? - Le pregunté sin salir de mi asombro.
- A lo mejor es que mi padre nunca fue verdaderamente él. No sé...
- Y tu madre...
- Mi madre fue una completa idiota. En vez de regresar a Santiago con su familia, pudiendo volver a la mercería... ¡Quería darle una segunda oportunidad a su marido! ¡Al padre de sus hijos! ¿Pero qué hijos? Adrián no se acuerda ni de su cara... 
- ¿Qué pasó con él? - Yo me temía lo peor.
- Mi padre se largó cuando yo aún no había cumplido diez años. Dejó su trabajo, nos dejó sin dinero y se fue. Ni siquiera se despidió de nosotros, de Adrián y de mí, pero fíjate que lo prefiero así. 
- ¿Y de tu madre? Debió ser duro para ella... 
- Para ella sí... pero para mí, ¿en qué cambiaba mi vida? Yo ahí ya había vivido muchas cosas. Mi padre no aparecía por casa, mi madre dormía sola noche tras noche y, cuando estaban juntos, era una discusión constante. Gritos, gritos y más gritos. Ella nunca supo parar aquello, así que cuando mi padre se fue respiré aliviada en cierto modo. 
- Ya, entiendo... 
- Yo nunca tuve un padre. Así lo siento. 
- Joder, yo con diez años no me enteraba de nada, y tú...
- Con diez años nadie se debería enterar de estas cosas. 

Ainhoa nunca se sintió ajena a lo que pasaba en su casa, era perfectamente consciente de todo lo que sucedía a su alrededor. Cuando no entendía algo le preguntaba a su madre, y cuando ella no se lo quería contar recurría a sus abuelos. Se me hacía injusto imaginarla tan pequeña soportando todo aquello... La observé un instante antes de que siguiera contándome. Miraba de reojo hacia su izquierda, apartando sus ojos de mí. ¿Qué le estaría pasando en ese momento por la cabeza?

- No hace falta que me cuentes nada más si no quieres... - Le dije sacándola de sus pensamientos.
- No, si estoy bien. - Musitó. - Nos quedamos en Vigo a pesar de la insistencia de mis abuelos por volvernos a Santiago. A mi madre le avergonzaba el haber sido abandonada por su marido. No quería tener que estar dando explicaciones.
- Dar explicaciones no es nada agradable, y la gente tiende a culpar a quien menos culpa tiene.
- Bueno, mi madre tuvo su parte de culpa en todo eso, pero no para sentirse avergonzada de esa manera. - Se encogió de hombros. 
- Ya...
- No saber parar una situación puede hacerte entrar en una espiral peligrosa de la que luego cuesta salir. Acostumbrarte a algo, conformarte con lo que tienes... Yo he aprendido mucho de todo eso. - Su mirada se perdió por la habitación. - ¿De qué nos sirve vivir una situación así si no aprendemos de ella?
- Tú aprendiste. 
- Pero mi madre no. - Intentó ocultar su indignación. - Al poco tiempo conoció a su actual pareja... - Dudó por un momento. - Bueno, al menos hasta donde yo sé.
- ¿Es que ya no tienes relación con ella? - La interrumpí.
- No. - Ainhoa fue tan concisa como fría en su respuesta.
- Perdona, sigue...
- Metió a ese hombre en casa y fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia. - Dijo un tanto irritada. - En aquella época preferí centrarme en los estudios, en leer... Ahí fue cuando descubrí a mi escritora favorita, Virginia Woolf. Me encerraba en mi habitación y no salía en toda la tarde. No quería encontrarme con ellos, con las miradas de indiferencia de mi madre... Le importaba una mierda lo que me pasara. Yo preocupándome por ella, haciéndole ver que tenía que poner orden en su vida, y ella tomándoselo como un ataque.
- ¿Y tu hermano? 
- Adrián era más inocente y, además, siempre intenté que no viera las cosas como las veía yo. Lo protegí un poco de todo eso. 
- ¿Pero el novio de tu madre...?
- El novio de mi madre era un gilipollas. - Entendí que quería pasar de puntillas por ese capítulo de su vida.

Ainhoa siguió contándome cómo era su vida familiar y su mundo dentro de casa. En ese momento no me quedó claro si fue una niña extrovertida o más bien tímida. Ni siquiera me habló de sus amistades... 

- Mi madre nunca quiso que yo siguiera estudiando. Si hubiera sido por ella ni siquiera hubiera entrado en el instituto... Me decía que tenía que aportar dinero en casa y que si estudiaba no tendría tiempo para trabajar. - Hizo una mueca con la boca en señal de desagrado. - No era ninguna sugerencia, era una imposición.
- ¿Y qué hiciste?
- Le dije que cuando cumpliera 16 años buscaría trabajo porque antes nadie querría contratarme... Así que a esa edad empecé a trabajar de camarera en una cafetería. Iba todas las tardes y llegaba a mi casa casi a medianoche. Lo odiaba con todas mis fuerzas... Pero bueno, era la única manera de tener "contenta" a mi madre y de poder seguir en el instituto.
- Joder, debiste tragar mucho... 
- Sí, ¿pero sabes qué? Supe sacarle el lado bueno a todo eso... A mi madre le daba una parte de mi sueldo y el resto lo ahorraba, y eso me sirvió para poder irme de casa en cuanto terminé C.O.U. - Ainhoa suspiró y por fin vi en su gesto un leve atisbo de felicidad. - No sabes cuánto lo necesitaba, Laura. 
La cogí de la mano y Ainhoa me dedicó una mirada llena de ternura.
- Me gusta conocer todo esto. Siento que estoy más cerca de ti.
- Y a mí me gusta tenerte tan cerca. Es extraño... - Entornó los ojos. - ...porque nunca me había pasado.
- ¿El qué?
- Nunca me ha resultado fácil contarle esto a nadie. Pero tu curiosidad, tus ganas por conocerme... - Su voz se quebró. - Tú consigues que sea fácil hablarte de todo. Cómo me escuchas, cómo preguntas cortándome porque quieres saber más, con la inocencia propia de alguien que no ha vivido nada parecido.
- ¿Estás llorando?
- ¿Qué voy a estar llorando? - Se frotó los ojos y rió tímidamente. - No me hagas cambiar el discurso, ¡eh!
- Qué tonta...
Ainhoa volvió a mirarme, esta vez recorriendo todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Después, una sonrisa divertida apareció en su rostro.
- Nunca le he contado mi infancia a nadie de esta manera.
- ¿Cómo? - Pregunté sin saber por dónde iba.
- Teniéndola desnuda en mi cama. - Y soltó una carcajada.
- Jajaja, no sé yo...
Ainhoa pasó su brazo por detrás de mí y me atrajo hacia ella, pidiéndome que la abrazara. Después, estiró de las sábanas y se acurrucó conmigo debajo de ellas. 
- Sigue contándome...

Ainhoa se matriculó en la Universidad de Vigo a espaldas de su madre. No quiso contarle cuáles eran sus planes porque sabía que ella no lo aceptaría y, aunque le daba igual lo que pudiera decirle, no quería tener más guerras absurdas antes de marcharse de casa. Durante los meses de verano comenzó a buscar piso y unos días antes de que comenzara el curso le dijo que se iba. Su madre montó en cólera, reprochándole su actitud. No era capaz de entender que su hija quisiera labrarse un futuro mejor. Lo único que le dolía a Ainhoa era alejarse, en cierto modo, de su hermano, pero sabía que él no lo iba a pasar tan mal... Para su madre siempre fue más fácil enfrentarse a ella.

Comenzó a estudiar Filología Inglesa, lo que siempre había querido, y se fue a vivir con tres chicas más a un piso de estudiantes. Fue liberador y reconfortante empezar esa nueva etapa. 

