- Vale, no te preocupes. Cuando llegues avísame y bajo a la calle.
- ¿No subo?
- Bajo y vamos a por la comida... ¿O será muy pronto?
- La comida es lo que menos me importa...
- Eres de lo que no hay. - A Ainhoa se le escapó una risita.
- Jajaja, ahora nos vemos, voy a pillar el metro. Un beso.
- Hasta ahora.
Colgué el teléfono y salí a toda prisa de casa. Mi domingo con Ainhoa acababa de empezar.
Cualquier otro domingo habría transcurrido de la misma manera... Como norma general me hubiera levantado a eso de las dos de la tarde después de pasarme la noche anterior despierta hasta las cinco o las seis. Me encanta trasnochar y disfrutar del silencio de la noche metida en mi habitación mientras veo alguna serie por internet o leyendo algún artículo de cotilleo. Se podría decir que soy la antítesis de lo que suele hacer la gente de mi edad... Bueno, ya dije que soy rara. Después habría comido cualquier cosa y me hubiera tumbado en el sofá con la calefacción a tope y envuelta en una mantita para tragarme la típica película de sobremesa, de esas que programan para facilitar una siesta larga y profunda. Las tardes de domingo están hechas para descansar, dormir y no pensar en el siguiente lunes y en la vuelta a la rutina, al menos para mí. Ese domingo hubiera sido exactamente igual que los demás, pero no... Ese domingo tenía un plan mejor: una cita con mi novia. Habíamos quedado para comer y para pasar la tarde juntas. Aún no sabía qué íbamos a hacer realmente, pero no me importaba, lo que hiciéramos lo iba a disfrutar al máximo.
De camino a casa de Ainhoa me asaltó la misma duda de siempre, y es que no sabía cómo íbamos a vivir nuestra relación a partir de ese momento. Por primera vez teníamos una cita de verdad, dejando atrás los encuentros casuales o forzados y esa tutoría que sirvió como excusa para conocernos mejor. La verdad es que verla de nuevo ya no me ponía tan nerviosa, pero temía que alguien me viese por su barrio y no saber qué decir si me preguntaba qué hacía allí. Siempre podía decir que iba a casa de Samuel... Era la coartada perfecta. Todo eran dudas respecto a ese tema. Me di cuenta entonces de que salir a la calle con ella era un poco arriesgado y no sabía si ella había pensado en ese pequeño detalle. Con esos pensamientos en mi cabeza llegué a casa de Ainhoa.
Su portal estaba abierto, así que decidí subir sin llamar y darle una sorpresa. Cuando llegué a su apartamento vi que la puerta estaba entornada y que Mr. Chocolat se asomaba tímidamente por ella. De repente, el gatito maulló y abrió un poco más la puerta con una de sus patas, se acercó a mis piernas y comenzó a restregarse de manera cariñosa, elevando su rabo en señal de alegría. Al momento Ainhoa salió hecha un manojo de nervios.
- Laura... ¡Chocolat! - Gritó extrañada. - ¿Cómo ha salido?
- Pues... estaba la puerta abierta. Me ha visto y ha salido a recibirme, jajaja.
Ainhoa frunció el ceño y miró a Mr. Chocolat, que volvió a maullar esta vez con más fuerza.
- ¿No has abierto tú la puerta? - Le pregunté entre risas.
- ¡No! Este gato tiene ganas de juerga, ¿no ves cómo está?
- Yo no entiendo nada de gatos. No son lo mío.
- Joder, ha abierto él. Habrá saltado sobre la manivela. Lo que faltaba... La semana que viene lo llevo al veterinario para que lo castren.
- ¡Ay, pobre! ¿Por qué haces eso?
- Es lo mejor para él. Además, así no querrá salir de casa ni escaparse.
- ¿No será esto una cruzada feminista de las tuyas? Jajaja.
Ainhoa no pudo reprimir la carcajada al escuchar mi pregunta.
- Qué ocurrencias tienes. - Me contestó acercándose hacia mí.
Ainhoa me abrazó y me besó con ganas, recorriendo con su lengua toda mi boca. Yo la abracé también y cerré los ojos para recrearme en ese beso. Al separarnos, Ainhoa mordió suavemente mi labio superior, estirando de él con sus dientes. Eso me excitó.
- Joder, Ainhoa...
- Si no he hecho nada. Tú, que te alteras enseguida. - Ainhoa sonrió con malicia. - Vamos dentro.
El apartamento de Ainhoa olía a sándalo y la sala de estar estaba cubierta por una fina capa de humo blanco. La persiana estaba completamente subida y el sol de mediodía entraba con fuerza. Era una sensación agradable. En la calle hacía bastante frío pero allí sentía que me sobraba casi toda la ropa, así que me quité la chaqueta y la bufanda y me quedé en mangas de camisa.
- ¿Te molesta el olor a incienso?
- No, me encanta cómo huele.
- ¿No tendrás frío? - Me preguntó pasando sus manos por mis brazos.
- Ahora mismo no. Se está muy bien aquí.
- Bien, voy a subir un poco más la calefacción. Ya que vamos a estar aquí todo el día, al menos que estemos a gusto.
- Qué atenta... - Sonreí.
Después, Ainhoa cogió a Mr. Chocolat, se descalzó y se sentó en el sofá junto a él. Mientras, yo me quedé observando de nuevo sus discos.
- ¿Puedo poner alguno? - Le pregunté señalando su colección de CDs.
- Sorpréndeme.- Me contestó risueña.
Me gusta saber qué tipo de música escucha una persona, creo que eso dice mucho de ella... Ainhoa me descolocó por completo.
- ¿The Cobras? ¿Quién son?
- Una banda de hardcore... Punk electrónico. No es muy melodioso, pero está bien para sacar toda la rabia.
No entendí nada, así que puse el CD en el reproductor y escuché un fragmento de canción, lo suficiente para saber que no quería volver a escucharlos.
- ¿Cómo puedes escuchar a La Oreja de Van Gogh y luego tener un disco de este tipo?
- Jajaja, me gusta escuchar todo tipo de música, dependiendo de mi estado de ánimo. Pero tengo mis favoritos.
- Me gusta La Oreja... - Sonreí.
- No son mis favoritos. Sólo tengo ese disco... No me preguntes por qué.
- ¿Por qué?
- Es que no lo sé. Me gustaron un par de canción y decidí darles una oportunidad. Ahora me gustan tres canciones. - Ainhoa me sonrió con dulzura.
- Seguro que es el disco que más escuchas últimamente, jajaja. Es el más romántico de todos lo que veo.
- Anda, calla... Siéntate conmigo. - Me pidió Ainhoa extendiendo su mano.
Decidí olvidarme de la música y me senté en el sofá, apartando a Mr. Chocolat a un lado.
- Tu gato es muy bueno, pensaba que eran más estúpidos... - Le dije sin dejar de mirar al minino.
- No sabes nada de gatos. - Me dijo de manera burlona.- Ya aprenderás.
- Sí.
- ¿Y eso que te han dejado sin coche?
- Mis padres lo necesitaban... - Le contesté resignada.
- Ah, pensé que era tuyo.
- No, lo compartimos mi madre y yo. El único que tiene coche propio es mi hermano... Bueno, y mi padre, pero lo deja en Madrid. Siempre que viene lo hace en avión.
- Tu hermano sí tiene coche... No sé por qué, pero no me extraña.
- ¿Machismo también? - Pregunté divertida.
- Es lo que me parece. - Contestó con el gesto torcido. - Aunque tampoco conozco vuestras circunstancias familiares.
- A mi hermano siempre le ha hecho falta tener coche. Lo necesita a diario y no puede depender de uno compartido.
- Ah...
- Estudia en la CEU de Montcada y las combinaciones de metro y tranvías son horribles.
- ¿Tu hermano va a la universidad privada? - Ainhoa se mostró sorprendida.
- Jajaja, sí, pero porque él quiso. - Contesté quitándole importancia. - Yo, en cambio, siempre tuve claro que estudiaría en la pública.
- Me gusta tu manera de pensar. - Sonrió.
Ainhoa me rodeó entre sus brazos y me acomodó sobre su pecho. Después, me besó dulcemente en la mejilla.
- ¿Tenías ganas de verme? - Me preguntó.
- Muchas. Ayer estaba histérica de pensarlo, pero hoy ya me he relajado.
- Yo también.
- He venido dándole vueltas a un cosa...
- ¿A qué?
- ¿Vamos a salir a comer? Es que alguien podría vernos.
- Ya... A veces me olvido de lo que somos. - Ainhoa rió tímidamente.
- Nunca has estado con una alumna, ¿no? - Le pregunté desconfiada.
- No, y no me gusta que te preguntes esas cosas.
Las dos nos quedamos calladas de repente. No sabía si había metido la pata preguntándole aquello, pero su risa me hizo creer que yo no era la primera. Ainhoa seguía abrazándome y apretándome contra ella.
- Le he dado muchas vueltas a nuestra posible relación. - Dijo Ainhoa rompiendo el silencio. - En el instante en que me di cuenta de que estaba empezando a sentir algo por ti quise desechar la idea... No podía permitirme enamorarme de una alumna. Ni tan siquiera podía permitirme mirarte y ver en ti algo más que eso: una alumna...
- Lo siento, no tienes que explicarme nada. - Le interrumpí.
- En realidad sí. Quiero que estés tranquila y que veas que me tomo en serio lo nuestro. - Ainhoa volvió a besarme.
- ¿Qué te hizo cambiar de opinión? - Le pregunté.
Sentía mucha curiosidad por saber por qué se decidió a dar un paso más. Estaba claro que la que más arriesgaba con todo esto era ella.
- Bueno... En julio, si todo va bien, dejarás de ser alumna mía. A partir de ese momento podremos vivir nuestra relación tranquilamente. ¿Qué más da que tengamos que estar unos meses escondiéndonos?
Me giré sobre ella y me quedé mirándola, imaginando cómo sería todo.
- No podremos salir al cine, ir a cenar a cualquier restaurante, pasear por la calle como dos amigas normales... Ni siquiera podemos ser amigas.
- Ya. - Ainhoa torció el gesto y siguió hablando. - Si fuéramos amigas todo sería más fácil, pero ya habrá tiempo para escapadas. Al cine ya hemos ido juntas y a cenar también... Siempre podemos fingir un encuentro casual, jajaja.
Ainhoa volvió a reír y consiguió contagiarme su risa. Esta vez fui yo quien se apretó contra ella, abrazándola con fuerza.
- Me gusta estar contigo y me da igual si para ello tenemos que estar encerradas en este pequeño apartamento. Como tú dijiste, una relación a escondidas también puede ser divertida.
- Claro.
