martes, 30 de abril de 2013

Young innocence (III). Sin buscarte.

Dos meses después...


Dieciséis días. Ocho miércoles y ocho viernes. Ese es el tiempo que pasó desde la primera vez que vi a Ainhoa. Dieciséis días disfrutando de sus clases, de su manera de hablar, de su risa, de su buen humor, de alguna que otra bronca... daba igual. Dieciséis días que me sirvieron para seguir admirándola y para conocerla un poco mejor. Cada día que pasaba me gustaba más. 

Por otro lado, en esos dos meses no pasaron grandes cosas en mi vida. Samuel se había convertido en la única persona que sabía que yo estaba empezando a sentir algo por Ainhoa y, aunque al principio se lo tomó como una broma, pronto descubrió que se trataba de algo serio y que verdaderamente esa chica había despertado algo fuerte en mí. Nunca había sentido eso por nadie y él lo comprendió. Durante este tiempo me animó a seguir conociéndola, pero era un tanto difícil, ya que no nos movíamos por los mismos círculos. Era complicado acercarme a ella, pero yo no perdía la esperanza de conseguirlo alguna vez...

Ese viernes, tras la clase de inglés, había quedado con Samuel para comer y pasar la tarde juntos. Hacía más de dos semanas que no le veía y apenas habíamos hablado durante esos días, así que cuando me preguntó por Ainhoa mi lengua se disparó y no dejé de hablar de ella en todo el rato. A él le hacía gracia que yo estuviera tan ilusionada con alguien a quien no le había dirigido más que dos saludos y con quien sólo había mantenido alguna que otra conversación, las cuales siempre se daban por temas relacionados con el curso.
- ¿Qué piensas hacer? - Me preguntó Samuel.
- Pues nada. Los dos sabemos que no tengo nada que hacer con ella.
- Nunca se sabe. Podrías esperar a que termine el curso y pedirle su número, por ejemplo.
- Sí, claro, ¿y qué le digo? - Era imposible que yo hiciera algo así. Me moriría de la vergüenza si me dijera que no o si me preguntara para qué lo quería.
- Le puedes decir que quieres tenerlo por si alguna vez te hace falta, por si necesitas alguna clase extra. Invéntate algo. 
- Bueno, de aquí a que termine el curso quedan meses. No voy a calentarme ahora con eso.

Después de estar toda la tarde poniéndonos al día, Samuel y yo decidimos ir al cine a ver el estreno de la última película de Almodóvar, "Los amantes pasajeros". Necesitábamos un respiro tras varias horas de charla casi monotemática. Estábamos a punto de entrar en el cine cuando vi a quien menos me imaginaba ver allí. Mi reacción no se hizo esperar.
- Samuel, ¡es ella!
- ¿Cómo que "es ella"? ¿Quién?
- Ainhoa... - Le dije mientras me frenaba en seco y le sujetaba del brazo para que no siguiera caminando. - Acabo de verla en la barra del bar.
- ¿Quién es? ¡Quiero verla! - Me preguntó Samuel asomándose tímidamente por la puerta que daba acceso al hall del cine.
- La chica morena que está pagando ahora mismo. - El color de mi cara subió de tono en milésimas de segundo.

Ainhoa iba vestida con unos jeans grises de pitillo y una chaqueta de punto azul marino que le llegaba casi por las rodillas. La llevaba abierta, algo desbocada, y se le podía intuir por debajo una camiseta blanca con el escote acentuado. Calzaba unas simpáticas zapatillas "Converse" y de uno de sus hombros colgaba un bolso tipo bandolera que le caía por debajo de la cadera. Mientras pagaba al dependiente observé cómo sacaba su teléfono móvil del bolso y lo ojeaba. Seguramente estaba esperando a alguien y comprobaba sus mensajes... Era raro que estuviera sola.
- Vámonos. - Le pedí a Samuel.
- No, no, de eso nada.
- No quiero encontrarme con ninguna situación incómoda. ¿Y si está con su chico?
- ¿Y si no lo está? Yo la veo sola. No va con nadie.
- Bah...
Samuel me agarró del brazo y me tiró hacia él mientras comenzaba a caminar hacia el interior del hall. Intenté oponerme pero lo hizo con tanta fuerza que no me quedó otra opción que seguirle.
- ¡Qué vergüenza! Como esté con alguien, me muero.