- ¿Seguías trabajando de camarera? - Ainhoa asintió con la cabeza. - Seguro que ya veías ese trabajo con buenos ojos. - Sonreí.
- Sí y, además, ganaba un poco más. - Admitió con orgullo. - Con mi sueldo podía pagar todos mis gastos y hasta me quedaba para concederme algún capricho y seguir ahorrando. Ahí descubrí lo gratificante que es trabajar para uno mismo... Hasta ese momento sentía que trabajaba para evadirme de todo lo que pasaba en casa, para quitarle la razón a mi madre. 
- Y para dártela a ti misma. - Señalé.
- Para que se callase y poder hacer lo que siempre había querido.
- Ya... - En ese momento recordé las discusiones que tenía con mis padres en relación a los estudios, cómo les daba siempre la razón para que me dejasen tranquila, pero a diferencia de Ainhoa yo lo hacía sin un objetivo claro puesto que seguía estudiando algo que detestaba.
- Cuando terminé la carrera me fui a Irlanda para perfeccionar el idioma. Pedí permiso en la cafetería, porque en principio me iba a quedar solo un año, pero la cosa se alargó un poquito... - Alzó las cejas y sonrió.
- ¿Un poquito? Jajaja.
- Al final me quedé casi cinco años. - Se tapó la cara con las manos y comenzó a negar con la cabeza. - Me encanta Dublín... ¡Adoro Dublín! ¡Quiero volver! - Comenzó a reír.
- Nunca he estado... Ya iremos juntas. - Dije mientras me apretaba contra ella.
- Sí, ya verás qué bonito... Pero tendrás que mejorar tu inglés.
- ¡Qué mala!
Ainhoa me guiñó un ojo y continuó contándome.

- En Irlanda fue donde conocí el movimiento feminista de cerca, yendo a muchas conferencias y preparando algunas junto a la asociación a la que pertenecía. Allí también conocí a Magda.
- Tu amiga Magda. - Puntualicé con sarcasmo. 
- Jajaja, no me lo puedo creer. Te sigues poniendo celosa.
- Sí. 
- Pero, ¿por qué? Si a mí Magda no me gusta nada... 
- ¡Eso espero! Jajaja. - Me reí para no parecer verdaderamente indignada.
- La conozco desde hace diez años, es como una hermana para mí. 
- ¿Y ella qué hacía en Irlanda? ¿También fue a perfeccionar el inglés?
- Sí, se estaba preparando el doctorado. Es profesora en la Universidad de Valencia, ¿lo sabías?
- ¿Ah, sí? - Me sorprendió que después de diez años hubieran coincidido en Valencia trabajando en el mismo sitio.
- Ella, en parte, me consiguió este trabajo. En cuanto salieron las plazas me avisó para que me presentara... y aquí estoy. 
- Conmigo en la cama. - Las dos comenzamos a reír.
Después nos quedamos en silencio durante unos minutos, disfrutando únicamente de nuestra compañía. Sentí que Ainhoa me había abierto su corazón y eso me hizo sentir plenamente feliz.
- Gracias por esta tarde tan maravillosa, Laura. - Susurró.
- No me las des... Aún tienes que seguir contándome cosas. Tenemos muchas tardes por delante, ¿verdad?
- Todas las que vengan.

Ainhoa se estaba desperezando justo cuando yo abría los ojos. Cogí mi móvil de la mesita para ver si mis padres me habían llamado. Nada. Ni siquiera un mensaje. Eran casi las ocho de la tarde, habíamos estado más de una hora durmiendo. Miré a Ainhoa y me dedicó una medio sonrisa, todavía con los ojos entreabiertos.
- ¿Has dormido algo? - Me preguntó.
- Sí. En cuanto te dormiste tú, caí yo también.
- ¿Tienes frío? 
- No, está todo perfecto.
Ainhoa se acercó a mí, apoyando su cabeza en mi hombro, y se tapó con la colcha, encogiéndose a mi lado. 
- Tú sí que tienes frío. - Sonreí.
- En realidad no... pero me sirve de excusa para pegarme más a ti. - Se elevó un instante y me dio un beso tierno en la mejilla. - ¿A qué hora tienes que irte?
- ¿Me quedo una horita más?
- Jajaja, por mí como si te quedas toda la noche.
- Ojalá... - Suspiré.
- No te han llamado tus padres, ¿no? Eso es buena señal.
- Sí, es señal de que lo están pasando bien. Estarán distraídos. Supongo que habrán ido a ver las Fallas. Les diré que he estado en el cine. - Volví a coger el móvil para buscar la cartelera de la semana. Tenía que elegir la película que, supuestamente, había visto con Samuel. - Tengo que estar preparada por si se les ocurre preguntar de más.
- Qué precavida eres, jajaja... ¿Algún estreno? - Me preguntó.
- Sí, y alguna que no quiera ver mi madre. 
- ¿Por qué? Así sabes que no te pedirá que se la cuentes. 
- Es que solemos ir al cine juntas. Si le digo que he visto alguna que quiere ver ella, se enfada.
- Hablando de películas... Anoche estuve viendo "Amor y otras drogas".
- ¿Ah, sí? ¿Y qué tal?
- Te dije que la elegiría para verla en clase, pero... es demasiado ñoña. - Una pequeña carcajada sonó en su garganta.
- No es ñoña...
- Tus compañeros van a pensar que estoy enamorada.
- ¿No lo estás? Jajaja.
- Calla... - Dijo sacando la lengua. - Es demasiado romántica, no tiene mucho más... Apenas da pie a un debate posterior.
- ¿Habrá debate?
- Sí. Además de enseñar inglés, me gusta aprovechar las clases para hablar de otros asuntos. Ya lo sabes.
- Pero tampoco es tan romántica... - Yo seguía empeñada en que fuese esa la película elegida.
- El final sí lo es, con esa frase... ¿Cómo era? - Se quedó pensando unos segundos. - "Y de repente conoces a esa persona y te cambia la vida para siempre". - Sonreí como una idiota. - No y no... - Pareció ser su última palabra. - Bueno, ¿tienes ya la película que "has visto hoy"?
- No sé cuál elegir. - Gruñí.
- Pues una mala, que tenga pinta de aburrida. 
- Salvo "Anna Karenina" cualquiera me vale.
- Esa la quiere ver tu madre, ¿no? 
- Jajaja, y yo también.
- No sabía que eras tan cinéfila. 
- Sí, me gusta mucho ir al cine.
- Yo no suelo ir nunca, en eso soy un poco "pirata"... Pero mira, para una vez que fui, estuvo bastante bien. - Sonrió.
- Y ese día, ¿a qué se debió el cambio?
- Pues fue casualidad... Ese viernes hubo una concentración por el día de la mujer a las puertas de la Universidad, no sé si te enteraste... - Ainhoa me miró y yo negué con la cabeza. - Me quedé un rato, hasta que se fueron a la manifestación del centro, pero como aún no conozco el movimiento aquí en Valencia y mi amiga no pudo acompañarme, decidí irme a casa al terminar. En la parada del tranvía vi el cartel de la película y me apeteció ir a verla... Lo demás ya lo sabes. - Sonrió con dulzura. 
- Pues fue una bonita casualidad.
Ainhoa se acercó a mí y me cogió de la barbilla, pasando su dedo pulgar por mis labios.
- ¿Y crees que las casualidades marcan nuestras vidas?
- Lo que creo es que sí deberías elegir "Amor y otras drogas". Que todo el mundo sepa que estás enamorada. - Contesté de manera irónica.
Ainhoa soltó una risita.
- ¿Tú estás enamorada? - Me preguntó.
- ¿Y tú?
Por un momento me quedé mirándola, sintiendo cómo acariciaba mi boca. Sus ojos brillaban, como si estuvieran inundados y a punto de llorar, pero sin lágrimas. Transparentes e incapaces de mentirme.
- Yo sí. - Murmuró.
Alcé mi mano izquierda y tomé la de Ainhoa, que aún seguía acariciándome. La aparté y me acerqué a ella.
- Yo nunca había sentido esto por nadie, Ainhoa. - Le dije antes de besarla.
Mis labios se fundieron con los suyos y ya daba igual las veces que lo hicieran, una y mil veces más, para mí seguía siendo como la primera vez. Mi corazón bombeaba con fuerza, agitándome por dentro y por fuera. Su lengua acariciaba la mía y yo sentía que acariciaba todo mi cuerpo. Mi cabeza viajaba a otro lugar, su sabor inundaba mi boca, sonreía, quería gritar, me sentía completamente feliz... Debía ser amor, no podía ser otra cosa. Claro que estaba enamorada... desde el primer día que la vi.