- ¿Lo sabe alguien? - Le pregunté de manera curiosa.
- Sí, mi amiga Magda. Es la chica rubia que me acompaña a veces en la facultad.
- Ah, sí... ¿Ella también es lesbiana?
- Jajaja, vaya pregunta. Pero sí, también lo es.
La respuesta no me gustó y Ainhoa se dio cuenta enseguida.
- Me hace gracia que te pongas así. - Dijo sin dejar de reírse.
Ainhoa me empujó hacia el otro lado del sofá, haciendo que Mr. Chocolat saliera espantado. Después se colocó a horcajadas sobre mí, inmovilizando mis brazos con sus manos.
- ¿Te pones celosa de Magda? - Me preguntó mientras acercaba su cara a la mía.
- No lo puedo evitar...
- No tienes por qué, tonta.
Ainhoa se acercó a mi cuello y comenzó a acariciarme con su nariz. Sus manos seguían apretando mis brazos contra el sofá y sus caderas se contoneaban tímidamente sobre mi vientre. Sinceramente, me encantaba ese dominio que Ainhoa tenía sobre mí. Sin apenas tocarme conseguía excitarme de una manera que no sabría ni explicar. Ainhoa era consciente de ello y continuaba jugando...
- Eres mala. - Le dije sonriendo.
- Un poco...
De repente, Ainhoa me liberó de sus manos y las caricias por mi cuello se convirtieron en tímidos besos. Me besaba, me acariciaba con su lengua y terminaba dándome un pequeño mordisco. Coloqué mis manos en sus caderas mientras ella continuaba bailando sobre mi cintura. Si ya hacía calor en su sala de estar, eso provocó que comenzara a sofocarme. Ainhoa se retiró por un momento y se colocó erguida sobre mí para quitarse el jersey. Yo no conseguía reaccionar.
- Chica tímida... - Murmuró.
Ainhoa volvió a tumbarse sobre mí y me cogió de las manos para llevárselas hacia sus pechos. Comencé a acariciarlos, pero enseguida sentí la necesidad de tocarlos sin nada de por medio.
- ¿Puedo? - Le pregunté mientras agarraba con mis dedos el cierre del sujetador.
Ainhoa asintió y se lo desabroché, dejando sus pechos al descubierto. Entonces, volvió a erguirse, apoyando sus manos sobre mis caderas para no perder el equilibrio... Esta vez pude observarla con total claridad, sin tener que esforzarme como la otra tarde a la luz de las velas... Yo me quedé inmóvil, completamente dominada por ella y sin poder apartar mi mirada de su desnudo... Era tan perfecta que me parecía irreal tenerla así delante de mí. Ainhoa cogió mis manos y las apoyó sobre sus muslos, invitándome a que la acariciara. Comencé a elevarlas hasta su cintura, sintiendo su cálida piel. Ainhoa se estremeció.
- Tienes las manos heladas. - Me dijo con dulzura.
Ainhoa tomó de nuevo mis manos y las apretó contra su cuerpo, deslizándolas de abajo a arriba hasta llegar a su pecho. Después las soltó, se inclinó hacia mí y me besó. Sus labios se acoplaron a los míos en un beso lento y mis manos comenzaron a jugar con sus pezones. Mientras nos besábamos, Ainhoa me fue desabrochando la camisa con mucha delicadeza. No había prisa por devorarnos ni esos nervios que sentí la primera vez. Ainhoa se despegó de mis labios y fue paseándose por todo mi rostro, besándome las mejillas, la barbilla, las comisuras de los labios... hasta bajar a mi cuello. Cuando había conseguido desabrochar por completo mi camisa me pidió que me sentara para poder quitármela. Ainhoa se quedó entonces sentada sobre mi regazo, rodeándome con sus piernas y sus brazos.
- Estás muy guapa. - Susurró.
Sin saber qué contestar le sonreí y comencé a besarla. Esta vez Ainhoa se dejaba llevar por mí. Mis manos recorrían su pecho, su cintura y su espalda, y ella deslizó las suyas hasta mi nuca, metiendo sus dedos entre mi pelo para terminar deshaciendo mi coleta. Continuamos besándonos. Mi pelo cayó sobre mis hombros. Después, bajó sus manos por mi espalda y me desabrochó el sujetador, me atrajo hacia ella con más fuerza y su lengua volvió a enredarse con la mía... Ese beso me disparó... Necesitaba un poco más... Necesitaba tocarla, acariciarla y sentir lo que ella sintió cuando lo hizo conmigo.
- ¿Puedes tumbarte? - Le pedí.
Ainhoa deshizo el nudo de sus piernas en mi cintura y se levantó para dejarse caer sobre el sofá. Después se tumbó, tal y como le había pedido. Yo seguía sentada, sin dejar de mirarla. Era preciosa... Mi corazón se aceleró sólo de pensar en lo que quería hacer... Mis manos se apresuraron buscando el cierre de su pantalón. Ainhoa me miró sorprendida. Cuando lo tuvo desabrochado estiré de él.
- Espera... - Murmuró.
Ainhoa se levantó levemente para ayudarme en mi empeño por dejarla desnuda. Después me tumbé de medio lado junto a ella, que hizo lo propio, quedándonos frente a frente. Comencé a acariciarla... Mordí su hombro derecho un instante y mi boca buscó sus pechos casi por impulso. Me encantaba su sabor. Acaricié uno de sus pezones con mi lengua, dibujando un pequeño círculo sobre él... Ainhoa se estremeció.
- Laura... - Susurró.
Escuchar mi nombre provocó en mí un estallido de sensaciones. Me separé por unos segundos de ella para observarla por completo, dirigiendo mi mirada hacia sus ojos, que permanecían cerrados. De repente los abrió, como pidiendo una explicación a esa pequeña pausa... y suplicándome que siguiera. No pude resistir la tentación de saborearla de nuevo y volví hacia ella para continuar besándola. Mi lengua invadió su boca por completo y Ainhoa me respondió retorciendo la suya contra la mía. Yo sentía su excitación y la tensión de su cuerpo bajo mis manos, sin dejar de acariciarla. Pasé mis dedos por su vientre, por sus caderas y bajando hasta sus muslos. Quería tocarla... y no podía esperar más. Mi mano se frenó sobre su sexo, jugando con sus braguitas. De repente aparecieron los nervios que creía olvidados.
- Ainhoa...
Busqué sus ojos. Ella me miró con ternura y sonrió. No hacía falta decirnos nada más. Ainhoa extendió su brazo y apoyó su mano sobre la mía. Después, asintió con la cabeza y comenzó a besarme de nuevo, esta vez con mucha ternura. Recorría mi boca con su lengua de forma delicada. Me empujaba con ella, se paseaba por mis labios, me mordía... Su mano movía la mía sobre su sexo, como si de un baile entre las dos se tratara. Con sus dedos iba extendiendo los míos, acariciándolos con firmeza y buscando su propio placer. Ainhoa ardía entre mis manos... Pero también entre las suyas.
- Ahora tú sola. - Murmuró casi sin despegar sus labios de los míos.
Y en un instante introdujo mi mano entre la tela de sus braguitas, apartando la suya después. Me estremecí al sentirla así... Y comencé a acariciarla sin saber muy bien cómo hacerlo...
- Me encanta cómo lo haces.
- No sé cómo lo hago...
Mi voz tembló al pronunciar esas palabras, pero Ainhoa me tranquilizó con un nuevo beso.
- Bien... Muy bien. - Dijo Ainhoa con la voz entrecortada.
Su cuerpo se contraía, se mantenía en tensión. Yo no podía dejar de mirarla. Ver cómo reaccionaba a cada movimiento mío consiguió excitarme también a mí. Cuanto más se excitaba más quería hacerla disfrutar... Era como un bucle del que no quería salir. No sabía que dar placer podía ser tan placentero. Mis dedos corrían veloces bajo sus braguitas... Cada vez más rápidos... Y Ainhoa comenzó a gemir.
- Creo que voy a... Oh, Laura.
Escucharla me llevó al cielo... Ainhoa me agarró con fuerza del brazo y tiró de él para separarme. Después volvió a apoyar mi mano sobre su sexo y apretó las piernas contra mí. Tenía los ojos cerrados y dejó caer su cabeza sobre el sofá. Me acerqué un poco más a ella y me recosté sobre su pecho.
- ¿Te ha gustado? - Le pregunté aún sabiendo la respuesta.
- ¿Tú qué crees?
Ainhoa abrió los ojos y bajó la mirada hasta encontrarse conmigo. Me sonrió, tiró de mí con suavidad hasta tenerme cerca y me besó dulcemente en la mejilla.
- Te quiero. - Me susurró al oído.
Y volví a subir al cielo... A ver quién me bajaba ahora de allí.
Ainhoa seguía abrazándome mientras yo descansaba hundida en su pecho desnudo. Ella no me veía, pero en mi cara se había instalado una sonrisa desde hacía minutos.
- No te me quedes durmiendo ahora.
- No, no. Estoy despierta. - Dije alzando la cabeza.
- Como estás tan calladita...
- Me quedaría así horas y horas, tan solo abrazándote.
Ainhoa acarició mi pelo con la yema de sus dedos, deslizando sus manos por él hasta llegar a mi espalda.
- ¿Te apetece que pidamos algo para comer? No me gustaría que me rugiera el estómago... No es nada romántico. - Señaló Ainhoa sonriente.
- Sí, empiezo a tener hambre yo también.
Ainhoa y yo nos levantamos del sofá. Mientras yo me vestía ella se dirigió a su habitación. A los segundos salió envuelta en una chaqueta de punto que le llegaba por debajo de las caderas.
- ¿Estás cómoda así? Te puedo dejar otra chaqueta como esta.
- No hace falta, estoy bien. - Sonreí.
- Me harás desnudarte de nuevo...
- ¿Ahora? - Pregunté sorprendida.
- Jajaja, no tonta. Lo dejo para el postre.
Ainhoa vino hacia mí y me abrazó, agarrándome del culo mientras lo hacía.
- Me encantas.
- ¿Por lo tonta que soy?
- Sabes que no... - Me besó con ternura.
- Anda, vamos a pedir la comida. ¿Qué te apetece?
- Laura a la plancha.
No pude evitar soltar una pequeña carcajada al escucharla.
- Ahora la tonta eres tú, jajaja. ¿Pedimos chino?
- Mi menú es más apetecible, pero me parece bien.
- Hola, quería un pedido para llevar... Ensalada china con salsa blanca agridulce... Dos de arroz con huevo...
- ¿Dos? Será mucho. - Señalé por detrás mientras Ainhoa hablaba por teléfono.
- Perdón, sólo una de arroz... ¿Pollo con almendras, Laura?