Ainhoa se alejó unos metros de la barra con los ojos puestos en su teléfono móvil y tomó asiento en un taburete, mientras comía unas palomitas. Estaba tan metida en la supuesta conversación online que no nos había visto acercarnos a ella con la intención de que se diera cuenta de que yo estaba allí.
- No nos hace ni caso. - Le comenté a Samuel.
- No nos ha visto, que no es lo mismo, jajaja. Voy a comprar las entradas, tú sigue vigilando. - Me contestó en tono bromista.

Mientras Samuel se acercaba a la barra yo me quedé merodeando alrededor de Ainhoa, esperando a que levantara la vista de su estúpido teléfono y me viese. ¿Y si me había visto ya y estaba disimulando para no tener que saludarme? Joder, qué situación más extraña. Mi cabeza no dejó de sacar conclusiones precipitadas en esos minutos en que estuve sola. Por otra parte, tampoco sabía muy bien qué iba a decirle si me veía. Seguramente me quedaría muda o sólo lograría balbucear cuatro frases sin sentido. Ainhoa me ponía muy nerviosa.
- ¡Ya tengo las entradas! - Me gritó Samuel desde la barra.
En ese momento vi como Ainhoa miraba hacia él con un gesto de sorpresa. Yo seguía embobada, ajena a la reacción de Samuel, y cuando ella se dio cuenta de que la estaba mirando, le cambió la cara y me sonrió de un modo muy expresivo.
- ¡Ey, Laura, no te había visto! - Me saludó Ainhoa levantándose del taburete y viniendo hacia mí.
- Hola, ¿qué tal? - Los nervios no me permitieron contestar otra cosa.
- ¿El chico entusiasta de la barra es tu amigo? Jajaja. - Me preguntó.
Qué vergüenza... En ese momento no podía estar más colorada. Me ardía la cara.
- Sí, es así de tonto, jajaja.
- Parece que nunca haya venido al cine. - Dijo con una sonrisa enorme.
Samuel nos interrumpió y, tras las presentaciones pertinentes, le preguntó a Ainhoa qué película iba a ver.
- "Los amantes pasajeros", ¿y vosotros? 
- Genial, nosotros también. ¿No me digas que vienes sola? - Samuel le volvió a lanzar una nueva pregunta un tanto descarada. A mí, al menos, me lo parecía. El rojo que inundaba mi cara seguía subiendo de tono...
- Sí, he venido sola. Me siento con vosotros si no os importa, ¿vale? 
La reacción de Ainhoa me descolocó por completo. Es cierto que pensaba que era una chica extrovertida y muy agradable, pero no hasta el punto de unirse a nosotros para ver la película. Nuestra relación era puramente formal, de profesora y alumna, y perfectamente podría haberse inventado cualquier excusa para contestar a las indirectas de Samuel. Yo no sabía ni qué decir, pero tampoco hacía falta. Samuel y Ainhoa comenzaron a charlar amigablemente mientras seguíamos esperando el momento de entrar en la sala.
- ¿De dónde eres, Ainhoa? - Le preguntó Samuel.
- De Santiago. - Contestó con una sonrisa orgullosa. - ¿Vosotros sois de Valencia o estudiáis aquí únicamente?
- No, no, somos de aquí. Laura vive en el centro y yo en un barrio un poco más apartado: Benicalap, ¿lo conoces?
- Joder, claro que lo conozco. Si tengo ahí mi apartamento. ¡Qué casualidad! - Contestó Ainhoa entusiasmada.
Casualidades o no, Samuel estaba consiguiendo más en diez minutos que yo en dos meses. A pesar de la soltura con la que veía hablar a Ainhoa, yo era incapaz de preguntarle nada. Ni siquiera contestaba a sus preguntas y prefería que lo hiciera Samuel. En cuanto vimos que abrían la cinta para entrar en la sala, nos levantamos de los taburetes y nos dirigimos hacia allí. Puede resultar extraño, pero me alegré de que aquéllo cortase por un momento la conversación entre Samuel y Ainhoa.
- Chicos, voy a comprar algo de beber, id entrando y ahora os busco.
Samuel y yo tomamos asiento en nuestras butacas y, mientras esperábamos a que llegase Ainhoa, aprovechamos para hablar de lo que estaba pasando. 
- Deberías soltarte un poco. "Tu chica" es muy simpática y nos da pie a hablar perfectamente con ella. - Me reprochó Samuel.
- Ya, ya lo sé, pero es que me quedo bloqueada. Creo que me da miedo meter la pata diciendo algo que no debo o que pueda pensar que soy una cría.
- Sé tú misma y ya está. Seguro que ella es más cría que nosotros, jajaja.
Samuel pasó su brazo por mis hombros, se acercó a mí y me besó en la mejilla con mucho dulzura. Ese gesto me hizo sonreír.