Salimos al rellano después de estar un buen rato despidiéndonos dentro de casa. No quería separarme de ella... ¡Se estaba tan bien allí! Ainhoa tampoco quería que me fuera y, en cada intento mío por comenzar a bajar las escaleras, me agarraba de la cintura para retenerme junto a ella. Mr. Chocolat interrumpió nuestro enésimo beso de despedida.

- ¡¿Dónde vas?! - Gritó Ainhoa.
El gatito salió corriendo escaleras arriba y Ainhoa se apresuró en ir detrás suyo para cogerle. Al momento, volvió con él en brazos. Mr. Chocolat se revolvía contra ella entre maullidos. 
- No me puedo confiar con él.
- Le gusta ser protagonista e interrumpirnos.
- Qué acaparador. - Dijo mientras le cubría de besos. Después lo volvió a meter en casa.
- ¿Ya no nos vemos hasta el miércoles? - Refunfuñé.
- Mañana podemos vernos un ratito por la tarde. El martes lo necesito para preparar la próxima clase. Eso o quedarme despierta de madrugada... 
- Sigo pensando que es mala idea dar esa clase. No va a ir casi nadie.
- No puedo retrasarla porque la gente salga de fiesta el día anterior. - Ahora era Ainhoa la que refunfuñaba. - En eso soy inflexible.
- Está bien, pero manda unos correos recordándolo. 
- Sí, señora. ¿Algo más?
- Un beso, que me voy. - Respondí tirándome contra ella.
Ainhoa me besó y me despidió con una palmada en el culo.

Las calles del centro eran un ir y venir de gente. Me encanta el ambiente que se respira en Valencia en días como estos. Da igual dónde mires que la estampa siempre va a ser la misma: carritos con dulces, juguetes y globos para los más pequeños, puestos de comida donde lo mismo te sirven media docena de buñuelos o churros con chocolate que un perrito caliente con patatas fritas, jóvenes tirando petardos, bandas de música sonando a lo lejos... Valencia estaba celebrando las Fallas y yo me lo estaba perdiendo. Lo cierto es que cualquier otro año me hubiera importado, como aquella ocasión en que me tuve que quedar en casa casi todas las fiestas porque estaba con anginas y 39 de fiebre... ¡Qué mal lo pasé! Esta vez era diferente... Pasar la tarde con Ainhoa me había aislado de todo aquello y, aunque quedaban dos días importantes por delante, no me hubiera importado volver a ese apartamento y quedarme allí hasta que todo pasase. De nuevo miré a mi alrededor, pero esta vez me frené en seco y comencé a imaginarme con ella. El año que viene nosotras podríamos ser una de esas parejas que pasean abrazadas mientras observan uno de tantos monumentos falleros. Sonreí al imaginármelo.

Justo cuando entraba en mi portal escuché a mi padre gritándome a lo lejos, desde la otra punta de la calle. Iba con mi madre de la mano. Esperé a que llegasen y subimos juntos a casa. Antes de que mi madre comenzara su interrogatorio, decidí preguntarles yo a ellos para desviar la conversación. 
- ¿Qué tal el día? 
- Muy bien, nos hemos ido de excursión. - Contestó mi madre riéndose.
- ¿De excursión? - Pregunté.
- Bueno, de visita turística. - Señaló mi padre. - Hemos estado en Vilamarxant. Nos hemos comido un arroz con conejo y caracoles que quitaba el sentido.
- Jajaja, vamos, que lo habéis pasado bien, ¿no?
- ¡Mucho! A la próxima te vienes tú también, que al final nunca pasamos nada de tiempo juntos. - Mi padre me cogió por la cintura y me acercó a él. - ¿Y tú qué has hecho hoy? ¿Viendo las Fallas?
- Que va, aún no he visto nada. Mañana saldré con Samuel y daremos una vuelta.
- Seguro que mañana habrá más gente que hoy... - Dijo mi padre resoplando.
- ¿Con Samuel? Pero has estado hoy con él, ¿no? - Preguntó mi madre.
- Sí, y mañana otra vez. 
- ¿Y entonces hoy que habéis hecho? - Estaba claro que no podía librarme tan fácilmente de las preguntas de mi madre.
- Eh... Hemos comido en Paterna, en el centro comercial, y luego hemos entrado a ver una película.
¿Has cenado?
- No.
- Pues vamos a preparar algo. Nosotros tampoco. 
Al parecer, la excusa del cine había funcionado. 

Después de cenar estuve viendo un rato la televisión con mis padres, antes de irme a mi habitación. Samuel me había estado escribiendo durante toda la noche, así que decidí llamarle. Aún teníamos que quedar. Había dado por hecho que saldríamos a ver las Fallas, pero en realidad no sabía si él iba a poder. No me gusta mucho hablar por teléfono cuando mis padres están en casa, y menos desde aquel día en el que descubrí a mi madre escuchando detrás de la puerta. Me encerré en mi cuarto y puse un poco de música para no sentirme tan vigilada.
- Vaya horas, Laura. - Contestó Samuel al otro lado del teléfono.
- Lo siento, estaba con mis padres y ni caso al móvil... - Le dije a modo de disculpa.
- ¿Todo bien? ¿Te han preguntado muchas cosas?
- No, les he dicho que he estado contigo y se lo han creído. - Murmuré. - También les he dicho que mañana saldremos.
- ¿Pero sales conmigo o con ella? - Soltó una risita.
- Jajaja, mañana contigo. ¿Puedes?
- ¡Sí! - Gritó encantado.
- ¿Y hoy qué has hecho?
- Hoy he fingido salir con una amiga para que ella pudiera pasar la tarde con su chica. - Respondió entre risas.
- Ay, Samuel... 
- Ay... - Suspiró a modo de burla. - He estado estudiando, que llevo dos asignaturas un tanto atrasadas.
- Joder, yo también debería empezar a estudiar... Qué pereza.
- Entre la pereza y Ainhoa... Lo que te faltaba a ti. - Me reprochó. - Bueno, mañana me cuentas cómo ha ido la tarde, yo voy a acostarme ya, que me has pillado metiéndome en la cama. ¿A qué hora quedamos? 
- Pásate por mi casa sobre las cinco.
- ¡Genial! Mañana te veo, un beso.
- Que descanses.
En ese momento, mi madre llamó a la puerta y entró antes de que pudiera contestar. Me levanté de la cama de un salto y le pregunté qué quería.
- ¿Hablabas por teléfono? - Me preguntó.
- Sí. - No entendí a qué se debía esa intromisión.
- ¿Con quién?
- Con Samuel. Estábamos quedando para mañana. - Respondí un tanto seca.
- Hija, si lo acabas de ver... - Mi madre se quedó estática, sin dejar de mirar mi teléfono móvil. Como vio que no contestaba, se despidió y salió de la habitación. - Bueno, vamos a acostarnos. No pongas la música muy alta.
- No te preocupes, yo también me acuesto ya. Estoy cansada. - Añadí dejándome caer sobre la cama.
- Buenas noches. - Y cerró la puerta sin dejar que me despidiera.
En ese momento recordé cómo me olió el pelo la primera vez que estuve con Ainhoa y cómo a la mañana siguiente cogió mi teléfono mientras yo dormía. Parecía claro que andaba con la mosca detrás de la oreja, ¿pero por qué? En realidad no era tan raro nada de lo que estaba haciendo, o al menos así lo veía yo.