- Sí. - Yo me relamía solo de pensarlo.
- Pollo con almendras... Una ración, sí... Y ponme pan de gamba. En abundancia.
Ainhoa y yo comenzamos a reír.
- Nada más... La dirección es calle Periodista Gil Sumbiel, número 32, tercero derecha. ¿Cuánto tardará?... Muy bien, hasta ahora.
- Me encanta la comida china.
- Será suficiente, ¿no? Voy a por algo de beber. Aún tardará 15 minutos.
En lo que traían el pedido abrimos una botella de vino blanco y cuando llegó la comida casi nos la habíamos bebido. Se me había pasado el tiempo volando y me preguntaba si siempre sería así... Estar con Ainhoa hacía que me olvidara de todo lo demás. Antes de sentarnos a comer cogí mi móvil para mirar si tenía alguna llamada de mis padres.
- ¿Qué les has dicho? - Me preguntó Ainhoa mientras servía la comida.
- ¿A quién?
- A tus padres. ¿Cuál ha sido la excusa?
- Les he dicho que iba a comer con Samuel y que después iríamos al cine... Por cierto, tengo que llamarle para que me cubra.
- ¿Te controlan mucho?
- Si les digo que estoy con él no suelen hacerlo, pero por si acaso...
- Me recuerdas a mí cuando era más joven. - Rió tímidamente.
- Cuando tenías mi edad, supongo.
- Un poco más joven. Con tu edad ya no vivía con ellos... Bueno, con mi madre. - Ainhoa apartó la mirada y se sentó a comer.
- Voy a llamar a Samuel, es un segundo. - Le dije disculpándome.
No sabía por qué, pero el gesto de Ainhoa se endureció al mencionar a su familia. Yo no quise preguntarle, no creía que fuera buen momento.
- Samuel, estoy con Ainhoa... Sí... No creo que te llame mi madre, pero si lo hace se supone que estoy contigo... Jajaja, vale... Está aquí, delante de mí... Vale, ahora se lo digo... Un beso, ciao.
Colgué y dejé el móvil a un lado de la mesa. Ainhoa me miraba de manera curiosa y en su rostro volvió a lucir su eterna sonrisa.
- Samuel te manda saludos... Qué tonto es.
- Jajaja, me gustó mucho. Es muy divertido.
- Sí lo es.
Ainhoa ladeó su cabeza sin dejar de mirarme. Se sirvió una copa de vino, bebió un sorbo y después me sirvió a mí hasta terminar la botella. Después comenzó a comer.
- Samuel y tú estáis muy unidos, ¿verdad? - Me preguntó Ainhoa sin levantar la vista del plato. - ¿Está estudiando?
- Sí. Enfermería.
- ¿Y saben tus padres que es gay?
- Supongo que sí... A mi madre nunca le ha hecho gracia que me juntara con él y dudo que haya otro motivo que ese. - Contesté resignada.
- ¿Pero se lo has dicho?
- No, pero eso se ve, y más en un chico... Y más en Samuel.
Ainhoa comenzó a reírse.
Desde pequeña siempre fui una chica tímida y reservada. Me costaba bastante relacionarme con el resto de clase y, aunque solía juntarme con un grupo de niñas, durante mis primeros años de colegio nunca tuve una amiga íntima, por así decirlo. Hoy en día sigo manteniendo el contacto con algunas de ellas, pero nuestra relación se reduce a alguna que otra cena cada cierto tiempo y a celebrar juntas los cumpleaños, convirtiéndose en la oportunidad perfecta para ponernos al día de todo y recordar viejos tiempos. Lucía y África son las chicas con quien mejor me llevo, aunque nuestra idea de diversión siempre ha sido muy diferente. Ellas llevan desde los quince años saliendo los fines de semana, conociendo chicos y "enamorándose" de ellos, pero a mí nunca me han interesado esos planes y siempre he preferido quedarme en casa o salir al cine o al teatro. Cuando quedamos siempre terminan hablando de chicos, presumiendo de novios y contándome todas sus aventuras mientras yo las escucho atentamente. Hasta hace poco eso me había funcionado; me callaba, las escuchaba y ninguna me preguntaba nada, pero últimamente comienzan a mostrarse preocupadas por mi vida sentimental... Mi respuesta a sus preguntas siempre es la misma: "No me interesa nadie". Nunca he pensado que las estuviera mintiendo, si acaso se trataba de mentiras piadosas... Desde hace años tengo claro que me gustan las chicas y siempre he creído que más tarde o más temprano tendría una relación con alguna, pero nunca vi la necesidad de contárselo a ellas. Al fin y al cabo nuestra relación tampoco es muy estrecha. La última vez que nos vimos fue después de navidades y por aquel entonces Ainhoa todavía no había aparecido en mi vida.
- Laura, ¿tú no nos cuentas nada? - Me preguntó Lucía.
- No tengo mucho que contar...
- ¿No has conocido a ningún chico en estos meses? Mira que la universidad está llena de posibilidades.
- Y las fiestas universitarias...
Lucía y África comenzaron a reír al unísono.
- Jajaja, no, no he conocido a nadie. - Contesté con desgana.
- Tienes que salir una noche con nosotras. La zona de Cánovas está genial y hay mucho ambiente universitario.
- Te podemos presentar a algún amigo, Laura. - Dijo África entusiasmada.
- Ya sabéis que no me gusta mucho salir... Me da pereza.
- ¿Y de nuestros amigos no dices nada?
- Es que queréis meterme en unos "fregaos"...
Lucía y África llevan años pidiéndome que salga con ellas de fiesta, pero pocas veces han conseguido su propósito. La primera vez que salí con ellas fue unos meses antes de cumplir los 18. Ese día mi madre fue la mujer más feliz del mundo.
- Este viernes salgo con las chicas. Dicen que quieren ir a la zona de Juan Llorens, que no está muy lejos de casa. ¿Puedo?
Le pedí permiso porque normalmente mis planes terminaban antes de medianoche y ese día sabía que llegaría más tarde, así que no quería preocuparla.
- Claro hija. - Me contestó mi madre un tanto sorprendida.- Sal y diviértete.
- Vale, gracias...
- A ver si así empiezas a hacer cosas de chicas y te dejas de tanto Samuel.
- ¿Siempre vas a estar igual? No sé qué te ha hecho el pobre...
- Si hacerme no me ha hecho nada, pero está bien que también tengas amigas. Lo normal...
Mi madre es demasiado antigua en su manera de ver las relaciones y, para ella, las chicas tienen que hacer cosas de chicas, incluso desde pequeñas.
Yo sólo tenía 10 años y hay cosas que se escapan a mi memoria, pero recuerdo perfectamente cómo conocí a Samuel. Es un año mayor que yo y venía de repetir curso, así que la profesora entró con él en clase y nos lo presentó. Yo me quedé observándole detenidamente. Tenía el pelo oscuro y peinado de punta, y vestía unos pantalones azules, con zapatillas deportivas y un polo a rayas blancas, rojas y verdes. Nunca se me olvidará esa imagen de niño bueno, como de no haber roto un plato en su vida. Me resultó de lo más gracioso. Casualidades o no, Samuel se sentó a mi lado.
- Hola, ¿está ocupada? - Me preguntó señalando la silla.
- No, siéntate...
Samuel empezó a sacar un montón de libretas de su mochila y un estuche lleno de bolígrafos de colores, y lo fue organizando todo sobre la mesa mientras yo le observaba sin decir nada. Al momento, se dio cuenta de que le estaba mirando y comenzó a reír.
- Creo que he traído muchas cosas. - Comentó divertido.
- Jajaja, sí.
- Me llamo Samuel, ¿y tú?
- Laura.
- ¡Ay, Laura! Como Laura Pausini.
¿Laura Pausini? No tenía ni idea de quién era esa chica.
- ¿Quién? - Le pregunté.
- Es una cantante italiana. La escucha mi madre... Bueno, yo también.
No nos hizo falta más que un minuto para comenzar a hablar y ya ese día nos tuvo que llamar la atención nuestra profesora en repetidas ocasiones. En cuatro años de escuela no había conocido a nadie con quien me llevara tan bien desde un primer momento. Ese día, cuando volví a mi casa para comer, no dejé de hablarle de él a mi madre y tras la comida regresé a clase feliz porque sabía que ya no estaría tan sola. Siempre nos sentábamos uno al lado del otro, pasábamos juntos el tiempo del recreo y por las tardes, después de salir del colegio, quedábamos para merendar. Samuel, al igual que yo, tampoco tenía una estrecha relación con ningún compañero, así que también le vino muy bien conocerme. Se podría decir que Samuel fue para mí como un oasis en medio del desierto y yo fui lo mismo para él. Por primera vez en mi vida tenía un amigo para todo, más allá de las horas de clase. Incluso en verano, cuando cualquier otro año habría estado más de dos meses sin saber nada de mis compañeros, él estuvo presente.
- Mamá, ¿puede venirse Samuel con nosotros a la piscina?
- Llamaré a su madre para preguntarle si está de acuerdo. - Me contestó mi madre mientras seguía preparando la mochila.
Yo marqué el número y le di el teléfono para que hablase con ella.
- Ya lo hablamos ayer por la tarde, pero llámala. - Sonreí.
A los quince minutos Samuel ya estaba en mi casa para pasar con nosotros ese primer día de tantos... Siempre solíamos ir a la piscina o a la playa con mi madre y mi hermano, ya que mi padre pasaba muchas horas en el trabajo. Por aquel entonces todavía trabajaba en Valencia junto a su anterior socio, pero aún así no podía dedicarnos todo el tiempo que quería. Yo crecí acostumbrada a esa ausencia, así que nunca vi nada de raro en no poder disfrutar de su compañía. Mi madre sabía lo importante que Samuel era para mí y delante de él intentaba disimular, pero yo sabía que no le hacía mucha gracia que estuviéramos tan unidos. Más de una vez me preguntó por sus amigos, pero mi respuesta siempre era la misma.
- Es que los niños de clase siempre están jugando a fútbol y a Samuel ya sabes que no le gusta.
- Lo normal entre niños. - Contestaba mi madre. - ¿Y las niñas a qué juegan? Júntate más con ellas.
- Es que me divierto más con él. Con las niñas me aburro.
- Tenéis que hacer como todos, lo normal...
Nunca entendí qué era eso de "lo normal". Con el tiempo lo fui comprendiendo...
Con el paso de los años nuestra relación se hizo más estrecha si cabe, sobre todo a raíz de la separación de sus padres. Samuel tuvo que mudarse a otro barrio el mismo año en que comenzamos a estudiar Bachillerato. Sus padres llevaban más de dos años viviendo separados y hasta ese momento la madre de Samuel había permanecido en el piso familiar junto a él, pero tras una disputa legal y un divorcio de lo menos amistoso un juez decidió que ese piso pertenecía a su padre, así que ellos tuvieron que mudarse a uno de alquiler en el barrio de Benicalap. Durante esa época Samuel lo pasó bastante mal ya que su padre se desentendió de él casi por completo, poniendo por delante otros intereses... Fue en ese momento cuando me di cuenta de que no quería dedicarme a la abogacía. Yo estaba a punto de cumplir 17 años y ya había "decidido" que mi futuro estaba en un despacho de abogados, pero todo aquello me hizo ver que ese mundo no estaba hecho para mí. Mi padre me explicó por qué el padre de Samuel había ganado el juicio contra su madre y por qué tenían que empezar de cero casi sin nada en los bolsillos, pero sus explicaciones no me sirvieron de nada. Seguía sin entender cómo una mujer que se había dedicado por completo a su familia y a un marido que la engañó en cuanto pudo se quedaba sin nada sólo porque no tuviera un trabajo; pero lo que menos entendí fue que un padre pudiera desentenderse de esa manera de su propio hijo y que no pasara nada. Hoy en día Samuel no tiene ninguna relación con él...
Por un momento sentí cómo Ainhoa se rompía al escuchar todo aquello... Apretaba los dientes bajo sus labios, cerrados con fuerza, y sus ojos me mostraron a una chica desconocida hasta ese momento.
- Ainhoa, ¿qué te pasa? - Le pregunté interrumpiendo mi charla monotemática.
- Nada... Es solo que me duele escuchar estas cosas.
- Mi padre me dijo que el piso le pertenecía porque "se lo había ganado él con el sudor de su frente".
- Ya... La madre de Samuel no trabajaba y su padre sí. ¿Dejaría tu padre en la calle a tu madre si se separase de ella? - Ainhoa parecía cada vez más molesta. - Entiendo que ese piso es de los dos y si no llegan a un acuerdo habría que venderlo y repartir el dinero.
- Estoy de acuerdo contigo... - Señalé.
- Pero lo que menos entiendo es que por culpa de una separación un hijo salga malparado... Su padre se desentiende y no pasa nada ¿Cuántas veces pasa al revés? Muy pocas. Le pasará una pensión y con eso ya creerá que es suficiente.
Yo no sabía qué decir. Sentía que toda esa historia hacía que Ainhoa se cabrease y era lo que menos quería.
- No me gusta verte así... ¿Por qué no cambiamos de tema?
Ainhoa se levantó de la mesa y vino hacia mí. Después se arrodilló a mi lado y puso sus manos sobre mi regazo.
- Me gusta conocerte y saber más de ti... De ti, de tu familia, de tus amigos. - Murmuró mientras me acariciaba con ternura las manos.
- Y a mí me gusta que me conozcas...
Ainhoa se levantó, invitándome a que me levantase con ella. Después me rodeó entre sus brazos y me besó.
- ¿Hacemos algo mejor?
- ¿Cómo qué? - Le pregunté curiosa.
- Recojo todo esto en un momento y lo vemos. - Dijo señalando la mesa. - Espérame aquí.
Mientras Ainhoa recogía los platos y se ausentaba en la cocina yo me quedé merodeando por su sala de estar. Ya había indagado en sus gustos musicales, así que dejé de lado su colección de CDs. Esta vez me quedé observando con detenimiento las pinturas que tenía colgadas en la pared. En una de ellas se veía a una mujer sentada de perfil, desnuda, pálida y demacrada. Sus ojos miraban hacia el frente, como observándote. Al otro lado del cuadro un grupo de peces nadaban hacia ella. Los colores vivos de un extremo contrastaban con la penumbra donde se situaba ella. Seguía pensando que era horrible.
- Margherita Manzelli. "Programa, la disciplina, el maestro". - Comentó Ainhoa sacándome de mis pensamientos.
- Perdona, ¿qué? - Le pregunté.
- Así se llama la autora y la pintura.
- ¿Y qué significa?
- Lo que tú quieras entender... ¿Qué te sugiere?
Volví a mirar el cuadro, esta vez sin poder apartar la mirada de aquella mujer.
- No me gusta... No es alegre. Veo soledad y tristeza.
- El arte no siempre tiene que mostrarnos una cara dulce.
Ainhoa se acercó un poco más y me cogió de las manos.
- Vamos a la habitación... - Murmuró.
Ainhoa empujó levemente la puerta de su cuarto. La claridad del pasillo se coló por unos instantes, pero dentro la oscuridad era total. De nuevo allí... En estos días todo había sucedido demasiado rápido, desde ese viernes cuando nos encontramos casualmente en el cine hasta nuestra primera cita de verdad. En menos de dos semanas mi vida había cambiado por completo.
- Voy a encender un par de velas. - Dijo Ainhoa.
Después, se despojó de la chaqueta y volvió a quedarse en braguitas. Apenas la veía con tan poca luz, pero intuirla era mucho más excitante.
- Me harás desnudarte de nuevo...
- Te repites, cariño. - Le dije bromeando.
Ainhoa sonrió mientras se tumbaba en la cama, haciéndome un gesto con las manos para que la acompañase. Antes de que volviera a pedírmelo, me desnudé.
- ¿Eso es un tatuaje? - Me preguntó sorprendida señalando mi pierna.
- Sí... Pensé que ya me lo habías visto.
- Al ser tan pequeño no me fijé. - Sonrió. - Son letras chinas, ¿no? ¿Qué significa?
- Es mi signo zodiacal... Acuario.
Ainhoa pasó sus dedos por encima de mi tobillo derecho, acariciando las dos letras chinas que lo adornaban.
- Yo soy Aries, pero sin tatuaje.
- Aries... Simboliza el mando, la fuerza, el impulso. Creo que te describe bastante bien. - Reí tímidamente.
- Veo que estás muy puesta en estos asuntos.
Ainhoa se giró sobre mí y colocó sus manos en mis caderas, se levantó con un pequeño salto y se colocó sobre mi vientre a horcajadas.
- Mando, fuerza e impulso, ¿no? - Susurró.
Ainhoa comenzó a besarme. Tenerla encima de mí la hacía tan deseable que mi corazón se aceleraba solo de esperar lo que venía después... Fue como si me escuchara y supiera que me moría de ganas por tocarla otra vez, pero esta vez ella no quiso que me moviese. Me miró y me dedicó una sonrisa traviesa.
- Me toca a mí, cariño. - Susurró.
Ainhoa se acercó a mi boca sin dejar de mirarme y agarró con fuerza mis brazos para frenar mis impulsos por tocarla. Comenzó a contonearse sobre mí... otra vez. Aquello podía conmigo. Su cuerpo desnudo era tan apetecible... Su boca comenzó a recorrer mi cuello y mis hombros. Yo giraba la cabeza para robarle algún beso, pero Ainhoa se escapaba rápidamente para seguir paseándose por todo mi cuerpo... Bajó hasta mi pecho, después a mi vientre, pasó su lengua por mis muslos y cuando llegó a mi tatuaje lo besó con dulzura para volver a subir. Por un instante había liberado mis manos, pero me pidió que no me moviese. Yo la observaba sin saber hasta dónde quería llegar. Notaba sus manos por todo mi cuerpo. Podía sentirlas tan ansiosas como las mías, pero yo, a diferencia de ella, permanecía quieta y esperando. Su boca siguió besándome, eran besos tiernos. De nuevo se sentó sobre mí y con sus manos empezó a acariciar mis pechos, mi vientre, mis muslos... Me estremecía por momentos. La delicadeza con la que acompañaba sus movimientos era una tortura para mí.
- ¿Te desnudas del todo? - Me pidió muy dulcemente.
Sin contestarle me deshice de las braguitas y Ainhoa se tumbo sobre mí, rozando con su cara mi vientre. Lamió con ternura mis caderas y después me pidió que abriese las piernas mientras apoyaba sus manos en mis muslos.
- Ainhoa...
Ainhoa me miró y pudo ver que yo no estaba preparada para eso. La serenidad con la que me observó fue suficiente. No hacía falta decir nada más. Retiró las manos de mis muslos y volvió a mi lado, abrazándome con ternura. Después siguió besándome, esta vez con más pasión.
- ¿Estás bien? - Le pregunté.
- Mejor que nunca. - Respondió sin dejar de mirarme. - No tengo ninguna prisa. Cuando tú estés preparada...
Ainhoa continuó acariciándome sin despegarse de mi lado... Me besaba, me mordía, recorría con su lengua mi boca... Se separaba de mí y volvía con más ganas. Mis manos acariciaban sus brazos mientras ella seguía jugando conmigo. En mi cabeza varios sentimientos encontrados... Por una parte sentía esas ganas de que me besara por donde quisiera, pero por otra me frenaba el pudor que me provocaba aquello. Ainhoa me acariciaba, se frenaba y volvía a acariciarme... Me apretaba, se movía dentro de mí... Sus dedos hábiles me rompían en mil pedazos. Por un momento abandonó la ternura y empezó a embestirme con fuerza. Yo no podía más... Su mano se deslizaba sin ningún control y su lengua se abría paso entre mi boca, como calmando sus ganas por besarme por donde le había pedido que no lo hiciese. Imaginármelo fue suficiente... y me dejé ir.
- ¿Qué sientes? - Me preguntó Ainhoa tras unos segundos en silencio.
- No lo sé...
- Déjame que lo averigüe.
Ainhoa se inclinó sobre mi pecho y lo rozó con sus labios. Después se separó, pasó su dedo pulgar por mi boca y se acomodó sobre mí.
- Te va el corazón a mil por hora.
- ¿Y eso qué significa?
Entonces Ainhoa cogió mi mano y la apoyó sobre mi lado izquierdo, con su mano encima presionando con fuerza. Pude sentir cómo bombeaba mi corazón.
- Eso que late es lo que yo quiero cuidar...
- Lo haces muy bien, Ainhoa. No sabes cuánto.
La abracé contra mí, rodeándola con todo mi cuerpo. No quería sentir ni un milímetro de aire entre nosotras.
- Te quiero. - Me susurró al oído.
- Y yo a ti...
Estuvimos abrazadas durante minutos. Ainhoa descansaba sobre mí, jugando con sus dedos entre mi pelo. Sentir su piel junto a la mía era lo único que necesitaba en ese momento, pero sabía que a la larga necesitaría mucho más...
- ¿Cuándo vas a hablarme de ti, Ainhoa?
- Bueno... Hemos hablado de mí, ¿no?
- Sí, pero muy poco. - Contesté al tiempo que le besaba dulcemente el pelo. - Me hablaste de tu trabajo, de tus conferencias... muy por encima.
- ¿Qué quieres saber? - Preguntó alzando la mirada.
- Lo quiero saber todo de ti. Conocer a la Ainhoa de ahora, pero también a la de antes...
De camino a casa de Ainhoa me asaltó la misma duda de siempre, y es que no sabía cómo íbamos a vivir nuestra relación a partir de ese momento. Por primera vez teníamos una cita de verdad, dejando atrás los encuentros casuales o forzados y esa tutoría que sirvió como excusa para conocernos mejor. La verdad es que verla de nuevo ya no me ponía tan nerviosa, pero temía que alguien me viese por su barrio y no saber qué decir si me preguntaba qué hacía allí. Siempre podía decir que iba a casa de Samuel... Era la coartada perfecta. Todo eran dudas respecto a ese tema. Me di cuenta entonces de que salir a la calle con ella era un poco arriesgado y no sabía si ella había pensado en ese pequeño detalle. Con esos pensamientos en mi cabeza llegué a casa de Ainhoa.
Su portal estaba abierto, así que decidí subir sin llamar y darle una sorpresa. Cuando llegué a su apartamento vi que la puerta estaba entornada y que Mr. Chocolat se asomaba tímidamente por ella. De repente, el gatito maulló y abrió un poco más la puerta con una de sus patas, se acercó a mis piernas y comenzó a restregarse de manera cariñosa, elevando su rabo en señal de alegría. Al momento Ainhoa salió hecha un manojo de nervios.
- Laura... ¡Chocolat! - Gritó extrañada. - ¿Cómo ha salido?
- Pues... estaba la puerta abierta. Me ha visto y ha salido a recibirme, jajaja.
Ainhoa frunció el ceño y miró a Mr. Chocolat, que volvió a maullar esta vez con más fuerza.
- ¿No has abierto tú la puerta? - Le pregunté entre risas.
- ¡No! Este gato tiene ganas de juerga, ¿no ves cómo está?
- Yo no entiendo nada de gatos. No son lo mío.
- Joder, ha abierto él. Habrá saltado sobre la manivela. Lo que faltaba... La semana que viene lo llevo al veterinario para que lo castren.
- ¡Ay, pobre! ¿Por qué haces eso?
- Es lo mejor para él. Además, así no querrá salir de casa ni escaparse.
- ¿No será esto una cruzada feminista de las tuyas? Jajaja.
Ainhoa no pudo reprimir la carcajada al escuchar mi pregunta.
- Qué ocurrencias tienes. - Me contestó acercándose hacia mí.
Ainhoa me abrazó y me besó con ganas, recorriendo con su lengua toda mi boca. Yo la abracé también y cerré los ojos para recrearme en ese beso. Al separarnos, Ainhoa mordió suavemente mi labio superior, estirando de él con sus dientes. Eso me excitó.
- Joder, Ainhoa...
- Si no he hecho nada. Tú, que te alteras enseguida. - Ainhoa sonrió con malicia. - Vamos dentro.
El apartamento de Ainhoa olía a sándalo y la sala de estar estaba cubierta por una fina capa de humo blanco. La persiana estaba completamente subida y el sol de mediodía entraba con fuerza. Era una sensación agradable. En la calle hacía bastante frío pero allí sentía que me sobraba casi toda la ropa, así que me quité la chaqueta y la bufanda y me quedé en mangas de camisa.
- ¿Te molesta el olor a incienso?
- No, me encanta cómo huele.
- ¿No tendrás frío? - Me preguntó pasando sus manos por mis brazos.
- Ahora mismo no. Se está muy bien aquí.
- Bien, voy a subir un poco más la calefacción. Ya que vamos a estar aquí todo el día, al menos que estemos a gusto.
- Qué atenta... - Sonreí.
Después, Ainhoa cogió a Mr. Chocolat, se descalzó y se sentó en el sofá junto a él. Mientras, yo me quedé observando de nuevo sus discos.
- ¿Puedo poner alguno? - Le pregunté señalando su colección de CDs.
- Sorpréndeme.- Me contestó risueña.
Me gusta saber qué tipo de música escucha una persona, creo que eso dice mucho de ella... Ainhoa me descolocó por completo.
- ¿The Cobras? ¿Quién son?
- Una banda de hardcore... Punk electrónico. No es muy melodioso, pero está bien para sacar toda la rabia.
No entendí nada, así que puse el CD en el reproductor y escuché un fragmento de canción, lo suficiente para saber que no quería volver a escucharlos.
- ¿Cómo puedes escuchar a La Oreja de Van Gogh y luego tener un disco de este tipo?
- Jajaja, me gusta escuchar todo tipo de música, dependiendo de mi estado de ánimo. Pero tengo mis favoritos.
- Me gusta La Oreja... - Sonreí.
- No son mis favoritos. Sólo tengo ese disco... No me preguntes por qué.
- ¿Por qué?
- Es que no lo sé. Me gustaron un par de canción y decidí darles una oportunidad. Ahora me gustan tres canciones. - Ainhoa me sonrió con dulzura.
- Seguro que es el disco que más escuchas últimamente, jajaja. Es el más romántico de todos lo que veo.
- Anda, calla... Siéntate conmigo. - Me pidió Ainhoa extendiendo su mano.
Decidí olvidarme de la música y me senté en el sofá, apartando a Mr. Chocolat a un lado.
- Tu gato es muy bueno, pensaba que eran más estúpidos... - Le dije sin dejar de mirar al minino.
- No sabes nada de gatos. - Me dijo de manera burlona.- Ya aprenderás.
- Sí.
- ¿Y eso que te han dejado sin coche?
- Mis padres lo necesitaban... - Le contesté resignada.
- Ah, pensé que era tuyo.
- No, lo compartimos mi madre y yo. El único que tiene coche propio es mi hermano... Bueno, y mi padre, pero lo deja en Madrid. Siempre que viene lo hace en avión.
- Tu hermano sí tiene coche... No sé por qué, pero no me extraña.
- ¿Machismo también? - Pregunté divertida.
- Es lo que me parece. - Contestó con el gesto torcido. - Aunque tampoco conozco vuestras circunstancias familiares.
- A mi hermano siempre le ha hecho falta tener coche. Lo necesita a diario y no puede depender de uno compartido.
- Ah...
- Estudia en la CEU de Montcada y las combinaciones de metro y tranvías son horribles.
- ¿Tu hermano va a la universidad privada? - Ainhoa se mostró sorprendida.
- Jajaja, sí, pero porque él quiso. - Contesté quitándole importancia. - Yo, en cambio, siempre tuve claro que estudiaría en la pública.
- Me gusta tu manera de pensar. - Sonrió.
Ainhoa me rodeó entre sus brazos y me acomodó sobre su pecho. Después, me besó dulcemente en la mejilla.
- ¿Tenías ganas de verme? - Me preguntó.
- Muchas. Ayer estaba histérica de pensarlo, pero hoy ya me he relajado.
- Yo también.
- He venido dándole vueltas a un cosa...
- ¿A qué?
- ¿Vamos a salir a comer? Es que alguien podría vernos.
- Ya... A veces me olvido de lo que somos. - Ainhoa rió tímidamente.
- Nunca has estado con una alumna, ¿no? - Le pregunté desconfiada.
- No, y no me gusta que te preguntes esas cosas.
Las dos nos quedamos calladas de repente. No sabía si había metido la pata preguntándole aquello, pero su risa me hizo creer que yo no era la primera. Ainhoa seguía abrazándome y apretándome contra ella.
- Le he dado muchas vueltas a nuestra posible relación. - Dijo Ainhoa rompiendo el silencio. - En el instante en que me di cuenta de que estaba empezando a sentir algo por ti quise desechar la idea... No podía permitirme enamorarme de una alumna. Ni tan siquiera podía permitirme mirarte y ver en ti algo más que eso: una alumna...
- Lo siento, no tienes que explicarme nada. - Le interrumpí.
- En realidad sí. Quiero que estés tranquila y que veas que me tomo en serio lo nuestro. - Ainhoa volvió a besarme.
- ¿Qué te hizo cambiar de opinión? - Le pregunté.
Sentía mucha curiosidad por saber por qué se decidió a dar un paso más. Estaba claro que la que más arriesgaba con todo esto era ella.
- Bueno... En julio, si todo va bien, dejarás de ser alumna mía. A partir de ese momento podremos vivir nuestra relación tranquilamente. ¿Qué más da que tengamos que estar unos meses escondiéndonos?
Me giré sobre ella y me quedé mirándola, imaginando cómo sería todo.
- No podremos salir al cine, ir a cenar a cualquier restaurante, pasear por la calle como dos amigas normales... Ni siquiera podemos ser amigas.
- Ya. - Ainhoa torció el gesto y siguió hablando. - Si fuéramos amigas todo sería más fácil, pero ya habrá tiempo para escapadas. Al cine ya hemos ido juntas y a cenar también... Siempre podemos fingir un encuentro casual, jajaja.
Ainhoa volvió a reír y consiguió contagiarme su risa. Esta vez fui yo quien se apretó contra ella, abrazándola con fuerza.
- Me gusta estar contigo y me da igual si para ello tenemos que estar encerradas en este pequeño apartamento. Como tú dijiste, una relación a escondidas también puede ser divertida.
- Claro.
- ¿Lo sabe alguien? - Le pregunté de manera curiosa.
- Sí, mi amiga Magda. Es la chica rubia que me acompaña a veces en la facultad.
- Ah, sí... ¿Ella también es lesbiana?
- Jajaja, vaya pregunta. Pero sí, también lo es.
La respuesta no me gustó y Ainhoa se dio cuenta enseguida.
- Me hace gracia que te pongas así. - Dijo sin dejar de reírse.
Ainhoa me empujó hacia el otro lado del sofá, haciendo que Mr. Chocolat saliera espantado. Después se colocó a horcajadas sobre mí, inmovilizando mis brazos con sus manos.
- ¿Te pones celosa de Magda? - Me preguntó mientras acercaba su cara a la mía.
- No lo puedo evitar...
- No tienes por qué, tonta.
Ainhoa se acercó a mi cuello y comenzó a acariciarme con su nariz. Sus manos seguían apretando mis brazos contra el sofá y sus caderas se contoneaban tímidamente sobre mi vientre. Sinceramente, me encantaba ese dominio que Ainhoa tenía sobre mí. Sin apenas tocarme conseguía excitarme de una manera que no sabría ni explicar. Ainhoa era consciente de ello y continuaba jugando...
- Eres mala. - Le dije sonriendo.
- Un poco...
De repente, Ainhoa me liberó de sus manos y las caricias por mi cuello se convirtieron en tímidos besos. Me besaba, me acariciaba con su lengua y terminaba dándome un pequeño mordisco. Coloqué mis manos en sus caderas mientras ella continuaba bailando sobre mi cintura. Si ya hacía calor en su sala de estar, eso provocó que comenzara a sofocarme. Ainhoa se retiró por un momento y se colocó erguida sobre mí para quitarse el jersey. Yo no conseguía reaccionar.
- Chica tímida... - Murmuró.
Ainhoa volvió a tumbarse sobre mí y me cogió de las manos para llevárselas hacia sus pechos. Comencé a acariciarlos, pero enseguida sentí la necesidad de tocarlos sin nada de por medio.
- ¿Puedo? - Le pregunté mientras agarraba con mis dedos el cierre del sujetador.
Ainhoa asintió y se lo desabroché, dejando sus pechos al descubierto. Entonces, volvió a erguirse, apoyando sus manos sobre mis caderas para no perder el equilibrio... Esta vez pude observarla con total claridad, sin tener que esforzarme como la otra tarde a la luz de las velas... Yo me quedé inmóvil, completamente dominada por ella y sin poder apartar mi mirada de su desnudo... Era tan perfecta que me parecía irreal tenerla así delante de mí. Ainhoa cogió mis manos y las apoyó sobre sus muslos, invitándome a que la acariciara. Comencé a elevarlas hasta su cintura, sintiendo su cálida piel. Ainhoa se estremeció.
- Tienes las manos heladas. - Me dijo con dulzura.
Ainhoa tomó de nuevo mis manos y las apretó contra su cuerpo, deslizándolas de abajo a arriba hasta llegar a su pecho. Después las soltó, se inclinó hacia mí y me besó. Sus labios se acoplaron a los míos en un beso lento y mis manos comenzaron a jugar con sus pezones. Mientras nos besábamos, Ainhoa me fue desabrochando la camisa con mucha delicadeza. No había prisa por devorarnos ni esos nervios que sentí la primera vez. Ainhoa se despegó de mis labios y fue paseándose por todo mi rostro, besándome las mejillas, la barbilla, las comisuras de los labios... hasta bajar a mi cuello. Cuando había conseguido desabrochar por completo mi camisa me pidió que me sentara para poder quitármela. Ainhoa se quedó entonces sentada sobre mi regazo, rodeándome con sus piernas y sus brazos.
- Estás muy guapa. - Susurró.
Sin saber qué contestar le sonreí y comencé a besarla. Esta vez Ainhoa se dejaba llevar por mí. Mis manos recorrían su pecho, su cintura y su espalda, y ella deslizó las suyas hasta mi nuca, metiendo sus dedos entre mi pelo para terminar deshaciendo mi coleta. Continuamos besándonos. Mi pelo cayó sobre mis hombros. Después, bajó sus manos por mi espalda y me desabrochó el sujetador, me atrajo hacia ella con más fuerza y su lengua volvió a enredarse con la mía... Ese beso me disparó... Necesitaba un poco más... Necesitaba tocarla, acariciarla y sentir lo que ella sintió cuando lo hizo conmigo.
- ¿Puedes tumbarte? - Le pedí.
Ainhoa deshizo el nudo de sus piernas en mi cintura y se levantó para dejarse caer sobre el sofá. Después se tumbó, tal y como le había pedido. Yo seguía sentada, sin dejar de mirarla. Era preciosa... Mi corazón se aceleró sólo de pensar en lo que quería hacer... Mis manos se apresuraron buscando el cierre de su pantalón. Ainhoa me miró sorprendida. Cuando lo tuvo desabrochado estiré de él.
- Espera... - Murmuró.
Ainhoa se levantó levemente para ayudarme en mi empeño por dejarla desnuda. Después me tumbé de medio lado junto a ella, que hizo lo propio, quedándonos frente a frente. Comencé a acariciarla... Mordí su hombro derecho un instante y mi boca buscó sus pechos casi por impulso. Me encantaba su sabor. Acaricié uno de sus pezones con mi lengua, dibujando un pequeño círculo sobre él... Ainhoa se estremeció.
- Laura... - Susurró.
Escuchar mi nombre provocó en mí un estallido de sensaciones. Me separé por unos segundos de ella para observarla por completo, dirigiendo mi mirada hacia sus ojos, que permanecían cerrados. De repente los abrió, como pidiendo una explicación a esa pequeña pausa... y suplicándome que siguiera. No pude resistir la tentación de saborearla de nuevo y volví hacia ella para continuar besándola. Mi lengua invadió su boca por completo y Ainhoa me respondió retorciendo la suya contra la mía. Yo sentía su excitación y la tensión de su cuerpo bajo mis manos, sin dejar de acariciarla. Pasé mis dedos por su vientre, por sus caderas y bajando hasta sus muslos. Quería tocarla... y no podía esperar más. Mi mano se frenó sobre su sexo, jugando con sus braguitas. De repente aparecieron los nervios que creía olvidados.
- Ainhoa...
Busqué sus ojos. Ella me miró con ternura y sonrió. No hacía falta decirnos nada más. Ainhoa extendió su brazo y apoyó su mano sobre la mía. Después, asintió con la cabeza y comenzó a besarme de nuevo, esta vez con mucha ternura. Recorría mi boca con su lengua de forma delicada. Me empujaba con ella, se paseaba por mis labios, me mordía... Su mano movía la mía sobre su sexo, como si de un baile entre las dos se tratara. Con sus dedos iba extendiendo los míos, acariciándolos con firmeza y buscando su propio placer. Ainhoa ardía entre mis manos... Pero también entre las suyas.
- Ahora tú sola. - Murmuró casi sin despegar sus labios de los míos.
Y en un instante introdujo mi mano entre la tela de sus braguitas, apartando la suya después. Me estremecí al sentirla así... Y comencé a acariciarla sin saber muy bien cómo hacerlo...
- Me encanta cómo lo haces.
- No sé cómo lo hago...
Mi voz tembló al pronunciar esas palabras, pero Ainhoa me tranquilizó con un nuevo beso.
- Bien... Muy bien. - Dijo Ainhoa con la voz entrecortada.
Su cuerpo se contraía, se mantenía en tensión. Yo no podía dejar de mirarla. Ver cómo reaccionaba a cada movimiento mío consiguió excitarme también a mí. Cuanto más se excitaba más quería hacerla disfrutar... Era como un bucle del que no quería salir. No sabía que dar placer podía ser tan placentero. Mis dedos corrían veloces bajo sus braguitas... Cada vez más rápidos... Y Ainhoa comenzó a gemir.
- Creo que voy a... Oh, Laura.
Escucharla me llevó al cielo... Ainhoa me agarró con fuerza del brazo y tiró de él para separarme. Después volvió a apoyar mi mano sobre su sexo y apretó las piernas contra mí. Tenía los ojos cerrados y dejó caer su cabeza sobre el sofá. Me acerqué un poco más a ella y me recosté sobre su pecho.
- ¿Te ha gustado? - Le pregunté aún sabiendo la respuesta.
- ¿Tú qué crees?
Ainhoa abrió los ojos y bajó la mirada hasta encontrarse conmigo. Me sonrió, tiró de mí con suavidad hasta tenerme cerca y me besó dulcemente en la mejilla.
- Te quiero. - Me susurró al oído.
Y volví a subir al cielo... A ver quién me bajaba ahora de allí.
Ainhoa seguía abrazándome mientras yo descansaba hundida en su pecho desnudo. Ella no me veía, pero en mi cara se había instalado una sonrisa desde hacía minutos.
- No te me quedes durmiendo ahora.
- No, no. Estoy despierta. - Dije alzando la cabeza.
- Como estás tan calladita...
- Me quedaría así horas y horas, tan solo abrazándote.
Ainhoa acarició mi pelo con la yema de sus dedos, deslizando sus manos por él hasta llegar a mi espalda.
- ¿Te apetece que pidamos algo para comer? No me gustaría que me rugiera el estómago... No es nada romántico. - Señaló Ainhoa sonriente.
- Sí, empiezo a tener hambre yo también.
Ainhoa y yo nos levantamos del sofá. Mientras yo me vestía ella se dirigió a su habitación. A los segundos salió envuelta en una chaqueta de punto que le llegaba por debajo de las caderas.
- ¿Estás cómoda así? Te puedo dejar otra chaqueta como esta.
- No hace falta, estoy bien. - Sonreí.
- Me harás desnudarte de nuevo...
- ¿Ahora? - Pregunté sorprendida.
- Jajaja, no tonta. Lo dejo para el postre.
Ainhoa vino hacia mí y me abrazó, agarrándome del culo mientras lo hacía.
- Me encantas.
- ¿Por lo tonta que soy?
- Sabes que no... - Me besó con ternura.
- Anda, vamos a pedir la comida. ¿Qué te apetece?
- Laura a la plancha.
No pude evitar soltar una pequeña carcajada al escucharla.
- Ahora la tonta eres tú, jajaja. ¿Pedimos chino?
- Mi menú es más apetecible, pero me parece bien.
- Hola, quería un pedido para llevar... Ensalada china con salsa blanca agridulce... Dos de arroz con huevo...
- ¿Dos? Será mucho. - Señalé por detrás mientras Ainhoa hablaba por teléfono.
- Perdón, sólo una de arroz... ¿Pollo con almendras, Laura?
- Sí. - Yo me relamía solo de pensarlo.
- Pollo con almendras... Una ración, sí... Y ponme pan de gamba. En abundancia.
Ainhoa y yo comenzamos a reír.
- Nada más... La dirección es calle Periodista Gil Sumbiel, número 32, tercero derecha. ¿Cuánto tardará?... Muy bien, hasta ahora.
- Me encanta la comida china.
- Será suficiente, ¿no? Voy a por algo de beber. Aún tardará 15 minutos.
En lo que traían el pedido abrimos una botella de vino blanco y cuando llegó la comida casi nos la habíamos bebido. Se me había pasado el tiempo volando y me preguntaba si siempre sería así... Estar con Ainhoa hacía que me olvidara de todo lo demás. Antes de sentarnos a comer cogí mi móvil para mirar si tenía alguna llamada de mis padres.
- ¿Qué les has dicho? - Me preguntó Ainhoa mientras servía la comida.
- ¿A quién?
- A tus padres. ¿Cuál ha sido la excusa?
- Les he dicho que iba a comer con Samuel y que después iríamos al cine... Por cierto, tengo que llamarle para que me cubra.
- ¿Te controlan mucho?
- Si les digo que estoy con él no suelen hacerlo, pero por si acaso...
- Me recuerdas a mí cuando era más joven. - Rió tímidamente.
- Cuando tenías mi edad, supongo.
- Un poco más joven. Con tu edad ya no vivía con ellos... Bueno, con mi madre. - Ainhoa apartó la mirada y se sentó a comer.
- Voy a llamar a Samuel, es un segundo. - Le dije disculpándome.
No sabía por qué, pero el gesto de Ainhoa se endureció al mencionar a su familia. Yo no quise preguntarle, no creía que fuera buen momento.
- Samuel, estoy con Ainhoa... Sí... No creo que te llame mi madre, pero si lo hace se supone que estoy contigo... Jajaja, vale... Está aquí, delante de mí... Vale, ahora se lo digo... Un beso, ciao.
Colgué y dejé el móvil a un lado de la mesa. Ainhoa me miraba de manera curiosa y en su rostro volvió a lucir su eterna sonrisa.
- Samuel te manda saludos... Qué tonto es.
- Jajaja, me gustó mucho. Es muy divertido.
- Sí lo es.
Ainhoa ladeó su cabeza sin dejar de mirarme. Se sirvió una copa de vino, bebió un sorbo y después me sirvió a mí hasta terminar la botella. Después comenzó a comer.
- Samuel y tú estáis muy unidos, ¿verdad? - Me preguntó Ainhoa sin levantar la vista del plato. - ¿Está estudiando?
- Sí. Enfermería.
- ¿Y saben tus padres que es gay?
- Supongo que sí... A mi madre nunca le ha hecho gracia que me juntara con él y dudo que haya otro motivo que ese. - Contesté resignada.
- ¿Pero se lo has dicho?
- No, pero eso se ve, y más en un chico... Y más en Samuel.
Ainhoa comenzó a reírse.
Desde pequeña siempre fui una chica tímida y reservada. Me costaba bastante relacionarme con el resto de clase y, aunque solía juntarme con un grupo de niñas, durante mis primeros años de colegio nunca tuve una amiga íntima, por así decirlo. Hoy en día sigo manteniendo el contacto con algunas de ellas, pero nuestra relación se reduce a alguna que otra cena cada cierto tiempo y a celebrar juntas los cumpleaños, convirtiéndose en la oportunidad perfecta para ponernos al día de todo y recordar viejos tiempos. Lucía y África son las chicas con quien mejor me llevo, aunque nuestra idea de diversión siempre ha sido muy diferente. Ellas llevan desde los quince años saliendo los fines de semana, conociendo chicos y "enamorándose" de ellos, pero a mí nunca me han interesado esos planes y siempre he preferido quedarme en casa o salir al cine o al teatro. Cuando quedamos siempre terminan hablando de chicos, presumiendo de novios y contándome todas sus aventuras mientras yo las escucho atentamente. Hasta hace poco eso me había funcionado; me callaba, las escuchaba y ninguna me preguntaba nada, pero últimamente comienzan a mostrarse preocupadas por mi vida sentimental... Mi respuesta a sus preguntas siempre es la misma: "No me interesa nadie". Nunca he pensado que las estuviera mintiendo, si acaso se trataba de mentiras piadosas... Desde hace años tengo claro que me gustan las chicas y siempre he creído que más tarde o más temprano tendría una relación con alguna, pero nunca vi la necesidad de contárselo a ellas. Al fin y al cabo nuestra relación tampoco es muy estrecha. La última vez que nos vimos fue después de navidades y por aquel entonces Ainhoa todavía no había aparecido en mi vida.
- Laura, ¿tú no nos cuentas nada? - Me preguntó Lucía.
- No tengo mucho que contar...
- ¿No has conocido a ningún chico en estos meses? Mira que la universidad está llena de posibilidades.
- Y las fiestas universitarias...
Lucía y África comenzaron a reír al unísono.
- Jajaja, no, no he conocido a nadie. - Contesté con desgana.
- Tienes que salir una noche con nosotras. La zona de Cánovas está genial y hay mucho ambiente universitario.
- Te podemos presentar a algún amigo, Laura. - Dijo África entusiasmada.
- Ya sabéis que no me gusta mucho salir... Me da pereza.
- ¿Y de nuestros amigos no dices nada?
- Es que queréis meterme en unos "fregaos"...
Lucía y África llevan años pidiéndome que salga con ellas de fiesta, pero pocas veces han conseguido su propósito. La primera vez que salí con ellas fue unos meses antes de cumplir los 18. Ese día mi madre fue la mujer más feliz del mundo.
- Este viernes salgo con las chicas. Dicen que quieren ir a la zona de Juan Llorens, que no está muy lejos de casa. ¿Puedo?
Le pedí permiso porque normalmente mis planes terminaban antes de medianoche y ese día sabía que llegaría más tarde, así que no quería preocuparla.
- Claro hija. - Me contestó mi madre un tanto sorprendida.- Sal y diviértete.
- Vale, gracias...
- A ver si así empiezas a hacer cosas de chicas y te dejas de tanto Samuel.
- ¿Siempre vas a estar igual? No sé qué te ha hecho el pobre...
- Si hacerme no me ha hecho nada, pero está bien que también tengas amigas. Lo normal...
Mi madre es demasiado antigua en su manera de ver las relaciones y, para ella, las chicas tienen que hacer cosas de chicas, incluso desde pequeñas.
Yo sólo tenía 10 años y hay cosas que se escapan a mi memoria, pero recuerdo perfectamente cómo conocí a Samuel. Es un año mayor que yo y venía de repetir curso, así que la profesora entró con él en clase y nos lo presentó. Yo me quedé observándole detenidamente. Tenía el pelo oscuro y peinado de punta, y vestía unos pantalones azules, con zapatillas deportivas y un polo a rayas blancas, rojas y verdes. Nunca se me olvidará esa imagen de niño bueno, como de no haber roto un plato en su vida. Me resultó de lo más gracioso. Casualidades o no, Samuel se sentó a mi lado.
- Hola, ¿está ocupada? - Me preguntó señalando la silla.
- No, siéntate...
Samuel empezó a sacar un montón de libretas de su mochila y un estuche lleno de bolígrafos de colores, y lo fue organizando todo sobre la mesa mientras yo le observaba sin decir nada. Al momento, se dio cuenta de que le estaba mirando y comenzó a reír.
- Creo que he traído muchas cosas. - Comentó divertido.
- Jajaja, sí.
- Me llamo Samuel, ¿y tú?
- Laura.
- ¡Ay, Laura! Como Laura Pausini.
¿Laura Pausini? No tenía ni idea de quién era esa chica.
- ¿Quién? - Le pregunté.
- Es una cantante italiana. La escucha mi madre... Bueno, yo también.
No nos hizo falta más que un minuto para comenzar a hablar y ya ese día nos tuvo que llamar la atención nuestra profesora en repetidas ocasiones. En cuatro años de escuela no había conocido a nadie con quien me llevara tan bien desde un primer momento. Ese día, cuando volví a mi casa para comer, no dejé de hablarle de él a mi madre y tras la comida regresé a clase feliz porque sabía que ya no estaría tan sola. Siempre nos sentábamos uno al lado del otro, pasábamos juntos el tiempo del recreo y por las tardes, después de salir del colegio, quedábamos para merendar. Samuel, al igual que yo, tampoco tenía una estrecha relación con ningún compañero, así que también le vino muy bien conocerme. Se podría decir que Samuel fue para mí como un oasis en medio del desierto y yo fui lo mismo para él. Por primera vez en mi vida tenía un amigo para todo, más allá de las horas de clase. Incluso en verano, cuando cualquier otro año habría estado más de dos meses sin saber nada de mis compañeros, él estuvo presente.
- Mamá, ¿puede venirse Samuel con nosotros a la piscina?
- Llamaré a su madre para preguntarle si está de acuerdo. - Me contestó mi madre mientras seguía preparando la mochila.
Yo marqué el número y le di el teléfono para que hablase con ella.
- Ya lo hablamos ayer por la tarde, pero llámala. - Sonreí.
A los quince minutos Samuel ya estaba en mi casa para pasar con nosotros ese primer día de tantos... Siempre solíamos ir a la piscina o a la playa con mi madre y mi hermano, ya que mi padre pasaba muchas horas en el trabajo. Por aquel entonces todavía trabajaba en Valencia junto a su anterior socio, pero aún así no podía dedicarnos todo el tiempo que quería. Yo crecí acostumbrada a esa ausencia, así que nunca vi nada de raro en no poder disfrutar de su compañía. Mi madre sabía lo importante que Samuel era para mí y delante de él intentaba disimular, pero yo sabía que no le hacía mucha gracia que estuviéramos tan unidos. Más de una vez me preguntó por sus amigos, pero mi respuesta siempre era la misma.
- Es que los niños de clase siempre están jugando a fútbol y a Samuel ya sabes que no le gusta.
- Lo normal entre niños. - Contestaba mi madre. - ¿Y las niñas a qué juegan? Júntate más con ellas.
- Es que me divierto más con él. Con las niñas me aburro.
- Tenéis que hacer como todos, lo normal...
Nunca entendí qué era eso de "lo normal". Con el tiempo lo fui comprendiendo...
Con el paso de los años nuestra relación se hizo más estrecha si cabe, sobre todo a raíz de la separación de sus padres. Samuel tuvo que mudarse a otro barrio el mismo año en que comenzamos a estudiar Bachillerato. Sus padres llevaban más de dos años viviendo separados y hasta ese momento la madre de Samuel había permanecido en el piso familiar junto a él, pero tras una disputa legal y un divorcio de lo menos amistoso un juez decidió que ese piso pertenecía a su padre, así que ellos tuvieron que mudarse a uno de alquiler en el barrio de Benicalap. Durante esa época Samuel lo pasó bastante mal ya que su padre se desentendió de él casi por completo, poniendo por delante otros intereses... Fue en ese momento cuando me di cuenta de que no quería dedicarme a la abogacía. Yo estaba a punto de cumplir 17 años y ya había "decidido" que mi futuro estaba en un despacho de abogados, pero todo aquello me hizo ver que ese mundo no estaba hecho para mí. Mi padre me explicó por qué el padre de Samuel había ganado el juicio contra su madre y por qué tenían que empezar de cero casi sin nada en los bolsillos, pero sus explicaciones no me sirvieron de nada. Seguía sin entender cómo una mujer que se había dedicado por completo a su familia y a un marido que la engañó en cuanto pudo se quedaba sin nada sólo porque no tuviera un trabajo; pero lo que menos entendí fue que un padre pudiera desentenderse de esa manera de su propio hijo y que no pasara nada. Hoy en día Samuel no tiene ninguna relación con él...
Por un momento sentí cómo Ainhoa se rompía al escuchar todo aquello... Apretaba los dientes bajo sus labios, cerrados con fuerza, y sus ojos me mostraron a una chica desconocida hasta ese momento.
- Ainhoa, ¿qué te pasa? - Le pregunté interrumpiendo mi charla monotemática.
- Nada... Es solo que me duele escuchar estas cosas.
- Mi padre me dijo que el piso le pertenecía porque "se lo había ganado él con el sudor de su frente".
- Ya... La madre de Samuel no trabajaba y su padre sí. ¿Dejaría tu padre en la calle a tu madre si se separase de ella? - Ainhoa parecía cada vez más molesta. - Entiendo que ese piso es de los dos y si no llegan a un acuerdo habría que venderlo y repartir el dinero.
- Estoy de acuerdo contigo... - Señalé.
- Pero lo que menos entiendo es que por culpa de una separación un hijo salga malparado... Su padre se desentiende y no pasa nada ¿Cuántas veces pasa al revés? Muy pocas. Le pasará una pensión y con eso ya creerá que es suficiente.
Yo no sabía qué decir. Sentía que toda esa historia hacía que Ainhoa se cabrease y era lo que menos quería.
- No me gusta verte así... ¿Por qué no cambiamos de tema?
Ainhoa se levantó de la mesa y vino hacia mí. Después se arrodilló a mi lado y puso sus manos sobre mi regazo.
- Me gusta conocerte y saber más de ti... De ti, de tu familia, de tus amigos. - Murmuró mientras me acariciaba con ternura las manos.
- Y a mí me gusta que me conozcas...
Ainhoa se levantó, invitándome a que me levantase con ella. Después me rodeó entre sus brazos y me besó.
- ¿Hacemos algo mejor?
- ¿Cómo qué? - Le pregunté curiosa.
- Recojo todo esto en un momento y lo vemos. - Dijo señalando la mesa. - Espérame aquí.
Mientras Ainhoa recogía los platos y se ausentaba en la cocina yo me quedé merodeando por su sala de estar. Ya había indagado en sus gustos musicales, así que dejé de lado su colección de CDs. Esta vez me quedé observando con detenimiento las pinturas que tenía colgadas en la pared. En una de ellas se veía a una mujer sentada de perfil, desnuda, pálida y demacrada. Sus ojos miraban hacia el frente, como observándote. Al otro lado del cuadro un grupo de peces nadaban hacia ella. Los colores vivos de un extremo contrastaban con la penumbra donde se situaba ella. Seguía pensando que era horrible.
- Margherita Manzelli. "Programa, la disciplina, el maestro". - Comentó Ainhoa sacándome de mis pensamientos.
- Perdona, ¿qué? - Le pregunté.
- Así se llama la autora y la pintura.
- ¿Y qué significa?
- Lo que tú quieras entender... ¿Qué te sugiere?
Volví a mirar el cuadro, esta vez sin poder apartar la mirada de aquella mujer.
- No me gusta... No es alegre. Veo soledad y tristeza.
- El arte no siempre tiene que mostrarnos una cara dulce.
Ainhoa se acercó un poco más y me cogió de las manos.
- Vamos a la habitación... - Murmuró.
Ainhoa empujó levemente la puerta de su cuarto. La claridad del pasillo se coló por unos instantes, pero dentro la oscuridad era total. De nuevo allí... En estos días todo había sucedido demasiado rápido, desde ese viernes cuando nos encontramos casualmente en el cine hasta nuestra primera cita de verdad. En menos de dos semanas mi vida había cambiado por completo.
- Voy a encender un par de velas. - Dijo Ainhoa.
Después, se despojó de la chaqueta y volvió a quedarse en braguitas. Apenas la veía con tan poca luz, pero intuirla era mucho más excitante.
- Me harás desnudarte de nuevo...
- Te repites, cariño. - Le dije bromeando.
Ainhoa sonrió mientras se tumbaba en la cama, haciéndome un gesto con las manos para que la acompañase. Antes de que volviera a pedírmelo, me desnudé.
- ¿Eso es un tatuaje? - Me preguntó sorprendida señalando mi pierna.
- Sí... Pensé que ya me lo habías visto.
- Al ser tan pequeño no me fijé. - Sonrió. - Son letras chinas, ¿no? ¿Qué significa?
- Es mi signo zodiacal... Acuario.
Ainhoa pasó sus dedos por encima de mi tobillo derecho, acariciando las dos letras chinas que lo adornaban.
- Yo soy Aries, pero sin tatuaje.
- Aries... Simboliza el mando, la fuerza, el impulso. Creo que te describe bastante bien. - Reí tímidamente.
- Veo que estás muy puesta en estos asuntos.
Ainhoa se giró sobre mí y colocó sus manos en mis caderas, se levantó con un pequeño salto y se colocó sobre mi vientre a horcajadas.
- Mando, fuerza e impulso, ¿no? - Susurró.
Ainhoa comenzó a besarme. Tenerla encima de mí la hacía tan deseable que mi corazón se aceleraba solo de esperar lo que venía después... Fue como si me escuchara y supiera que me moría de ganas por tocarla otra vez, pero esta vez ella no quiso que me moviese. Me miró y me dedicó una sonrisa traviesa.
- Me toca a mí, cariño. - Susurró.
Ainhoa se acercó a mi boca sin dejar de mirarme y agarró con fuerza mis brazos para frenar mis impulsos por tocarla. Comenzó a contonearse sobre mí... otra vez. Aquello podía conmigo. Su cuerpo desnudo era tan apetecible... Su boca comenzó a recorrer mi cuello y mis hombros. Yo giraba la cabeza para robarle algún beso, pero Ainhoa se escapaba rápidamente para seguir paseándose por todo mi cuerpo... Bajó hasta mi pecho, después a mi vientre, pasó su lengua por mis muslos y cuando llegó a mi tatuaje lo besó con dulzura para volver a subir. Por un instante había liberado mis manos, pero me pidió que no me moviese. Yo la observaba sin saber hasta dónde quería llegar. Notaba sus manos por todo mi cuerpo. Podía sentirlas tan ansiosas como las mías, pero yo, a diferencia de ella, permanecía quieta y esperando. Su boca siguió besándome, eran besos tiernos. De nuevo se sentó sobre mí y con sus manos empezó a acariciar mis pechos, mi vientre, mis muslos... Me estremecía por momentos. La delicadeza con la que acompañaba sus movimientos era una tortura para mí.
- ¿Te desnudas del todo? - Me pidió muy dulcemente.
Sin contestarle me deshice de las braguitas y Ainhoa se tumbo sobre mí, rozando con su cara mi vientre. Lamió con ternura mis caderas y después me pidió que abriese las piernas mientras apoyaba sus manos en mis muslos.
- Ainhoa...
Ainhoa me miró y pudo ver que yo no estaba preparada para eso. La serenidad con la que me observó fue suficiente. No hacía falta decir nada más. Retiró las manos de mis muslos y volvió a mi lado, abrazándome con ternura. Después siguió besándome, esta vez con más pasión.
- ¿Estás bien? - Le pregunté.
- Mejor que nunca. - Respondió sin dejar de mirarme. - No tengo ninguna prisa. Cuando tú estés preparada...
Ainhoa continuó acariciándome sin despegarse de mi lado... Me besaba, me mordía, recorría con su lengua mi boca... Se separaba de mí y volvía con más ganas. Mis manos acariciaban sus brazos mientras ella seguía jugando conmigo. En mi cabeza varios sentimientos encontrados... Por una parte sentía esas ganas de que me besara por donde quisiera, pero por otra me frenaba el pudor que me provocaba aquello. Ainhoa me acariciaba, se frenaba y volvía a acariciarme... Me apretaba, se movía dentro de mí... Sus dedos hábiles me rompían en mil pedazos. Por un momento abandonó la ternura y empezó a embestirme con fuerza. Yo no podía más... Su mano se deslizaba sin ningún control y su lengua se abría paso entre mi boca, como calmando sus ganas por besarme por donde le había pedido que no lo hiciese. Imaginármelo fue suficiente... y me dejé ir.
- ¿Qué sientes? - Me preguntó Ainhoa tras unos segundos en silencio.
- No lo sé...
- Déjame que lo averigüe.
Ainhoa se inclinó sobre mi pecho y lo rozó con sus labios. Después se separó, pasó su dedo pulgar por mi boca y se acomodó sobre mí.
- Te va el corazón a mil por hora.
- ¿Y eso qué significa?
Entonces Ainhoa cogió mi mano y la apoyó sobre mi lado izquierdo, con su mano encima presionando con fuerza. Pude sentir cómo bombeaba mi corazón.
- Eso que late es lo que yo quiero cuidar...
- Lo haces muy bien, Ainhoa. No sabes cuánto.
La abracé contra mí, rodeándola con todo mi cuerpo. No quería sentir ni un milímetro de aire entre nosotras.
- Te quiero. - Me susurró al oído.
- Y yo a ti...
Estuvimos abrazadas durante minutos. Ainhoa descansaba sobre mí, jugando con sus dedos entre mi pelo. Sentir su piel junto a la mía era lo único que necesitaba en ese momento, pero sabía que a la larga necesitaría mucho más...
- ¿Cuándo vas a hablarme de ti, Ainhoa?
- Bueno... Hemos hablado de mí, ¿no?
- Sí, pero muy poco. - Contesté al tiempo que le besaba dulcemente el pelo. - Me hablaste de tu trabajo, de tus conferencias... muy por encima.
- ¿Qué quieres saber? - Preguntó alzando la mirada.
- Lo quiero saber todo de ti. Conocer a la Ainhoa de ahora, pero también a la de antes...
Me tienes enganchada a tus escritos, espero que pronto nos pongas otra entrega. Deseando leer más
ResponderEliminarMuchas gracias :) Habrá más!!
EliminarNo sabría explicar lo que esta historia me hace sentir, pero, sigue así, te felicito, eres una excelente escritora.
ResponderEliminarMuchas gracias :)
EliminarCuando subirás mas capitulos?? Estoy enganchadisima.. Pronto porfa no nos hagas esperar mucho jejeje besos :)
ResponderEliminarEstoy escribiendo el noveno. Siento la espera... Muchas gracias por leerme :)
EliminarHe llegado hasta aquí de casualidad y me he leído todos los capítulos de este tremendo relato!!! Me he llegado a poner a cien y creo que siendo hetero... Me hará replanteármelo!! Termina aquí o vas a seguir escribiendo?? Te animo a que lo hagas, lo haces estupendamente!!!
ResponderEliminarMuchas gracias por leerme ;) Habrá más partes, el siguiente espero tenerlo dentro de poco. Un saludo!
EliminarMe muero por leer el proximo!! Espero que subas pronto y estoy enganchada con lo de Ainhoa , que paso en su pasado?!?!? Jajaja bueno pues eso que estoy deseando leer el siguiente
ResponderEliminarGracias