Ainhoa tardó apenas cinco minutos en volver, pero las luces de la sala ya estaban apagadas y habían comenzado a proyectar algún que otro trailer. Cuando nos localizó, vino hacia nosotros y se sentó a mi lado. 
- Dejo aquí me refresco, así puedes beber tú también. - Me dijo mientras apoyaba el vaso de bebida entre nuestras butacas.
- Gracias. - Le contesté yo, nerviosa de nuevo. La relajación tan sólo me había durado unos segundos.

Las casi dos horas de película transcurrieron con normalidad. Ainhoa se reía a carcajadas con alguna escena y, de vez en cuando, me asestaba alguna palmada en la pierna, como invitándome a reír con ella. Comentaba acciones de la película, resaltando ciertos comentarios y bromas, supongo que porque vio que yo no me reía demasiado. Pero, ¿cómo reírme? No estaba prestando atención, era como estar en su clase de inglés. Si alguien me preguntara al salir "¿De qué va la peli?" difícilmente podría contestarle. En mi cabeza sólo cabía Ainhoa. No había sitio para nada más.

Las luces de la sala se encendieron mientras Samuel y Ainhoa se levantaban de sus butacas. Yo, aún en mi asiento, los miré con los ojos cansados de tanta oscuridad.
- No te ha gustado mucho la película, ¿eh? - Me dijo Ainhoa con una sonrisa en los labios.
- No mucho, jajaja.
No sé si me gustó o no, pero tener a Ainhoa sentada tan cerca de mí durante tanto tiempo me bastaba para que la velada hubiera sido perfecta. Al salir de la sala, nos quedamos por unos segundos en la puerta del cine sin saber muy bien qué decir. Samuel fue quien rompió el hielo.
- Bueno Ainhoa, encantado de haberte conocido. Espero que hayamos sido buena compañía. - Le sonrió mi amigo mientras continuaba hablando. - Me ha hecho ilusión conocerte, Laura me había hablado maravillas de...
- ¡Samuel! - Corté a mi amigo antes de que siguiera metiendo la pata. - No le hagas caso Ainhoa, sólo le dije que tenía una profesora muy simpática. 
Qué vergüenza me estaba dando aquella situación. Ainhoa nos miraba sin dejar de sonreír, pero no sé porqué sospeché que se empezó a sentir incómoda. Claramente, me equivoqué.
- Oye, pero no nos despidamos aún. ¿Habéis cenado? 
Samuel y yo nos miramos con cara de incredulidad.
- No, pensábamos ir a tomar algo rápido antes de volver a casa. - Le contesté.
- Vayamos al centro, conozco un bar donde se come muy bien y se bebe mejor, ¿os parece?
¿Nos parece? A mí me parecía que no podía ser real lo que me estaba pasando esa noche. Ainhoa era mucho más encantadora de lo que pensaba y, por lo que parecía, se encontraba muy a gusto con nosotros. En ningún momento se me pasó por la cabeza decirle que cenáramos juntos, pero ella no lo dudó en ningún momento. Me encantó esa seguridad que tenía en sí misma. Era peligroso que continuara gustándome tanto después de haberla conocido un poco mejor... y aún quedaba noche por delante.