La mañana del lunes la pasé durmiendo. Ni siquiera el ruido de la calle consiguió despertarme antes. No había quedado con Samuel hasta las cinco y mis padres se habían marchado a dar un paseo, así que no había nada ni nadie que me hiciera levantarme. Miré el reloj y vi que era casi la una del mediodía. Me dolía la espalda y sentía mucha presión en la cabeza. ¿Cuántas horas llevaba durmiendo? Cogí rápidamente el teléfono móvil y vi que tenía varios mensajes de Ainhoa. Decidí llamarla.
- Ainhoa, acabo de levantarme. - Bostecé.
- ¿Ahora? 
- Nadie me ha despertado antes.
- Ya veo. - Sentí cómo sonrió al otro lado. - Al final he quedado con Magda para ver las Fallas. Será mi primera vez. - Comentó divertida.
- Oh, qué bien, tu primera vez y con otra que no soy yo.
- Jajaja, podremos vernos, ¿no?
- Sí, un encuentro "casual". - Respondí irónicamente.
- Sí, sí... Qué casualidad, Laura, con lo grande que es Valencia y justo nos encontramos aquí. - Comencé a reír imaginándomelo. - Mándame un mensaje por la tarde, cuando estés con Samuel, y quedamos en un punto.
- De acuerdo. - Susurré. - Tengo ganas de verte.
- Yo también. - Me mordí el labio imaginando su sonrisa. - Hasta esta tarde, cariño.
"Cariño". Cada vez que Ainhoa me llamaba así, para mí era como una caricia. Mi corazón se disparó de nuevo. Me encantaba que esa sensación me sacudiera día tras día.

Samuel y yo estuvimos paseando por el centro y recorriendo las Fallas más representativas, disfrutando del ambiente tan fantástico que se respiraba en la calle. Me divertí muchísimo con él, comentando els ninots y parándonos cada dos por tres para hacernos alguna foto. Después de estar andando casi dos horas nos sentamos en una terraza en la Plaza de la Virgen para tomarnos un helado. Era el sitio más concurrido a esa hora.
- ¿Pero cómo has quedado con ella? - Me preguntó Samuel cuando vio que volvía a sacar el teléfono móvil del bolso. 
- Dijimos de vernos un ratito. Ella estará viendo las Fallas con una amiga. - Contesté mientras le escribía un mensaje a Ainhoa. - Le digo que estamos aquí. Con la de gente que hay a nadie le extrañará que nos hayamos encontrado... ¿Verdad?
- ¿Y a quién debería extrañarle? - Me preguntó 
- Pues... - No supe qué contestar.
- No creo que tengáis que ser tan prudentes. - Me aconsejó.
Estuvimos más de media hora charlando sobre eso. Me fastidiaba sentir tanto miedo... No quería que nadie pudiese sospechar, si acaso un segundo, que Ainhoa y yo estábamos juntas. Eso solo conseguiría perjudicarla a ella. Pero, por otra parte, Samuel también tenía razón. No había nada de malo en llevarse bien con uno de tus profesores, y más conociendo un poquito a Ainhoa. Es tan jovial como casi todos sus alumnos. Lo normal es que se lleva bien con ellos.
- A partir de julio todo será más fácil. - Sonreí tímidamente. 
- Claro, tienes que quedarte con lo positivo. - Dijo intentando animarme. - Va a ser un poco duro hasta entonces. Mientras tanto, el tiempo que estéis juntas aprovechadlo al máximo.
- Sí... Fíjate ayer, encerradas toda la tarde en su casa, jajaja, no lo cambiaría por nada. Hablamos mucho, nos reímos... Es súper cariñosa conmigo. 
- Tienes que disfrutar de todo eso y no pensar en lo que no podéis hacer. 
- Lo sé... - De nuevo, volví a sacar el móvil y lo miré para ver si me había respondido al mensaje. - Aún nada.
- ¿No contesta?
- No.
- Pues si te ha dicho de quedar, te contestará. No seas tan desconfiada. - Protestó.
- No soy desconfiada. - Dije riendo. - Es que tengo muchas ganas de verla... ¡Y no contesta!
- ¡Pesada! ¡Déjala respirar! Jajaja. - Samuel y yo comenzamos a reír.

Estábamos a punto de marcharnos cuando vimos a varios de mis compañeros de universidad tomando asiento en la misma terraza que nosotros. Alejandra se percató de mi presencia y enseguida vino hacia mí.
- ¡Hola, Laura! ¿Llegáis ahora? 
- No, estábamos a punto de irnos. - Le contesté mirando a Samuel. - No os conocéis.
- De oídas. - Dijo Alejandra, sonriendo. Samuel le devolvió la sonrisa.
Después, me agarró del brazo y comenzó a caminar hasta su mesa, donde esperaban Ricard y dos chicos más de clase, Elena y Jaime. Nos pidieron que nos quedásemos con ellos. Como seguía sin tener noticias de Ainhoa, me pareció buena idea.
- ¿Habéis quedado con alguien? - Nos preguntó Alejandra. - Nosotros iremos luego a McDonald's a cenar. Os venís, ¿no? 
- Claro. - Contestamos Samuel y yo a la vez.
Alejandra me había pedido alguna que otra vez que saliese con ella y con sus amigos, pero yo siempre le contestaba que no podía o que no tenía ganas. Ella solía quedar con Ricard y Jaime, y a mí me parecían un poco arrogantes. Creo que se me notaba a la legua que no me caían del todo bien. 
- Menudo par de imbéciles. - Me dijo Samuel al oído. - ¿Y a estos dos los tienes que aguantar toda la semana? - No pude evitar reírme. 
- Calla, que nos van a oír.
- Estos solo se escuchan a sí mismos. 
Al cabo de un rato, unas manos zarandearon mis hombros con suavidad, cuando parecía que nada ni nadie podría cortar la monotemática conversación del "par de imbéciles". Me encantó esa definición.
- Hola, chicos. - No me lo podía creer. Ainhoa, por fin, había llegado.
Me giré rápidamente y la miré con cara de asombro. Ella me sonrió con naturalidad. 
- Ainhoa, ¿qué tal? - Saludó rápidamente Ricard, levantándose de su silla.
- Muy bien. Disfrutando de todo esto. - Contestó extendiendo las manos y mirando hacia la plaza, repleta de gente.
- Está genial Valencia estos días. - Añadió Elena.
- ¿Queréis tomar algo? Sentaos, sentaos. - Ricard se apresuró en coger dos sillas más, colocándolas a su lado. 
Magda miró a Ainhoa y asintió con la cabeza. Después se sentó en una de las sillas que Ricard había dejado para ellas. Ainhoa prefirió ignorarle.
- Yo me siento aquí. - Dijo Ainhoa mientras colocaba una silla junto a la mía.
Samuel me golpeó con disimulo por debajo de la mesa, llamando mi atención.
- Relájate. - Me susurró.
Tras unos minutos, Ainhoa me pidió que mirara mi teléfono móvil. Tenía un par de mensajes suyos.

De Ainhoa:
Nos han jodido el encuentro... No estés tan tensa. Todo está bien, ¿vale? :)
20:42
Te quiero.
20:42

Después de casi una hora, decidimos irnos a cenar. Ainhoa y Magda nos acompañaron hasta la puerta de McDonald's. Yo procuré no acercarme mucho a ellas, al contrario que Ricard y Jaime, que parecían buitres volando en círculos sobre su presa. No entendía cómo podían ser tan patéticos. Al llegar al restaurante, Jaime les preguntó si querían quedarse a cenar. Los demás nos reímos.
- ¡Qué pesados sois! - Exclamó Elena.
- Gracias por la invitación, pero nosotras vamos a seguir con el paseo. - Sonrió Magda.
Miré a Samuel para ver si quería quedarse a cenar, pero tuve clara la respuesta cuando vi que ya estaba entrando en McDonald's por detrás de Alejandra y Elena. Lo debí suponer. Samuel no puede decirle que no a una hamburguesa con patatas. Me giré para despedirme de Ainhoa y ella me miró con gesto de contradicción. Se nos había fastidiado el plan... No pudimos decirnos nada más y nos limitamos a despedirnos con la mano, mirándonos de reojo mientras nos alejábamos la una de la otra. Ainhoa se perdió entre el gentío y yo entré en el restaurante con el resto de mis compañeros. Ya no volví a verla hasta el miércoles.

