sábado, 25 de mayo de 2013

Young innocence (IV). Esta vez no digas nada.

Los gritos de mi madre me despertaron antes de lo previsto, tras apenas cuatro horas de descanso. El día anterior me había propuesto acostarme pronto para afrontar el martes con tranquilidad, pero me fue imposible conciliar el sueño. Demasiados nervios, y eso que no era la primera vez que iba a estar a solas con Ainhoa. 
- Laura, no te lo digo más, ¡despierta y ven a ayudarme!
Tres llamadas era suficientes, así que me levanté de la cama sin darle más tiempo para seguir enfadándose. Miré el reloj y observé que faltaban unos minutos para que dieran las 10 de la mañana. Era raro que mi madre me reclamase tan temprano, teniendo en cuenta que siempre solía despertar pasado el mediodía. Ese martes se le había antojado que yo tenía que ayudarle, ¿pero a qué?
- ¿Qué pasa, mamá?
- Hoy llega tu padre de viaje, me tienes que acompañar a hacer la compra. - Me contestó ligeramente molesta. - ¿Tengo que recordarte todos los días las cosas?
- No me acordaba de que era hoy cuando venía, y yo he quedado a las 12, así que no creo que pueda ayudarte. 
- ¿Y qué tienes que hacer tan importante para no poder? 
- Tengo una tutoría de inglés.
- Bueno, te vienes y te acerco a la facultad. Luego te vuelves en metro o como quieras.
- Mamá, no... - Mi madre no iba a entender que la tutoría fuera en el despacho particular de la profesora. No creo siquiera que me hubiese creído, porque ni yo me lo creía.
- ¡Aquí la cuestión es hacer lo que te de la gana! A las 14 en punto empezamos a comer, procura no llegar tarde. - Mi madre se dio la vuelta, cogió su bolso y salió de casa dando un portazo.

Tenía dos horas por delante mientras esperaba mi cita con Ainhoa y, viendo cómo habían transcurrido los tres días anteriores, me temía que se me iban a hacer eternas. Volví a la habitación, me senté en la cama y abrí el primer cajón de mi mesita de noche. Rebusqué en el fondo y saqué la nota que Ainhoa me había dado el viernes. La volví a leer, sonriendo como una idiota y pensando en ese mensaje de móvil que se me quedó pendiente de envío. El viernes, cuando llegué a casa, estuve dándole vueltas a esas palabras escritas "Úsalo cuando quieras". Pensé que algo escondían, aparte de un simple "Si necesitas clases extra, llámame". Era todo tan informal que no sabía cómo tomármelo. Aquella noche, tras unos minutos de reflexión, decidí escribirle un mensaje. Me conecté al servicio de mensajería y vi que estaba "en línea", así que comencé a escribir:

"Hola Ainhoa, sólo quería decirte que lo he pasado muy bien 
esta noche y que me ha encantado conocerte mejor :) 
Nos vemos el martes... Buenas noches. Laura."

Cuando estaba a punto de enviarlo, el temor a que Ainhoa no me respondiera se apoderó de mí. También comencé a imaginarme su reacción al leerlo. Seguramente pensaría que era muy inmaduro utilizar el número para eso y tal vez se riera o lo viera ridículo. Ella me ofreció su ayuda desinteresada y yo, mientras, me dedicaba a mandarle mensajitos tontos de "buenas noches". Mientras pensaba todo aquello, el móvil vibró entre mis manos, sacándome por unos instantes de mis pensamientos. Era una llamada de Samuel. Me preguntó cómo había terminado la noche. Diez minutos hablando con él y explicándole lo maravilloso que había sido todo fueron suficientes para que se diera cuenta de que no podía estar más ilusionada. Le conté todo lo que había pasado... o casi todo, ya que no le dije que hoy tenía una cita con ella y que, además, me había dado su número de teléfono. Ese detalle quería guardarlo sólo para mí. Era muy tarde, así que Samuel y yo nos despedimos y me acosté en la cama, con el teléfono entre mis manos, mirando ese mensaje que no llegué a enviar. Tantas dudas no eran un buen presagio, y con esas dudas rondando por mi cabeza me dormí.

Para mi cita con Ainhoa elegí unos vaqueros ajustados y uno de mis jerseys favoritos, de color gris marengo. Quería estar guapa para ella y llamar un poco su atención. No estaba muy convencida de aquéllo, pero ya que ella parecía mostrar algo de interés, yo tenía que intentarlo. Salí de casa cuando aún faltaban más de treinta minutos para mi cita con Ainhoa. Entre los edificios de mi calle asomaba alguna nube oscura, anunciando lluvia, y el viento golpeaba con fuerza mi cara. Hacía algo de frío, así que saqué un pañuelo de mi bolso y me lo anudé al cuello.