La cena transcurrió entre risas y mucha conversación. Poco a poco fui soltándome con ella y ya no me importaba que me viera tal y como era. El miedo a decir algo que pudiera resultarle inmaduro o fuera de lugar iba desapareciendo conforme pasaban los minutos. Ainhoa era una chica muy jovial y, aunque era un poco mayor que nosotros, la edad dejó de importarnos enseguida.
- ¿Eres muy joven para estar dando clases en la universidad o me lo parece? - Samuel seguía con su interrogatorio.
- Bueno, soy joven. - Sonrió Ainhoa. - Tengo 32 años. Llevo dando clases desde hace bastante, pero en la universidad sólo estoy desde septiembre. 
- ¿Y en Valencia? - Le pregunté yo.
- También desde septiembre. Me vine cuando me ofrecieron el puesto de profesora del curso de inglés. ¿Vosotros qué edad tenéis?
- Yo tengo 20 y Laura acaba de cumplir 19. - Le contestó rápidamente Samuel.
- ¿19 años? - Preguntó Ainhoa con un gesto de sorpresa. - Pensaba que eras mayor.
Ainhoa se olvidó por un momento de Samuel y se centró en mí y en mi escasa edad. - Perdona, la verdad es que debería haber pensado que tenías la edad que tienes. Casi todos los alumnos de nuestra clase son de primero y segundo. - Prosiguió Ainhoa.
- No pasa nada... - Le contesté tímidamente.
Yo no entendí muy bien por qué había parecido molestarle que fuera tan joven, pero su cara perdió la sonrisa que había lucido toda la noche. Samuel me miró, también con cara de desconcierto, y me frunció el ceño mientras se encogía de hombros, haciéndome ver que no entendía su reacción. Tras unos instantes de incómodo silencio, creí oportuno decir algo para suavizar el ambiente.
- Oye, pero beber sí puedo, ¡soy mayor de edad!
Ainhoa levantó la mirada y se rió. Seguidamente me pidió disculpas 
- Lo siento Laura, olvidemos este momento. - Me dijo dulcemente mientras pasaba su mano por mi brazo.

La noche seguía avanzando y, así, llegamos al postre, los cafés y la última copa. Poco a poco nos fuimos quedando solos en aquel bar en el que nunca antes había estado. Samuel y yo no solíamos frecuentar este tipo de locales. Nuestras cenas de amigos siempre consistían en grandes cantidades de "fast food" o comida china.
- Chicas, es un poco tarde y creo que he bebido suficiente. - Dijo Samuel lanzando una breve risita, seguramente a causa del alcohol ingerido. - Creo que lo mejor es que me retire en este punto.
- Sí, tienes razón, es tarde...
- ¿Te vas tú también? - Ainhoa me interrumpió inesperadamente. 
- No sé... - Le contesté sin tener claro qué decir.
- ¿No has dicho que vives por el centro? 
- Sí, muy cerca de aquí.
- A mí me apetece quedarme un rato más. Si quieres nos tomamos una copa en otro sitio y ya te acompaño a casa. 
- ¡Perfecto! - Gritó Samuel. - Yo voy a llamar a un taxi.
Samuel se acercó a Ainhoa para despedirse y después vino hacia mí, de una manera muy efusiva, y me rodeó con sus brazos. 
- Laura, pásalo muy bien. No te crees ni tú que te vayas a quedar a solas con ella. - Me dijo al oído entre risas.
- Calla, anda... estoy atacada de los nervios. - Le susurré mientras lo apartaba para no llamar la atención de Ainhoa.