Por primera vez, Ainhoa llegó antes de tiempo a su clase de inglés. Cuando entré en el aula ya estaba allí preparando el proyector mientras que un par de compañeros míos la ayudaban a colocar las mesas.
- Buenos días. - Saludé al entrar.
Ainhoa se giró y me sonrió. Después me señaló dónde podía sentarme, justo en el centro y detrás del todo. A las 12 en punto ya éramos algunos alumnos más, pero como le había comentado a Ainhoa, la gran mayoría había preferido quedarse en casa descansando.
- La película dura casi dos horas. No puedo esperar a que lleguen los que faltan... Que por otra parte tampoco sé si vendrán. - Dijo mientras iba bajando todas las persianas. - De entre todas las películas que me pasasteis, hubo una que me llamó mucho la atención. Me gustó que el título fuera en inglés, y es la película que vamos a ver hoy: "Revolutionary road". No la había visto, la verdad, pero en cuanto la vi el sábado decidí que sería la elegida. Debatiremos el hilo argumental el próximo día. También tendréis que hacer un pequeño trabajo. Después os diré en qué consiste. Espero que os guste la elección. - Ainhoa vino hacia mí y se sentó a mi lado, en la silla que había dejado apartada para ella.
- Qué guapa estás. - Susurré mientras se sentaba. Ainhoa se sonrojó. - Mejor me callo, ¿verdad? - Solté una risita tapándome la boca.
Durante la proyección de la película intenté centrarme en ella y dejar a un lado lo que Ainhoa me provocaba estando cerca de mí. Me costaba bastante entender todos los diálogos. Menos mal que Ainhoa nos iba ayudando, traduciendo cuando veía que nos perdíamos. No esperaba una película así... Era un tanto dura. 

Al terminar, Ainhoa nos explicó en qué consistía el trabajo. Simplemente se trataba de realizar un breve comentario sobre la misma, a modo de conclusión. Después, se despidió de nosotros. Esperé a que todos mis compañeros se fueran para quedarme a solas con ella. Necesitaba unos minutos de su compañía.
- Ven, anda. - Me pidió cuando vio que la estaba esperando. Me acerqué a su mesa.
- Qué complicado es esto, Ainhoa. - Suspiré.
- Lo sé. También lo es para mí. - Me acarició la cara y luego pasó sus manos por mi cuello. - Esta tarde tengo muchísimo lío, si no te diría de vernos un rato.
- ¿Aún estás con la conferencia? 
- Sí, y se me echa el tiempo encima. 
- ¿Para cuándo es? 
- Tengo que mandarla a la asociación antes del día 1, pero aún tengo que reunir un poco más de información.
- ¿Y para qué es? Perdona mi ignorancia... - Pregunté avergonzada.
- No es ignorancia. - Volvió a acariciarme. - Es para las charlas sobre feminismo a las que voy el mes que viene. Del 15 al 19, ¿recuerdas? 
- Ah, sí, me suena que me contaste algo. ¿En Utrecht?
- Sí, pero no te preocupes, que vuelvo a Valencia el día de mi cumpleaños. - Sonrió.
- Joder... Ya me había hecho a la idea de que tenías 32. Siempre se me olvida que estás a punto de cumplir uno más. - La miré por encima del hombro.
- Jajaja, uno arriba, uno abajo... ¿De verdad te preocupa eso?
- Lo que me preocupa es que, pensándolo bien, te llevas menos años con mi madre que conmigo. - Solté una carcajada.
- Bueno, pues a ver cuándo me la presentas, no vaya a ser que me guste más la madre que la hija. - Ainhoa rió con fuerza y su carcajada hizo enmudecer la mía.
- ¡Ni hablar! - Le dije empujándola. - Haberlo pensado antes.
- No tengo nada que pensar. - Dijo acercándose a mí.
En ese momento, Magda entró en el aula, interrumpiéndonos.
- Pareja, os gusta mucho jugar con fuego. - Nos reprochó divertida.
- Y tú deberías llamar a la puerta antes de entrar. - Le guiñó un ojo. 
Ainhoa y Magda se fueron a comer juntas y yo me marché a mi casa. Mi padre se volvía a Madrid esa misma tarde y mi madre quería que comiésemos todos juntos para despedirle. Hasta julio ya no volvería. Por la tarde regresé a la universidad para asistir a un par de clases. De nuevo, la mayoría decidió tomarse el día libre. Nunca había visto tan poca gente en la facultad.

Estábamos terminando de cenar cuando mi teléfono móvil vibró sobre la mesa, justo a mi lado. Levanté un poco la mirada y noté que mi madre se mantenía pendiente, sin dejar de mirarme, tal vez esperando a que lo cogiera para luego echarme la bronca. No le gusta nada verme con el teléfono entre manos mientras estamos comiendo, al igual que detesta salir conmigo a algún sitio y ver cómo estoy más preocupada de contestar mensajes, haciéndole más caso a quien sea que esté al otro lado. Miré de nuevo el móvil y vi que era Alejandra. Decidí ignorar la llamada y devolvérsela después. 
- ¿No lo coges? - Preguntó mi madre.
Por lo visto ese día a ella se le había antojado que yo respondiera al teléfono mientras cenábamos y que hiciera justo eso que tanto me había pedido que dejase de hacer.
- Estamos cenando, mamá. - Contesté de manera burlona.
- Oh, perdona, no sabía que de repente te habías vuelto tan respetuosa. 
- Muy graciosa.
- ¿Y quién es?
- Alejandra. Hoy no ha venido a clase y supongo que querrá que la ponga al día.
Mi madre se levantó de la mesa y comenzó a recoger los platos sin mediar palabra, como si mi explicación le hubiera dado absolutamente igual. ¿Para qué preguntaba entonces? Ella esperaba otra respuesta, estaba claro, pero yo en ese momento no sabía cuál debía ser... Mi hermano sonrió con sorna, soltando un suspiro después. Cuando vio que le estaba mirando se llevó el dedo índice a la boca y me pidió que no dijera nada. 

Salí de la cocina detrás de Álvaro y, cuando llegamos a la sala de estar, me dijo que mi madre le preguntó si Samuel y yo estábamos juntos.
- ¡¿Qué?! ¿Con Samuel?
- Jajaja, está muy perdida... - Álvaro no podía parar de reír.
- Pero, ¿es que no se da cuenta de las cosas?
- No quiero darse cuenta, Laura. 
- Pues más claro no pude explicarlo.
- Bueno, sí... - Dudó antes de seguir. - ...pero "aún no puedes", ¿no?
- Cállate. 
- Dile que no estás saliendo con Samuel, pero sí con otra persona.
- ¿Y tú qué sabes? 
- No, si yo no sé nada. Lo poco que sé es lo que me imagino. ¿Cuándo será buen momento para contármelo?
- Eh... en julio.
- ¿Julio? - Se mostró dubitativo.
- Julio... y no preguntes nada más porque no puedo contarte.
- ¿Estás con esa chica?
- Álvaro... 
- Sólo dime sí o no. No quiero más explicaciones. - Su gesto era de lástima fingida, pero consiguió ablandarme y, ¿por qué no decirlo?, me hizo sentir genial. Álvaro se tomaba mi posible relación con una chica como algo completamente natural.
- Sí. - Contesté muerta de la vergüenza.
- Oh, me alegro mucho. - Álvaro me abrazó solo un segundo, justo lo que tardó en darse cuenta de que mi madre había entrado en la sala de estar.
- ¿Algo que celebrar? - Preguntó interrumpiendo la escena.
- Nada... Álvaro me va a ayudar con un trabajo de Economía Política y se lo estaba agradeciendo.
Fue lo primero que se me ocurrió y, al parecer, mi madre se lo creyó porque no preguntó nada más. Pasó por delante de nosotros y se fue hacia el sofá, tomó asiento y encendió la televisión. Después nos miró y nos pidió que nos sentásemos con ella. Yo, no sé por qué, le pregunté algo que nunca le había preguntado.
- Mamá, ¿no echas de menos a papá cuando no está? Son muchas semanas sin verle...
Mi madre se giró hacia mí y abrió la boca levemente, ahogando sus palabras. Dudó qué contestar, bajó la mirada y pude percibir que mi pregunta le había incomodado.
- Ya estoy acostumbrada. Al final te haces a todo. - Mi madre levantó de nuevo la mirada y me dedicó una falsa sonrisa, tan falsa como su respuesta. ¿Cómo acostumbrarse a eso?

Llamé a Alejandra pasada la medianoche. Tras la pequeña charla con Álvaro y con mi madre, me quedé junto a ellos viendo una película y se me había pasado devolverle la llamada. Ella solía acostarse más temprano que yo, pero ese día aún la pillé despierta. 
- ¿Qué tal, Álex? ¿No estabas durmiendo, verdad?
- No, todavía sigo en pie.
- Perdona por llamarte tan tarde. - Me disculpé rápidamente. - Me he despistado, jajaja.
- Jajaja, no te preocupes. Te he llamado porque esta tarde me he metido en el Campus Virtual de la universidad y he visto que Ainhoa nos ha mandado dos mensajes.
- ¿Dos? - Pregunté extrañada.
- Uno del lunes y otro de hoy... ¿Cómo manda un mensaje el lunes?
- Pensaba que ese ya lo habrías leído.
- Que va... ¿Tú has ido a inglés?
- Sí, hemos visto la película. Hay que hacer un comentario.
- Ya, eso he visto... Dice que quien no haya visto la película puede hacer el trabajo igualmente, pero lo puntuará más bajo. - Alejandra se mostró un tanto enfadada. - Mañana iré a su despacho y hablaré con ella. No creo que merezca la pena ni verla...
- A mí me ha gustado... 
- ¿La película? Pero si ya no es eso, es que la puntuación es muy baja.
- No he leído el mensaje. ¿Cuánto puntúa?
- Hasta un punto si has ido a clase y hasta 0,30 si no. 
- Ah... Querrá favorecer a quienes hemos ido. Es normal.
- No es normal dar una clase la mañana siguiente a la Cremà y esperar que la gente vaya. Encima puntuable...
Alejandra siguió criticando la decisión de Ainhoa mientras yo la escuchaba sin reprocharle nada. Tampoco quería posicionarme, así que me mantuve en silencio. Después de eso, estuvimos hablando de otros asuntos hasta que nos despedimos.

El jueves llegué a la facultad con la intención de entrar a Historia del Derecho, a pesar de que cada vez se me hacía más cuesta arriba toda esa rutina. Desde mi charla con Ainhoa, la idea de matricularme en otra carrera había cogido más y más fuerza, y mi motivación por seguir estudiando Derecho había desaparecido del todo. Intenté apartar todos esos pensamientos, puesto que aún era pronto para tomar una decisión y, sobre todo, porque tenía que pensar cómo decírselo a mis padres. Calma.
- ¡Laura! - Alejandra vino corriendo hacia mí. Siempre se mostraba así de entusiasmada al saludarme. Daba igual si había pasado un día o una semana.
- ¿Dónde vas con tanta prisa?
- Tengo la tutoría con Ainhoa. ¿Me acompañas? - Me preguntó cogiéndome del brazo y sin dejar que le contestara. - ¡Vamos!
- Iba a clase ahora, Álex.
- Va, acompáñame. Me da corte ir sola.
Me moría de vergüenza. Eso sí que iba a ser un encuentro casual... No tuve escapatoria. A los cinco minutos me encontraba con Alejandra sentada en el vestíbulo del despacho de Ainhoa. Nunca antes había estado allí. Me entró la risa cuando recordé lo diferente que fue mi tutoría. Definitivamente, su apartamento era más atractivo que esa fría sala.

Alejandra llamó a la puerta un par de veces, pero no obtuvo respuesta. Parecía que Ainhoa no estaba dentro. Probó a abrir y, efectivamente, la puerta estaba cerrada.
- ¿A qué hora tienes la tutoría? - Le pregunté.
- A las 16:45. Ya llega tarde.
- No creo que se retrase mucho más... - Intenté justificarla. - Y no seas muy borde con ella, que te veo las intenciones.
- Depende de lo que me diga, jajaja.
Ainhoa llegó enseguida y, como siempre, irrumpió en el vestíbulo un tanto embalada. Cuando me vio allí, alzó las cejas y me preguntó si yo también había pedido cita. Alejandra contestó por mí.
- Viene a acompañarme. No te importa, ¿no?
- Para nada. - Dijo con una enorme sonrisa. - Vamos dentro.
Al entrar en su despacho, un golpe de aire caliente nos sacudió la cara.
- Joder, ¿hemos descendido a los infiernos y nadie me ha avisado? Qué calor. - Exclamó Alejandra.
Ainhoa se dirigió a la pantalla del aire acondicionado y comenzó a manipular los mandos, intentando bajar la temperatura.
- Esto no va... Se ha estropeado y ni siquiera puedo apagarlo. - Después, comenzó a asestarle golpes con el puño cerrado mientras le dedicaba unas cariñosas palabras. - ¡Baja, cabrón! Joder...
Alejandra me miró con incredulidad, abriendo mucho los ojos. Yo no pude evitar soltar una carcajada.
- Disculpad, no funciona. - Comenzó a reír. - Después llamaré a alguien para que venga a solucionarlo. 
Ainhoa fue hacia la ventana e intentó abrirla, pero parecía que tampoco tenía ganas de hacerle caso. 
- Se atasca bastante. - Gruñó.
- ¿Te ayudamos? - Le preguntó Alejandra.
La ventana era bastante grande, casi hasta el suelo, y por lo que parecía, un tanto anticuada.
- No os preocupéis, siempre me da problemas. ¿Acaso hay algo en esta facultad que funcione correctamente? - Fue hasta su mesa y rebuscó en sus cajones hasta sacar un enorme destornillador. - A grandes problemas, grandes soluciones. - Dijo riéndose como una loca. 
- Qué peligro tienes. - Me reí yo también. Alejandra seguía observando la escena con el mismo gesto de desconcierto.
Ainhoa comenzó a golpear el borde inferior de la ventana con el destornillador. Después, lo colocó sobre las guías y empezó a hacer fuerza, como si de una palanca se tratase. Con la mano que le quedaba libre fue forzando la ventana poco a poco hasta que consiguió abrirla. Menuda manitas estaba hecha... 
- Ya está, chicas. - Resopló. - Espero que ahora no os quejéis de que hace demasiado frío.
- No, no... - Murmuró Alejandra.

Mientras Alejandra le planteaba todas sus dudas, yo me evadí y comencé a observar el despacho de Ainhoa, recorriendo cada rincón e intentando no perderme ningún detalle. Así como el vestíbulo era completamente impersonal, su despacho parecía decir mucho de ella. En la pared posterior a su mesa había dos armarios de color blanco y, al lado derecho, en la misma pared, tenía colgadas dos láminas. En una de ellas se veía un grupo de esqueletos trajeados, mirando hacia el cielo con la mandíbula abierta, sobre un texto inferior que decía: "Consigue un trabajo. Cásate. Ten hijos. Sigue la moda. Mira la televisión. Obedece la ley. Ahorra para tu vejez. No hagas nada raro. Ahora grita después de mí: SOY LIBRE." La otra lámina era una viñeta de cómic que mostraba a dos mujeres que se cruzaban por la calle y se quedaban mirándose la una a la otra. Una de las mujeres vestía un bikini minúsculo, tacones y gafas de sol, y la otra iba ataviada con un burka de cuerpo completo. Junto a la primera mujer se podía leer un globo que decía: "Everything covered but her eyes. What a cruel male-dominated culture!" (Todo cubierto salvo sus ojos. ¡Qué cultura machista tan cruel); mientras que la chica afgana decía: "Nothing covered but her eyes. What a cruel male-dominated culture!" (Nada cubierto salvo sus ojos. ¡Qué cultura machista tan cruel!). Me reí para mis adentros. La reivindicación feminista no podía faltar allí dentro... Miré hacia mi derecha y me quedé observando el lienzo que decoraba esa pared. Era muy parecido a las pinturas que tenía en su apartamento, aunque todavía más lúgubre que aquellas. Tenía menos colorido y la mujer protagonista se sentía desfallecer. Supuse que se trataba de la misma artista. En esa misma pared, junto a la puerta, tenía colgado un corcho con un montón de fotografías en las que salía Ainhoa con varias personas. Pude reconocer a su amiga Magda en alguna de ellas. En el centro del collage había escrita una frase en inglés: "I blandly told them to drink wine and have a room of their own" (Les dije suavemente que bebieran vino y que tuvieran una habitación propia). No entendí muy bien qué quería decir eso...
- Laura, tú sí que tienes claro el trabajo, ¿no? - Me preguntó Ainhoa disipando mis pensamientos.
- Sí. - Contesté sin estar completamente segura de mi respuesta. Me había distraído tanto que no sabía de qué habían estado hablando. 
- Es que no es el trabajo lo que me preocupa... - Señaló Alejandra un tanto exaltada.
Ainhoa dirigió entonces su mirada hacia ella y se quedó observándola, sin pestañear, y con la cabeza apoyada sobre sus puños cerrados. Su boca dibujaba una sonrisa, a pesar de la brusquedad con la que Alejandra le había hablado.
- Entonces, ¿cuál es tu petición? ¿Que volvamos a ver la película para que los que no quisieron venir puedan tener las mismas oportunidades que los que hicieron el esfuerzo ayer? - La pregunta de Ainhoa consiguió dejar muda a Alejandra. - Como comprenderás, eso no lo puedo hacer. No es justo para ellos. Sería una falta de respeto por mi parte.
Ainhoa seguía sonriendo. Su gesto hablaba por sí solo. Era un claro "me da igual lo que pienses, aquí mando yo". Me reí.
- Y tú no te rías, Laura. - Me recriminó divertida.
Alejandra nos miró y en un instante apartó la cara hacia otro lado, con un gesto propio de una niña pequeña.
- Bueno, pues ya está. Solo quería saber si había alguna manera de conseguir más nota.
- Con el abstract no la hay, pero habrá más trabajos a lo largo del curso. - Concluyó Ainhoa.

Alejandra se levantó de su silla sin decir nada más. Al verla, cogí mis cosas y me despedí con un tímido "adiós, Ainhoa". Ella, aprovechando que Alejandra ya caminaba hacia la puerta, me lanzó una sonrisa delatadora. 
Contrólate, Laura.
Nada más salir de su despacho nos dirigimos al aula de primero. Esperé a que Alejandra me dijera algo, pero no lo hizo. Imaginé que se había sentido un tanto incómoda... Al llegar a clase le pregunté.
- ¿Estás molesta?
- Te llevo para tener un apoyo y terminas riéndole las gracias. - Me contestó en tono serio. - Ha quedado claro que le dabas la razón.
- No era mi intención hacer que pareciera eso.
- Venga, ahora en serio, intenta ser objetiva.
- ¿Objetiva? ¿Crees que no lo estoy siendo?
- No... Si te digo la verdad, creo que Ainhoa te cae demasiado bien. - Me contestó con una sonrisa irónica. - Si cualquier otro profesor hubiera dado esa clase el día después de Fallas, seguramente no lo defenderías tanto.
- Ya le dije a Ainhoa que no la diera. - Nada más terminar la frase sentí que acababa de meter la pata.
- ¿Le dijiste eso? - Tragué saliva y dudé qué contestar.
- Sí, pero me dijo que no podía retrasarla.
- ¿Y cuándo se lo dijiste? - Alejandra se quedó boquiabierta. Parecía un tanto perdida. 
- Joder, pues cuando nos mandó el mensaje. El lunes.
- Ah, vale. - Murmuró. - Pues ya podría haberte hecho caso... Qué prepotencia. 
- Bueno, no le des más vueltas. ¿Quieres que te ayude con el abstract?
- No, no te preocupes. Esta noche veré la película y mañana a primera hora prepararé el comentario. ¿Tomaste muchas notas?
- Ni una. - Respondí divertida. 
Al menos habíamos dejado de hablar de Ainhoa. Las preguntas de Alejandra me incomodaban bastante, aunque sabía que ella era incapaz de sospechar nada raro. Pensó que Ainhoa me caía bien, que me parecía divertida... incluso se habría dado cuenta de que había cierta complicidad entre nosotras, pero nada más. Para Alejandra yo ya me había convertido en la típica "pelota". Qué bien. 

Por la noche estuve dándole vueltas al trabajo de inglés. Todavía tenía que hacerlo. Mientras Álvaro leía tranquilamente en el sofá y mi madre veía un programa de cocina, yo recorrí de memoria las escenas más significativas de la película. Quería impresionar a Ainhoa. "Revolutionary road" era una historia tremendamente triste. ¿Qué quería realmente que sacásemos de ella? Dudé si mandarle un mensaje para preguntarle, pero no hubiera sido del todo justo. Tendría que haber prestado más atención en la tutoría... Supuse que quería que buscásemos la parte positiva, o tal vez teníamos que ir más allá y extraer la idea principal de la película para plasmar un problema real. En ese momento recordé una de las láminas que tenía en su despacho, la de los esqueletos, y su frase final: "Ahora grita después de mí: SOY LIBRE." ¡Claro! Era eso lo que la película nos quería transmitir... La falsa idea que tenemos acerca de la libertad. Ya tenía mi comentario.

Ese viernes, Ainhoa volvió a llegar tarde, retomando de nuevo su sana costumbre. A diferencia del miércoles, la clase estaba repleta de gente. Incluso vinieron compañeros a los que no veía desde hacía semanas. Se notaba que iba a tener incidencia en la nota final. Pasadas las 12:15 apareció Ainhoa. Iba preciosa ese día... Llevaba unos pantalones “capri” vaqueros, unas bailarinas rojas y una chupa de cuero negro. Llegó con el pelo desaliñado. Estaba realmente sexy. Sonreí como una tonta cuando vi que me miraba desde su mesa.

Sin entretenerse demasiado, comenzó con su clase. Iba intercalando pequeños enunciados en inglés con largas charlas en castellano, y de igual manera al revés. Combinaba los dos idiomas para que no nos perdiésemos entre tanta explicación. A mí me resultaba complicado seguirla cuando se extendía demasiado hablando en inglés, y supongo que lo mismo les pasaba a muchos de mis compañeros.
- Desde mi punto de vista, se me hace difícil concebir la vida en pareja ahogada en la monotonía. - Explicó mientras tomaba asiento encima de su mesa. - Trabajo, casa, hijos, casa, trabajo... y así día tras día. Siempre en el mismo lugar y haciendo las mismas cosas. Precisamente ese es el modelo de vida que nos venden como "perfecta". Esta película es un ejemplo de ello, ambientada en los años 50, sí, pero un ejemplo que se ha extendido hasta nuestro tiempo, con los cambios que cada época conlleva.
La clase parecía estar de acuerdo con la percepción que tenía Ainhoa acerca de ese modelo de sociedad, puesto que nadie la interrumpió para rebatirle nada. Tras una pequeña introducción, comenzó a hablar de la película.
- The film shows young couple who meet at a party, get married and create a suburban life with a nice house, a manicured lawn, two kids, a job in the city for him, homework for her... - Ainhoa fingió estar aburrida y se llevó la mano a la boca, bostezando al mismo tiempo. - A dream life.

(La película nos muestra a una pareja joven que se conoce en una fiesta, 
se casan y comienzan una vida en las afueras con una bonita casa, el césped cuidado, 
dos niños, un trabajo en la ciudad para él, las tareas domésticas para ella... 
Una vida soñada.)

De repente, comenzó a escucharse un pequeño cuchicheo en clase. Parecía que alguno de mis compañeros no estaba de acuerdo con Ainhoa y su manera de entender la película.
- Perdona Ainhoa... - Intervino uno de ellos. - ...hay muchísima gente que se conforma con eso. Es lo que siempre han querido: estabilidad.
- In english, please. - Le pidió ella.
- Yes, sorry. - Dudó por unos segundos. - Many people conform... Are ¿satisfied? - Ainhoa asintió con la cabeza. - They want estability.
- Really, people look for that? - Añadió otro compañero. (¿La gente, realmente, busca eso?)

Estuvimos debatiendo y aportando nuestras opiniones durante casi una hora, antes de que Ainhoa comenzara a leer algunos de nuestros comentarios. Para finalizar eligió dos de ellos, uno porque era el que más se aproximaba a la idea principal de la película, y el otro porque serviría para enseñarnos cómo no hay que hacer nunca un trabajo de inglés. 
- No sé si dar los nombres de los elegidos... Uno de ellos no saldrá muy bien parado. - Dijo riendo.
Se escuchó un murmullo antes de que Ainhoa continuara hablando. 
- Ricard, tu comentario sobre la película es el siguiente... - Dijo mientras cogía su bloc de notas. - "Revolutionary road" definitely conveys the shadow side of marriage which can lead to extreme lonliness and intense suffering."

("Revolutionary road" definitivamente transmite el lado oscuro del matrimonio, 
que puede conducir a la soledad y al sufrimiento más intenso y extremo.)

Ainhoa se mantuvo en silencio apenas unos segundos.
- El comentario es muy bueno, si no fuera porque está literalmente copiado de una interesante crítica que he encontrado en internet. - Ricard torció el gesto. - Me gustaría que intentarais explicarlo con vuestras palabras, dejando a un lado los "copia y pega". 
Ricard asintió con la cabeza.
- Por otra parte, el abstract que más me ha gustado es el tuyo. - Ainhoa me miró. - Laura, can you reed it? (¿Puedes leerlo?)
Fue una sorpresa que Ainhoa escogiera mi comentario como el mejor de la clase. Casi hubiera preferido librarme, así no tendría que haberlo leído delante de todos.
- Sí, lo intento... - Murmuré. - "Revolutionary road" reveals a big lie... The invisible bars of the society's model that dominates our lives. A prison that destroys our dreams, that quenching our joy, which kills the charm of it should last forever: our freedom." 

("Revolutionary road" nos descubre una gran mentira... 
Los barrotes invisibles del modelo de sociedad que domina nuestras vidas. 
Una cárcel que destruye nuestros sueños, que apaga nuestra alegría, 
que mata el encanto de lo que debería durar para siempre: nuestra libertad.)

- Completamente de acuerdo. - Señaló. - That's very good. (Está muy bien)
Al final había conseguido mi objetivo. Había impresionado a Ainhoa. 

El debate continuó un poco más, esta vez enfocado a la falta de libertad y al sentimiento de resignación que tenían los protagonistas de la película. Frank, el protagonista, ejercía el papel de "cabeza de familia", siendo el único que aportaba dinero en casa, mientras que April, su mujer, se dedicaba a sus labores de ama de casa.
- Por eso es infeliz. - Señaló Alejandra. - Se resigna a vivir una vida que no es suya...
- ¿Crees que una mujer completamente resignada se plantearía mudarse a París para poder trabajar allí? Ella, no su marido. - Le interrumpió Ainhoa. - Estamos hablando de los años 50. April no se resigna, solo hay que ver el final. La decisión que acaba con su vida es un acto de rebeldía. 
- ¿Rebeldía? - Pregunté extrañada.
- Sin duda. "Rebeldía" porque era ir en contra de las normas éticas. Hoy en día el tema del aborto aún crea controversia, imagina en aquella época... 
- Tampoco demuestra estar muy resignada cuando se acuesta con su vecino. - Añadió otro compañero.
- Bueno, su marido ya se los había puesto a ella... - El debate había dado un giro hacia las infidelidades dentro del matrimonio.
- No es lo mismo. Lo de Frank era una amante. Su mujer solo tuvo una noche tonta...
- Ah, ¿y eso sí se puede justificar? 
- Cualquiera puede tener un desliz...
Vi cómo Ainhoa comenzaba a reírse. Se sentó de nuevo en su mesa y se quedó observándonos, escuchando nuestras opiniones al respecto. Muchos de mis compañeros justificaban el comportamiento de April, y muy pocos defendían a Frank y el hecho de vivir una relación paralela a su matrimonio. Yo preferí no opinar.
- Lo mejor es ir cambiando de pareja cada cierto tiempo. - Señaló Ricard. - Así evitas la monotonía, los cuernos y el aburrimiento de ver siempre la misma cara. 
Se escucharon unas cuantas carcajadas. Ainhoa se limitó a sonreír.
- Ya no se trata de eso, Ricard. Puede resultar igual de aburrido estar siempre buscando con quién acostarte. - Dijo Alejandra.
- ¿Aburrido? Jajaja, no le encuentro la parte aburrida a buscar precisamente eso.
- Se trata de ser feliz. - Les interrumpió Ainhoa. - Como hemos visto, Frank y April no lo eran. Tan solo lo fueron al principio, antes de caer en la desidia.
- ¿Y qué pareja no cae en la desidia? - Preguntó Elena.
- Yo eso no lo sé. - Contestó Ainhoa. - Solo me ciño a comentar lo que la película me inspira.
- ¿Tienes pareja, Ainhoa? - Le preguntó Ricard. 
Sin duda, me pareció una intromisión desafortunada. Me quedé mirándola fijamente. No tenía por qué contestar.
- No, bueno... - Ainhoa agachó la cabeza y se pasó la mano por la cara. - Algo hay.  
- Vamos, un rollete. - Ricard provocó de nuevo la risa de algunos compañeros. No me gustó cómo Ainhoa había afrontado esa pregunta.
- La cuestión es que habéis captado el mensaje y que, prácticamente, todos estamos de acuerdo en una cosa: la monotonía lo mata todo. - Dijo cambiando de tema. - Recordad esta frase: "Life is what happens to you while you're busy making other plans." (La vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes). Es maravilloso comenzar una relación y hacer planes de futuro, pero será mucho mejor si se pueden llevar a cabo.

La clase llegó a su fin y yo seguía sin salir de mi asombro. ¿Por qué Ainhoa había contestado de esa manera? Hubiera preferido un "no", la verdad... Y, por otra parte, ¿qué coño le importaba a Ricard si Ainhoa tenía pareja? Lo que estaba claro es que ella no había sabido pararle los pies.
- Hasta el lunes. Pasad un buen fin de semana. - Ainhoa se despidió de nosotros y se fue rápidamente. Cuando llegó a la puerta se frenó y se giró un instante hacia la clase. Me miró durante un segundo, alzó levemente la cabeza a modo de saludo y después salió a toda prisa.

Me quedé bloqueada en la silla, contemplando cómo se iba, y comencé a recoger mis cosas muy despacio mientras seguía pensando en todo lo que había pasado... En sus reflexiones acerca de la falta de libertad, y en las mías propias, esas que nunca había tenido. Tal vez nos separaban demasiadas cosas, aparte de los casi 14 años de edad. No pude evitar sentirme un tanto triste... Salí de clase. Necesitaba despejarme y no pensar demasiado en todo eso. Sabía que si empezaba a darle vueltas a la cabeza me iba a costar entrar en razón, pero era inevitable. Soy de darle vueltas a las cosas, de buscar todos los porqués. Volví a pensar en la respuesta que le dio a Ricard y, más allá de las palabras empleadas, lo que me preocupó fue su gesto, sus dudas a la hora de definirlo. "Algo hay". ¿Qué más le daba decir que sí tenía pareja? De repente, recordé nuestra charla del domingo, la tarde tan maravillosa que pasamos. No podía dudar de ella... No podía, ni tan siquiera, dudar un segundo. Comencé a llorar. Sentí que necesitaba otra tarde como esa. Había pasado casi una semana y solo habíamos tenido ocasión de pasar cinco minutos a solas. Me pregunté si ella también lo necesitaba... o si, definitivamente, nuestros pasos terminarían encaminándose hacia futuros completamente diferentes.