De camino al metro fui repasando mentalmente todas esas pequeñas dudas que debía aclarar con ella, porque aunque la tutoría era lo que menos me importaba, tenía que aparentar que se la había solicitado porque de verdad la necesitaba. Tras unos minutos de viaje, llegué a la parada más cercana, momento en el cual empezaron a aparecer los primeros síntomas de nerviosismo. Cuando salí del metro comenzó a chispear, hecho que me incomodó bastante ya que había olvidado el paraguas en casa y aún tenía que recorrer una larga avenida hasta llegar al despacho de Ainhoa. Comencé a andar rápidamente, sin poder protegerme de la lluvia bajo ninguna cornisa. Lo único que había en esa calle era, a un lado, un gran descampado, y al otro un estadio de fútbol en obras. Terminé medio empapada y con el pelo hecho un desastre. Adiós a mis planes de estar perfecta para ella. Tras una carrera, llegué a su calle con el tiempo justo. Ainhoa estaba en su portal y, conforme me iba acercando, se dio cuenta de mi presencia y levantó su mano saludándome. Iba preciosa, aunque mi opinión dejó de ser objetiva hace tiempo. Se había cortado un poco el pelo y ahora lo llevaba muy despuntado, con la nuca despejada y bastante más largo por delante. Vestía una minifalda granate con unas bailarinas de leopardo y la chaqueta vaquera con la que apareció el primer día que la vi. Me fijé en que, además, había cambiado su diminuto piercing de la nariz por un pequeño aro de plata. Una sonrisa apareció en mi rostro cuando, al llegar a ella, se acercó a mí y me dio un par de besos. 
- Ya pensé que no llegabas. - Me dijo en tono de broma.
- Perdona, no calculé bien el tiempo que iba a tardar.
- ¿No me digas que vienes andando, con la que está cayendo?
- No, no, he venido en metro. Paré en Beniferri, pero aún así me he calado, jajaja. 
- Ya veo... Este barrio no está muy bien comunicado, la verdad. Yo también paro ahí cuando vengo en metro. Por eso prefiero coger el coche, sobretodo cuando tengo clases en la universidad. Bueno, subamos a mi apartamento. Son tres pisos sin ascensor, quedas avisada, jajaja.

Ainhoa pasó delante de mí y mientras subíamos las escalera continuó hablándome.
- He bajado a recibirte porque creo recordar que no te anoté mi piso.
- No, se te olvidó. Tenía pensado buscarlo en los timbres.
- Yo que pensaba que me llamarías para preguntar... Pero ya veo que no has usado mi número. - Ainhoa soltó una carcajada, se giró hacia mí y me sacó la lengua de manera simpática.
- Jajaja, supongo que si no hubiera encontrado tu timbre sí te hubiera llamado. 
- ¿Y sólo hubieras usado el número para eso? - Me preguntó en tono sarcástico.
Tras escuchar esa pregunta quise entender que tenía cierto interés en que hubiera utilizado su número por otros motivos, así que le contesté con sinceridad dejando mis temores a un lado.
- Si quieres que te diga la verdad, estuve a punto de enviarte un mensaje de buenas noches el viernes, pero me pareció un poco tonto. 
Valentía, ven a mí.
Ainhoa se paró en seco, se volvió a girar y, esbozando una sonrisa, me contestó.
- Adoro los mensajes de buenas noches. Yo me quedé esperando uno, también ese viernes.
Me quedé muda. No supe qué contestar y Ainhoa se debió dar cuenta. 
- Pero no pasa nada, ya me mandarás un mensaje otro día, jajaja. - Continuó diciéndome al tiempo que seguía subiendo las escaleras.
En ese momento mis nervios volvieron a aparecer. De repente me olvidé de la lluvia, de las prisas y de todo lo que había rodeado mi agitada mañana. Ahora tenía en mente ese mensaje que no envié por miedo a meter la pata, pero sabiendo que no le hubiera incomodado, me quedaba mucho más tranquila y, por qué no decirlo, muy contenta.