Una vez que Samuel se había marchado, Ainhoa y yo decidimos tomar la última copa en un local cercano a mi calle. Entre las cervezas de la cena, la copa de después, y teniendo en cuenta mi poca experiencia con el alcohol, yo preferí terminar con un refresco, no fuera a ser que aquéllo me hiciera perder la cabeza. En todo momento la conversación fue muy amena. Ainhoa me habló de su trabajo como profesora y de lo mucho que disfruta impartiendo clases a chicos jóvenes. Yo la miraba obnubilada mientras hablaba. No conseguía creerme que estuviera conmigo, charlando de nuestras cosas como si fuéramos amigas. Estos dos meses atrás había intentado conocerla de mil maneras sin ningún éxito. Nunca supe cómo acercarme a ella y ahora la tenía delante, de la forma más casual.
- Laura, ¿cómo llevas mis clases?
Vaya, la conversación tomó un rumbo inesperado...
- Bueno, me cuesta un poco aprender otros idiomas, pero le pongo muchas ganas. - Creo que resolví bien la papeleta. - Eso sí, tus clases me encantan.
- Sí, eso ya lo sé. - Me dijo Ainhoa mientras me guiñaba el ojo.
- Jajaja, ¿a qué ha venido eso? - No pude evitar reírme con el gesto con el que acompañó tal afirmación.
- No sé, se te ve muy contenta en clase, no como otra gente, que parece que están en el matadero.
En ese momento se me pasó por la cabeza decirle que lo que me motivaba para estar contenta no eran sus clases, sino ella, pero esa idea desapareció pronto de mi cabeza. Decirle aquéllo hubiera sido un suicidio.
- Si te interesa dar alguna clase extra sólo tienes que decírmelo. Estaré encantada de ayudarte. - Ainhoa me dedicó la quincuagésima cuarta sonrisa de la noche.
- Muchas gracias, la verdad es que no me vendrían nada mal. - Le contesté devolviéndole la sonrisa.

Eran ya más de las tres de la mañana y la noche estaba llegando a su final. Ainhoa decidió acompañarme a casa aprovechando que había una parada de taxi cerca de allí. Al llegar a mi portal, las dos nos quedamos en silencio, mirándonos y sin decir nada. No sé si fue fruto de mi imaginación, pero parecía que no quisiéramos separarnos. A los pocos segundos, Ainhoa fue quien tomó la palabra.
- Bueno Laura, me he divertido mucho esta noche. - Me dijo muy dulcemente. - Yo que esperaba volverme a casa después de mi solitaria sesión de cine y mira: noche perfecta. Cuando veas a Samuel díselo también.
- Yo también lo he pasado muy bien. - Creo que mi cara lució en aquel momento la sonrisa más grande de mi vida.
Ainhoa se acercó a mí y, pasando su mano por mi espalda, me atrajo hacia ella para besarme en la mejilla. No sé cuánto duró ese instante, pero mi corazón debió pararse durante ese tiempo. 
- Nos vemos el miércoles en clase...
- ¿Podríamos vernos el martes? - Le pregunté algo acelerada. 
- ¿El martes?
- Sí, la clase de repaso que me has comentado antes. - No sé por qué le dije eso. Era como si una fuerza interior me hubiera obligado a hacerlo.
- Ah, ¡claro! Espera...
Ainhoa sacó un bloc de notas y un bolígrafo del bolso y, apoyada en el capó de un coche, tomó nota de algo. Luego arrancó la hoja, la dobló y me la dio.
- Te dejo anotada la dirección de mi despacho particular. El martes a las 12 te espero, ¿te viene bien?
- Sí, allí estaré puntual. 
- Genial. - Concluyó Ainhoa.

Tras habernos citado para el martes, nos volvimos a despedir y Ainhoa se fue hacia la parada de taxi. Yo me quedé observando cómo se alejaba desde el interior de mi portal, mientras seguía alucinando con lo que había pasado, y es que aún no me creía haber estado toda la noche con ella. Tras perderle de vista me apoyé en la pared, levanté la cabeza y cerré los ojos muy fuerte. Hice un rápido recorrido por todos los momentos vividos en las últimas horas y justo me paré en el instante en el que me había pasado la nota con su dirección. Entonces, abrí de golpe los ojos y observé el papel doblado que tenía en mi mano. Lo abrí, leí lo que decía y una duda me asaltó de repente... ¿Qué significaba aquéllo?



2 comentarios: