- Laura, ¡despierta! Jajaja.
- Ay, no grites... Si estoy bien despierta.
- ¡Uy sí!, ya te veo. Seguro que anoche te acostaste a las 5, ¡por lo menos!
- Jajaja, no andas desencaminada.
Ahí estaba yo, con un sueño que casi no me dejaba mantenerme en pie, y pensando en lo que se me venía encima. Tenía las mismas ganas de comenzar esas clases de inglés como de que alguien me atravesara con cuchillos oxidados. Lo mío no es madrugar. Nunca lo ha sido. Si al menos mis planes para hacerlo fueran otros... pero no. Cero motivación.
Alejandra seguía metiéndose conmigo. Siempre lo hace, no sé por qué me sorprendía. Que si "tienes que acostarte antes", que si "es que te pasas las noches en internet", que "mira qué cara llevas"... ¡Si es peor que mi madre! En realidad me hace gracia que sea así.
Alejandra es mi compañera de clase. La conozco desde septiembre, cuando empezamos a estudiar en la universidad. No es mucho tiempo, sólo cinco meses, pero nos llevamos muy bien. Si no fuera por ella la vida en el campus sería demasiado aburrida. Es una chica muy guapa, de piel clara y con una larga melena negra. Un tanto "pija", pero muy natural en el trato cercano. Siempre está sonriente y haciendo bromas. No encajamos en nada, la verdad, pero el destino nos quiso unir esos primeros días de clase. Yo, en cambio, soy de lo más normal. Cuando voy con ella siento que me deslumbra. Me quedo pequeñita a su lado y parece que no existo para nadie más. Por un lado me encanta pasar desapercibida; pero por otro, a veces me gustaría ser visible para alguien... Es una sensación rara. Supongo que igual de rara que yo.
- Oye, ¿entramos ya? La tía esta no viene y yo estoy harta de estar aquí de plantón. - Le dije a Alejandra.
- Va, vamos a coger sitio.
- Delante no, que parecemos empollonas, y no, jajaja.
- Tú siempre pareces una empollona, jajaja.
Alejandra y yo entramos en clase. Ya quedaban pocos asientos vacíos, la gente se había cansado de estar esperando en el pasillo mucho antes que nosotras, así que tuvimos que sentarnos delante del todo. Justo lo que no quería.
- ¿La profesora es nativa? ¿Has oído algo? - Me preguntó Alejandra.
- No, tiene nombre español. Viene en el folleto que nos dieron.
- ¡Ah, es verdad! - Alejandra sacó el folleto de su bolsa y lo puso sobre la mesa. - Ainhoa Salgado Pereira.
- ¿Ainhoa Salgado? Pues qué bien... tiene nombre de ser una cabrona.
- A lo mejor es un pseudónimo... ¿Hacemos apuestas? Seguro que es una guiri amargada que no va a permitir ni una tontería, jajaja.
- Joder, Alejandra, no me des estos ánimos...
- Jajaja, nada tía. Ya verás como no es para tanto. - Concluyó dándome un beso en la mejilla.
Veinte minutos. Eso es lo que tardó la profesora en aparecer. Veinte minutos en los que Alejandra y yo no dejamos de bromear, imaginándonos cómo sería. Nuestras dudas se resolvieron al verla entrar en clase.
Ainhoa apareció en mi vida vestida con un pantalón negro de pitillo y una cazadora vaquera. Un pañuelo rodeaba su cuello y calzaba unos botines marrones con algo de tacón. Entró con prisa y algo nerviosa, dejando su enorme bolso encima de la mesa.
- Siento el retraso, chicos. I'm sorry!
Dudo que mis ojos pudieran estar más abiertos en ese momento. No había visto una chica tan guapa en mi vida. Su sonrisa lo llenaba todo. Era como si un soplo de aire fresco hubiera entrado de golpe por la ventana. Realmente, Ainhoa era preciosa.
- Pues no tiene pinta de estar muy amargada... - Escuché que decía Alejandra.
Yo seguía admirándola, sin poder reaccionar. Sé que Ainhoa estaba hablando, pero no sabría explicar muy bien qué decía. Comenzó a hablar en inglés, así que las posibilidades de entenderla se redujeron a la nada.
- ¡Cómo está, eh! - Comentó un chico que tenía sentado al lado. - A ver quién se concentra con semejante mujer delante.
Mi mirada se centró entonces en ese chico. Sentí ganas de intervenir, pero no para darle la razón, sino para decirle que se callara. Quería ser la única que se fijara en ella. No entendía cómo podía gustarme tanto, si sólo habían pasado unos minutos desde que la había conocido.
Las casi dos horas de clase se me pasaron enseguida, pero realmente no me había enterado de nada. Mi cabeza estuvo demasiado ocupada en analizar cada movimiento, cada sonrisa y cada gesto de Ainhoa. Por momentos pensé que se me notaba ruborizada, que me delataría esa sonrisa tonta que llevaba conmigo. No sabía cómo esconderla... Salí deprisa y casi sin despedirme de nadie, ni siquiera de Alejandra. Un único pensamiento pasó rápidamente por mi cabeza: "Que llegue ya el viernes para poder verla otra vez".
Quiero mas!
ResponderEliminarLeíste los dos siguientes? De este relato hay varias entregas ;))
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