Ainhoa y yo entramos en su apartamento, como ella misma lo había definido unos segundos antes. Yo venía creyendo que se trataba de un despacho que tenía para temas de trabajo, pero no. Se entraba directamente a la sala de estar, donde al parecer tendríamos la tutoría. En su mesa de comedor tenía el ordenador portátil ya preparado, junto a un montón de papeles y encuadernaciones. Se veía que era un pisito muy acogedor, quizás un tanto pequeño, y decorado de manera muy sencilla. En medio de la sala había una mesita de centro repleta de velas perfumadas y dos quemadores de incienso, rodeada por dos sofás de color blanco y un pequeño mueble de madera envejecida, en el que había una tele bastante antigua. En las paredes sólo tenía dos lienzos colgados, bastante extraños para mi gusto, de pintura oscura y lúgubre.
- ¿Qué te parece mi refugio? - Me preguntó al ver que no dejaba de mirar a mi alrededor. 
- Me gusta, es acogedor. Pero las pinturas no me causan buena impresión, lo siento, jajaja.
- Suele pasar, no te preocupes. Parecen siniestras, pero si indagas en su significado seguro que las ves con otros ojos. 
Ainhoa no dejaba de sonreír. Ni siquiera dejó de hacerlo al ver cómo criticaba su decoración, y eso me gustó mucho. 
- En la próxima tutoría me explicas el significado de tus cuadros. - Le respondí devolviéndole la sonrisa.

Ainhoa me invitó a tomar asiento mientras ella encendía la calefacción. Después se ausentó un momento y se fue hacia la cocina. Ya desde allí, se dirigió hacia mí.
- Laura, ¿quieres una cerveza? Yo voy a tomarme una.
- Eh... vale, pero puede ser que tengas que ayudarme a terminármela. - Le contesté bromeando.
Volvió a los pocos segundos con dos cervezas y unas aceitunas, y tomó asiento a mi lado.
- Joder, qué bien tratas a tus alumnos. Seguro que así te solicitan muchas tutorías, jajaja.
- ¡Para nada! No suelo tener cervezas en el despacho de la universidad. Tú eres mi primera alumna invitada... pero bueno, tampoco quiero tratarte como tal. "Alumna" es una palabra que no me gusta para ti. 
Ainhoa se acarició el pelo mientras decía todo aquéllo y me volvió a sonreír. ¿No podía dejar de hacerlo? Entre las sonrisas y sus palabras yo ya no sabía qué hacer ni qué pensar. Podían ser cumplidos o que sólo le gustara gustar, pero yo tenía la esperanza de que todo eso lo hiciera exclusivamente por mí... Sea lo que fuera, conseguía dejarme muda. 
- Venga, ¡pongámonos con el estudio! ¿Cuáles son tus dudas? - La tutoría acababa de empezar.

Estuvimos resolviendo dudas cerca de una hora, entre bromas y algún que otro comentario irónico acerca de ciertos compañeros míos de clase. Entre nosotras empezaba a existir mucha complicidad y confianza, y viendo que podía charlar abiertamente de algún que otro tema comprometido, quise preguntarle algo que se quedó en el tintero el viernes anterior.
- Ainhoa, ¿te puedo preguntar algo? Ya sé que me dijiste que olvidara el tema, pero soy muy curiosa.
- Dime, ¿qué es? 
- Cuando Samuel te dijo mi edad te noté decepcionada, y no sé muy bien por qué.
- Vaya... Siento haberte dado esa impresión. - Ainhoa volvió a perder su sonrisa y eso hizo que insistiera en mi pregunta.
- Pero mírate, te has vuelto a poner seria. 
- No lo sé, Laura. Quizás tu corta edad haga que me frene en ciertos aspectos, y sé que no debo, pero te veo tan niña... que tengo dudas.
- ¿Dudas? 
- Perdona... - Ainhoa se levantó de su silla, recogió los botellines de cerveza vacíos y marchó hacia la cocina, dejándome con la palabra en la boca.

No recordaba la última vez que mi corazón había latido tan deprisa. Ni siquiera el día en el que me vi sorprendida por ella al entrar en clase. Recordar aquel momento me hizo sonreír, pero no sirvió para tranquilizarme, sino más bien todo lo contrario. Quería entender todo eso como una retahíla de insinuaciones, ya que realmente era lo que parecía, pero como nunca nadie se había interesado por mí tampoco sabía cómo actuar. 

Ainhoa tardaba más de lo normal en volver de la cocina, así que me levanté de la silla y comencé a cotillear entre sus cosas de la manera más natural. Vi que tenía una pequeña colección de música, entre la cual encontré grupos que en mi vida había escuchado y otros que me gustaban bastante. Cogí un disco de "La Oreja de Van Gogh" y lo metí en el reproductor de música. Ainhoa llegó en ese momento.
- ¿Qué CD has puesto? - Me preguntó con el rostro aún serio.
- Ya lo verás. - Le contesté esbozando una sonrisa traviesa.
Busqué una canción en especial y le di al play, mientras volvía a mi silla. La música comenzó a sonar mientras Ainhoa continuaba de pie, esperando.

"Quítate de una vez el sombrero de pensar. Prueba a hacer, sin querer, lo que quieres de verdad. 
Eso es, mírame, di tu nombre en voz alta... 
Quítate de una vez las gafas de intelectual. El cristal deja ver cuánto lloras ahí detrás. 
Eso es, tócame, y esta vez no digas nada...
Ven conmigo, ven conmigo por la ciudad. Ven conmigo, desatemos un vendaval. 
Esta noche no me importa el "qué dirán"..."

Ainhoa volvió a sonreír mientras escuchaba la letra de la canción, especialmente elegida para ese momento. Un brillo peculiar iluminó sus ojos y, seguramente, ese mismo brillo iluminara los míos. Cuando terminó de sonar "Esta vez no digas nada", Ainhoa volvió a su silla, pero antes de sentarse se paró detrás de mí y puso sus manos sobre mis hombros.
- ¿No tienes calor? Quítate el pañuelo que me estoy agobiando de vértelo puesto. 
Sin darme tiempo para contestarle, Ainhoa lo cogió y comenzó a desnudármelo con mucha delicadeza. Al sentir sus dedos en mi cuello, algo parecido a una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo y me estremecí. 
- Me has hecho cosquillas... - Le dije avergonzada.
- Vaya, si que eres tú delicada. - Me contestó ella con mucha dulzura.
Ya sentada, noté cómo había acercado su silla hasta la mía. Tenía a Ainhoa a escasos centímetros, mirándome fijamente y en absoluto silencio. Parecía que iba a hablarme cuando noté algo sobre mis piernas que me sobresaltó.
- Joder, ¿qué hay ahí debajo? - Grité levantándome de un salto.
- Jajaja, no es nada, tonta. - Ainhoa comenzó a reír al tiempo que cogía en brazos al culpable de ese momento de pánico.
- No sabía que tenías un gato... ¿o gata?
- Gato. Es un joven apuesto, ¿verdad? - Ainhoa continuaba hablando mientras abrazaba a su pequeño amigo. - Lo raro es que haya salido a saludar. Es muy tímido y no le gustan mucho las visitas.
- Me lo tomaré como algo positivo entonces. - Le contesté sin dejar de mirar al minino. - ¿Cómo se llama?
- Mr. Chocolat. 
- Qué nombre tan original... y en inglés, por supuesto. - Comencé a reír imaginándome lo absurda que le había debido parecer, saltando de la silla al notar a Mr. Chocolat paseando alrededor de mis piernas. - Es muy simpático.
- No suele serlo con desconocidos. Le has caído bien, como a la dueña. 
Las dos comenzamos a reír con el pequeño gatito como testigo de ese momento. Mr. Chocolat era un gato de color canela, con el morro afilado y las orejas bastante grandes. Sus ojos almendrados eran amarillos y parecía muy joven. Por su estatura no diría que tenía más de un año. Lo cierto es que se veía un gato realmente adorable. Le pedí que me dejara cogerlo en brazos y, cuando lo tuve encima, tomé asiento de nuevo y el pequeño felino comenzó a jugar conmigo, ronroneando al mismo tiempo.
- ¡Lo que faltaba! Ahora se pone a ronronear, jajaja. - Comentó divertida. - Este no sabe cuándo molesta...
Ainhoa cogió a Mr. Chocolat de mis brazos y lo dejó en el suelo. Yo le seguí con la mirada, viendo cómo se adentraba en el pasillo, ensimismada con su peculiar movimiento al caminar. No me di cuenta de que Ainhoa se había acercado un poco más a mí, y es que cuando me giré hacia ella la tenía prácticamente encima, mirándome a los ojos. Pasaron apenas dos segundos y Ainhoa levantó su mano, posándola sobre mi cara, para acariciarme la mejilla con la yema de su dedo pulgar.
- Laura, me gustas muchísimo. - Ainhoa pronunció esas palabras y yo me derretí, literalmente.
No pude reaccionar ante aquéllo y ella debió de darse cuenta. Como si supiera lo que necesitaba, Ainhoa se inclinó hacia mí y me besó muy dulcemente en los labios. Fue un beso firme y tierno. Por primera vez sentía unos labios pegados a los míos, y no creo que hubiera deseado nunca que fueran otros distintos a esos. Ainhoa se separó de mí un segundo, me miró a los ojos y continuó besándome, esta vez con más pasión. Su mano se apartó de mi mejilla para agarrarme la nuca, acariciándola al mismo tiempo. Sus dedos jugaban entre mi pelo recogido mientras la otra buscaba mi cintura. Yo aún no había reaccionado y me mostré estática, pero recíproca al mismo tiempo, prueba de que ella continuó besándome sin ningún pudor. De vez en cuando se separaba de mi boca para besarme las mejillas y las comisuras de los labios. Su lengua comenzó a jugar con la mía y yo me puse realmente nerviosa. Nunca había besado a nadie y no sabía si lo estaba haciendo bien. Ainhoa se dio cuenta y se acercó a mi oído para susurrarme algo.
- ¿Va todo bien?
Yo asentí con la cabeza, sin tener muy clara mi respuesta, y ella continuó besándome en el cuello.
- Con ese pañuelo no hubiera podido...
Sus palabras, sus manos buscándome y su seguridad no debían suponer para mí ningún problema. Lo ideal es que ella llevara la voz cantante en ese momento, pero mis nervios volvieron a aflorar cuando mi cabeza comenzó a adelantarse a los acontecimientos. Comencé a pensar en eso que me había dicho hacía un rato, en que "mi corta edad" podía suponerle un freno en ciertos aspectos. No quería ser para ella sólo un juego pasajero, y sabía que si fuera así la única perjudicada iba a ser yo... Poco a poco, la humedad de su boca inundaba la mía. Yo disfrutaba con aquéllo y veía a Ainhoa disfrutando también. Me besaba y sonreía, y sus miradas de ternura se alternaban con miradas de deseo. La excitación que estaba sintiendo no evitó que reaccionara de un modo que tal vez ella no entendió. Sus manos comenzaron a bajar por mi cintura y cuando las tuve sobre mi vientre, me aparté de manera violenta y le pedí que parara.
- No puedo, Ainhoa... Lo siento.
Ainhoa no tardó en disculparse, pero yo no quería ni podía quedarme allí más tiempo. Me sentía fatal y no sabía por qué. Necesitaba salir de allí, así que recogí mis cosas y me despedí algo acelerada.
- Me tengo que ir, siento todo esto. 
- Laura, espera... 
Salí del apartamento de Ainhoa a toda prisa, casi sin mirarle a los ojos, y de camino a casa fui desgranando cada momento vivido en esos últimos minutos. Buscaba una explicación a ese miedo irracional que había comenzado a sentir de repente. No pude evitar llorar, pensando en cómo se habría sentido ella, pero en ese instante no pude reaccionar de otra forma.

Llegué a casa pasadas las 14 y calada hasta los huesos. La lluvia no había dejado de caer en todo el día y volví a mojarme, pero esta vez me había dado igual. Cuando abrí la puerta de mi casa, los gritos de mi madre me dieron la bienvenida.
- ¡Laura, te he estado llamando! ¿Es que no miras el móvil? 
- No, mamá, iba en el metro y no tenía cobertura. Voy a ducharme, que me ha pillado la lluvia y vengo empapada.
No quería discutir con ella, así que me encerré en el baño y comencé a llenar la bañera. Necesitaba un momento de reflexión y relax para pensar detenidamente en todo lo que había ocurrido. Antes de meterme en la bañera miré mi móvil y me di cuenta de que, aparte de las llamadas perdidas de mi madre, tenía un mensaje de Ainhoa:

"Laura, soy Ainhoa. Te has dejado tu agenda en mi apartamento, he cogido tu número de ahí. 
Siento mucho si te he molestado con mi comportamiento... No quería hacerte sentir mal.
Lo siento mucho, de verdad. Mañana nos vemos en clase. Kiss."

Nada más leer esas palabras entendí que, tal vez, estuviera equivocada con ella, que quizás sintiera algo real por mí y que su miedo era el mismo que tenía yo. No debía ser fácil para ella comenzar a sentir algo por una alumna a la cual le sacaba 13 años. Aquéllo desató de nuevo mis lágrimas, pero me hizo darme cuenta de una cosa: Ainhoa estaba interesada en mí y le importaba lo que yo sentía.

Para terminar de vencer mis miedos, decidí hacer algo que tampoco había hecho nunca... y es que, ¿cómo iba a dejar que alguien me conociera si ni yo misma me conocía aún? Ya dentro de la bañera comencé a acariciarme, como había hecho Ainhoa antes, pasando mis dedos por mi cintura y bajando las manos hacia mi vientre. Me sumergí en el agua e imaginé que mis manos eran las suyas, para luego dejarme llevar y conocerme mejor a mí misma...

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